Al mal tiempo, Soraya Montenegro

Que lindo día para ver este video y olvidar nuestras penas. Le debemos tanto a itatí cantoral. No sé ustedes, pero yo sueño con que mi hija y yo imitemos esta escena y nos grabemos disfrazadas.

Hoy tengo pediatra y espero con todo el corazón que en el colectivo alguna mina me empuje así le grito “quítese, vieja zorra”. Porque los gustos hay que dárselos en vida.

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Apología del porteo

Una de las cosas más complicadas de tener bebés es hacer cualquier tipo de tarea mientras estamos con ellos. No he dejado de visitar amigos, salir a comer, pasear, ir a francés, escribir, leer, etc. Todo lo sigo haciendo, sólo que con Julia encima.
Durante el embarazo leí sobre el famoso porteo y una amiga me prestó su tela, ya que su hijita no la aguantaba y estaba nueva. Resulta que Julia la ama y vamos para todos lados e incluso la usamos para estar en casa. No sé qué sería de mí de tener que ir a todos lados con carrito. Me muero. No saldría a ningún lado. Algunas veces me subí al bondi con el carrito armado y me dijeron de todo, con la tela me aman y me consideran un ser superior. Y Julia va sonriéndole a todos.

Así que ahí tienen, una razón más para procrear sin temor, se puede tener bebé y vida social! Bueno, un poco menos agitada, pero vida social al fin.

Acá les dejo información sobre el porteo seguro.

Y les dejo foto de nuestra onda de porteo.

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Mezclar los mundos

Recuerdo una tarde, cuando era sola, en el comedor de mi escuela, abstraerme un segundo y mirar a mis compañeras.

Estaban como adormecidas, sedadas en un mar de gritos infantiles. Yo a mil con los pibes, charlando, jugando, cantando con ellos. Y pensé: claro, acá me vuelven loca los “seño, seño” pero cuando llego a casa no me habla nadie y me tiro en el sillón a ver series y a twittear. Pobres ellas que cuando llegan tienen el “mamá, mamá”. ¿cómo harán?

Bueno, en ese momento fue un pensamiento, ahora será una realidad. Mi licencia terminó y estoy feliz de volver a trabajar, pero me pasan dos cosas:

1) quiero dedicarme a mis alumnos como antes de que existiera Julia.
2) quiero ir al trabajo con Julia en la tela.

¿Cómo hago para dejar a mi bebita tantas horas? ¿Cómo hacen ustedes?
quisiera llevármela y enseñar a mis alumnos con Julia a upa y que aprenda quechua y guaraní y que ellos la sientan como a una amiguita. Sí, pensamiento boludón, pero sería felicidad pura.

Hoy hablé de esto con mi alumna J. y me dijo:

Tu te haces mucho problema, señorita. No puedes traer a Julia, porque entonces la traes a tu mundo y la pegas a ti demasiado, desde chiquita ya tiene que tener su mundo y tu el tuyo, así el mundo de ustedes dos cuando se juntan es un mundo de armonía.

Chan.

No aclarés que oscurece

Durante el embarazo me compré varios libros alusivos. De la lectura de todos ellos saqué una conclusión inesperada: me quedo con los más pelotudos.

Sí, esos que te dicen cuántos centímetros mide el bebé cada semana, cuándo vas a sentir la primera patadita, qué ejercicio te alivia el dolor de espalda y te tira opciones de nombres pretenciosos con sus respectivos significados.

Amo y venero esos libros.

Porque vieron que también están los que prometen contarte LA VERDAD absoluta, esa verdad que nadie antes había dicho y te está siendo negada a vos, pobre embarazada.

Estos libros te informan que la mayoría de los embarazos resultan de un error, del reloj biológico que te obligó a enchufarle un pibe al primero que tocó la puerta, que en verdad es porque estabas frustrada con tu carrerucha y querías sentirte útil en la vida o notaste que se te estaba por piantar el novio y lo quisiste retener, cual Soraya Montenegro con Luis Fernando.

Te cuentan que cuando nazca el pobre bebé tu vida va a ser un infierno, tu suegra y tu madre te van a romper las pelotas sin descanso, tu marido probablemente se vaya de casa, no vas a dormir más, te vas a deprimir, tu hijo llorará descontrolado todo el día y vas a tener que olvidarte de tus aspiraciones profesionales para siempre. Eso, claro, si no entrás en el 5% de las mujeres que recurren al infanticidio.

Les agradezco la información, pero no me rompan los huevos, gracias, ya tengo suficiente. De todo eso, en caso de que sea así, ya me iré enterando, no necesito que con una panza gigante con un signo de interrogación adentro me estén sumando el estrés de tener que plantearme por qué carajo me embaracé. Déjenme ver ropita y pensar nombres en paz, que en pocos meses me voy a tener que internar en el infierno que me están describiendo.

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El momento después

Me quedé con ganas de hablar de un momento increíble y es cuando tu bebé acaba de salir de la panza. Ya sea como en mi caso, por cesárea, o por parto normal, creo que debe ser lo mismo.

Cuando te separás de tu hijo por primera vez. Y ya no importa absolutamente nada si te abrieron y cómo te coserán, si tenés episiotomía, que falta la placenta, que la sangre, nada. De pronto vos no sos más importante y todo lo que importa en tu mundo está envueltito ahí, en los brazos de la enfermera.

A mí me la acercaron y me dijeron “dale un besito” y yo hice caso y la besé, sin pensar demasiado, sin llorar, sin entender nada. Cuando se la llevaron recuerdo que lo único que quería era saber que estuviera bien y sana y tenerla de vuelta.

Más allá de conectar o no al toque, de amarlo o de no entender nada, es algo primario, animal: te importa más que tu propia vida. Y te incorporás, y podés todo gracias a que tu cuerpo, todo tu organismo está trabajando para que vos cuides a ese ser que sin vos se muere.
Yo estuve tres días sin dormir, extasiada, feliz, nunca tuve mejor humor en mi vida.

¿Cómo vivieron ese momento ustedes?

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A eme o

Ni pensé en un embarazo. No me venía pero estaba tan flaca que creí que eso tendría algo que ver. Estaba yendo de la escuela a la psicóloga y en la esquina me compré un evatest. Porque sí. Subí y le dije que me lo iba a hacer en el baño, porque si estaba embarazada necesitaba esa sesión para descargar los nervios.

Lo dije en chiste, era imposible.
Cuando salí del baño vimos las dos líneas azules perfectas. Me tomé 0,50 de clonazepam que tenía en la cartera.

Salí de ahí, todavía loca, pensando que no era el momento, estaba muy mal con mi novio, “soy muy chica (?) y no estoy lista para ser madre.”
Me senté en Kentucky a tomar un agua sin gas y a llamar a mi madre. Le dije y se alegró. Cuando volví a casa le dije a mi novio y se puso contento. No le dio miedo, al contrario.

No era el momento, no fue buscada, yo siempre lo soñé diferente. Seguí fumando porque todavía no quería a esa cosa.

En la semana ocho fui a hacerme una ecografía. Cuando escuché los latidos me largué a llorar y volví a casa pensando que todo estaría bien, a pesar de que mis amigas no apoyaban del todo la idea y yo me sentía tan incómoda con la idea de la maternidad, no lo sentía para mí.

Me di cuenta de que quería ser madre una noche que le escribí a @angulita y le conté, sin conocerla demasiado sentí ganas de contarle eso tan íntimo. Miré sus fotos y un video en particular. Uno que había hecho su hermana para el día de la madre, con fotos de agus y su hijo coco. El video tenía de fondo una canción que me acompañó durante todo el embarazo, y es el día de hoy que se la pongo a Julia y la escuchamos juntas, porque esa noche que la escuché, solas las dos, decidimos que sí.

El chascoparto

Elegimos una obstetra que era un amor, pero con mil pacientes. Nos recomendó hacer un curso preparto más largo del que cubría la obra social, para conocer mejor a las parteras. Conocimos a tres, nos parecieron copadas y, al menos a mí, me transmitían seguridad.

Era el día D. Siete de enero. El día de la fecha probable de parto. Arranqué con contracciones fuertes mientras compraba dos kilos de helado. Pedía los gustos más cochinos entre contracción y contracción.
Esa tarde a las cinco tenía obstetra. Cuando llegué y me revisó, me dijo que tenía dos centímetros de dilatación. ¿Es suficiente como para salir corriendo a la clínica? No. Igual ella me mandó a hacerme un monitoreo y me dijo que probablemente Julia se venía en pocas horas.

Llegué a la clínica y el monitoreo daba contracciones de trabajo de parto. Ya me podía quedar internada. Llamé a mi partera, no atendía.

No podíamos internarnos sin mi partera, así que pasaba las contracciones en el hall de la Trinidad. Y no, no es un lugar cómodo para relajarse y respirar. Cuarenta minutos después llego una chica que no pasaba los ventipico y no sólo no era ninguna de las parteras que conocí sino que nunca había oído de ella. La vi y sentí que estaba sola. No había chance de que me sintiera cómoda con ella. Estaba más perdida que yo.

Y así ingresé a la sala de preparto y conmigo cuarenta personas que iban y venían, me tenían atada, monitoreando a Julia, pero con esa excusa yo ni moverme podía cuando venían las contracciones. Iban y venían, yo no podía siquiera incorporarme ante cada contracción. me retorcía en la camilla. La partera me hizo tacto. Seguía con dos centímetros.

No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que tipo diez de la noche llegó mi obstetra y otra vez tacto: “seguís con dos centímetros, bueno, esto no avanza, y la gordita ya está molesta, yo recomiendo cesárea, si no capaz estás toda la noche y no dilatás, viste”

Y acepté. Y me arrepentí a los cinco minutos, pero ya me estaban abriendo al medio.

En menos de quince minutos estaba viendo a Julia saliendo de mi panza. Y si, fue lindo, me bajaron la tela para que la vea salir.

Pero me quedé con la sensación de que estaban todos chochos por haber terminado de laburar a las diez y media y poder irse a su casa.

En ese momento me dediqué a disfrutar, pero ahora, que pasaron meses, pienso por qué no me quedé en casa, pasando las contracciones tranquila, con Andrés y mi vieja, con mis gatos, mirando tele en los descansos. Por qué me dejé apurar, por qué no defendí mis tiempos. ¿Es cierto que Julia estaba ya sufriendo? Nunca lo voy a saber. Porque no me lo explicaron bien, sólo me lo dijeron sin mostrarme nada. Era así. Palabra santa.

Entonces entendí lo importante de exigir un parto respetado. Sin dudas, en mi próximo parto, primero voy a escuchar a mi cuerpo, y después a mi doctor.