Manos libres

Hoy una vieja sabandija se me vino encima en el bondi sólo para decirme “no la tenés que sacar con este frío, y menos en el colectivo, con esto de la gripe vistes”

A lo que respondí: “bueno, señora, no me la quiere cuidar usted? Así no la saco. O si no deme plata para el taxi ida y vuelta a budge”

La vieja no contestó, se ve que pensó que estaba loca o algo así.

Igual lo que más me saca que me digan es el típico (me desfiguro de bronca de sólo tipearlo)

¿pero por que no aprovechas que duerme y te tiras vos? Tenés que dormir cuando ella duerme así te recuperas

AAAAAAAAAAAAAAAJSHDDOJFJDODJDKLDKDJksjkajajajajjajajajajj
Te lo dicen como la verdad revelada, a ver, coño, ya sé que tengo sueño y que podría dormir mientras ella duerme, no me estás dando un tip genial, es un comentario de lo más boludo.

¿no es más claro que el agua que cuando se duerme me siento como cuando estaban por tomar oral en el colegio y antes de llegar a mi apellido sonaba el timbre y terminaba la hora?

Es MÍ momento, quiero ver tele de mierda, pintarme las uñas, rascarme, cocinar, bañarme, twittear, stalkear a esa forra que detesto desde hace años, poner ropa a lavar, no sé, mil cosas que son más interesantes que dormir y despertarme para otra vez tener que cantar la canción de charly y los números y hacer morisquetas como una delirante.

Así que no me rompan más los huevos con que descanse en las siestas, en las siestas de Julia yo tengo manos libres y LAS VOY A USAR.

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Amibitas

Una tarde mi amiga Paz ofreció su casa para que yo informe a mis amigas sobre mi embarazo. Llevamos porquerías para comer y yo temblaba de los nervios.

Cuando lo conté, G. se puso a llorar, pero no de alegría. Estaba indignada, le parecía una locura. Recuerdo que todas la consolamos y le explicamos que todo iba a estar bien. Las demás me escucharon e hicieron lindos comentarios, pero yo sabía que pensaban que estaba haciendo cualquiera. La única que se alegró de entre todos mis amigos, la que se alegró realmente, fue Paz.

Pero Paz porque es Paz, pero a los demás los entiendo. Nosotros no somos así. Hasta el año pasado me gustaban los niños, sí, pero los bebés me parecían insoportables, aburridos, babosos, corta mambo. Abrazaba mi tiempo y mi individualismo con amor adolescente. Disfrutaba de cada segundo sola, haciendo lo que se me cantaba, leyendo, durmiendo, yéndome de vacaciones y durmiendo en antros de perdición por las anécdotas. Cada vez que me mostraban un bebé tenía que mentir que era lindo, ni siquiera me salía qué decir. Si vos estas leyendo mi blog, tenés un hijo y yo te lo halagué antes de 2013, te dije cualquiera, era mentira, de compromiso. Después me juntaba con mis amigas a sentir lástima por las pobres madres que no tenían vida, o sí tenían, pero una más aburrida que la nuestra.

Con seis meses de embarazo G. me dice: “¿Che, el crio tuyo ya tiene forma humana?” Ante mi asombro, la bruta dijo el HIT del año, la frase que le sigo repitiendo cada vez que la veo: “bueno, yo pensé que era un tronco con muñoncitos”

Sí. En un punto sentí miedo de que mis amigas no quisieran a Julia, pero siempre valoré que no me mientieran, que fueran sinceras con respecto a lo que sentían con el embarazo. Ahora, a cinco meses de su nacimiento, Julia va a cada reunión, o ellas la visitan, le hacen upa, caras, la duermen, le juegan. Para Paz julia es su sobrina, Nati le trae juguetitos autóctonos de sus viajes, G le quiere sacar fotos y fantasea con un hijo propio.

Y me alegra haber sido la primera, me alegra que Julia nos haya cambiado la cabeza a todas y ahora comprendamos a las madres y veamos la belleza de la maternidad.

Y claro, para qué me hago tanto la misteriosa con G, si todos sabemos que es la yisela del pueblo.

Las amo amiguitas.

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Mujeres

Yo quería un varón. Entre otras cosas por lo obvio: son más pegados a la madre, veía a mi cuñada y a Dante, mi sobrino, y los dos se miraban realmente enamorados el uno del otro, me parecían más fáciles que las nenas en términos prácticos.

Pero la razón más fuerte era el miedo a una hija.

Por suerte en la eco de la translucencia me dijeron que era muy probable que fuera varón, y cuando lo contaba todos me decían “ah, entonces es varón, porque se ve enseguida, aparte si no no te lo hubiese dicho”
Listo, era varón y no pensé más nada.

En la semana veintitrés, con todo el dolor que tenía por la reciente muerte de mi abuela y mi viejo, vamos al scan fetal Andrés y mi madre y yo. Luego de decirnos que el embarazo iba bien y bla bla bla, nos preguntan si queremos saber el sexo, a lo que contesto: “ya sabemos, es varón” y la técnica responde: “noooo, es una nena”.

Todo lo que vino después no me importó; mi madre y Andrés con sonrisa de oreja a oreja, la mujer explicando en la pantalla que ahí estaba el clítoris, que no deberían haberme dicho nada en la semana catorce, etc. Yo no escuchaba nada. Era hija, como quería mi viejo, y se había muerto pensando que era varón.
Era hija y yo siempre me llevé como el culo con las mujeres, y en especial con mi madre. Era hija y era obvio, nada me podía salir bien.

Sentí aversión por esa panza, por esa criatura que se formaba adentro. Sentí bronca. Lloré con rabia y con angustia. Para esa bebé lo mejor del mundo iba a ser su padre y yo una loca insoportable como lo fue mi madre para mí, una jodida que nunca me dejó en paz. De ser lo más importante para mi bebito pasé a ser la pesada madre de una niña.

Así pasaron los días, yo no ocultaba mi malestar y en mi familia trataban de tranquilizarme. Hasta qué una mañana fría que salí a comprar ropita de bebé como ejercicio para adaptarme a esa bebita que tenía adentro, me acordé de una anécdota de cuando era chiquita.

No recuerdo con precisión, sólo sé que fue para un cumpleaños mío, tal vez cumplía seis. En casa no había nada de plata, mi viejo estaría sin laburo o algo, pero no tenían para regalos y yo lo sabía, igual nunca pedía nada. No esperé un regalo, tan chiquita me di cuenta de que mejor no hablaba del tema, o al menos así lo recuerdo.
Esa mañana de cumpleaños, cuando desperté, encontré que mi muñeca tenía un vestido de princesa. Lo recuerdo vagamente, pero era hermoso. Era el vestido más perfecto, ningún vestido de muñeca tenía tanto detalle, era el vestido que toda niña que gustase de ese tipo de cosas pudiera desear. Tenía hasta un ramo con florecitas de colores.
Mi vieja había usado la tela de su propio vestido de novia para hacerme ese regalo. Por las noches, mientras nosotros dormíamos, cortó, cosió y decoró el vestido más perfecto del universo, porque ella hace esas cosas.

Y pensé que con mi madre peleé, lloré, sufrí, me reí, viví todo. Mi madre fue lo peor de mi vida y lo mejor a la vez, está en todos mis recuerdos, en mi presente y ahora, que también soy madre, no concibo un segundo sin ella y estamos más unidas que nunca.

Ser madre de una mujer es saber que ese vínculo será más complejo, es un desafío, pero es el premio mayor. Es criar a una mujer, con todo lo maravilloso y lo estresante, pero es para toda la vida. Un varón también, claro, somos sus madres, pero por alguna razón, a mis treinta, veo a las mujeres tan interesantes y únicas que me siento afortunada por estar criando a una.

Y a vos, papelito, te rompí tanto los huevos y vos a mí, nos peleamos tanto. Pero es mirarme y saber exactamente que me pasa, es escucharte cruzar la puerta y la tranquilidad, es ponerte todo al hombro y estar conmigo a pesar de tu duelo, es tanto, sos tan grande. Algunos son más, otros menos en mi vida, vos sos todo.

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Duérmete niña (pero conmigo)

Aprendí lo que era el colecho una de las primeras noches con Julia en casa. Me dolía la herida de la cesárea y cada vez que me incorporaba a buscar a Julia a su moisés veía las estrellas. Y ya me habían cortado el chorro de ketrolac que me mantuvo en un limbo de drogadicción los primeros días. Me acosté con Julia y, la verdad, no quería devolverla a su camita. O sea, era una bebita minúscula, tierna, no se movía mucho, se quedaba donde la apoyara, no tiraba del pelo ni baboseaba la nariz, como ahora.
En twitter, una gurú de la maternidad, Muma, me contó por primera vez las bondades del colecho.
Que es seguro dormir mamá con bebé, que hay que poner algo entre el bebé y el padre sobre todo antes de los tres meses, que una descansa mejor y el bebé también.

Leer sitios melosos me dieron luz verde a la fiesta del colecho. Dormirme con mi hija toda chiquita y darle la teta entre sueños, sin tener que levantarme. Incluso tenía el ok del pediatra.
Pero a los dos meses de vida de Julia, una noche, se quedó dormida temprano y la acosté como en una siesta, en su Moisés. Desde esa noche nunca más colechamos. A mi hija le gusta dormir en su cama, en su cuarto. Tengo que aceptarlo. Duerme mejor, de corrido, se despierta mas descansada. cuando duerme conmigo lloriquea, como si estuviese incomoda. duermo mejor yo también, debo aceptarlo, porque me estiro tranquila sin temor a tirarla de la cama.

A mi hija no le gusta tanto dormir conmigo, pero igual a veces me valgo de artimañas como fiebre, dolor de encías y mocos para traermela a la cama y dormir cachete con cachete.

¿Ustedes pudieron colechar? Miren esta imagen sobre el babysutra del colecho. ¿No es tierno?

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El arte del vivir

¿Y por qué estas tan negativa y quejosa si tenés una bebé divina y trabajás de algo que te gusta? Y, qué sé yo. porque cuidar sola de una bebita es muy pesado, porque estoy cantando “charly y los números” toda la puta jornada, porque estoy hecha un flan y me comería todo, porque hace frío y no puedo salir mucho con la bebé, porque extraño a mi viejo y por la mar en coche.

Sí, ya sé que quejosa me veo más vieja bruja, que la vida es una sola y mil cosas más. Pero hoy no puedo hacer otra cosa que estar sarcástica, ácida y reservar la escasa buena onda para mi hija. Una no puede estar siempre arriba, feliz. Vení, vos, persona feliz, te tajeo la cara.

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Conurbano mon amour

En el viaje de vuelta desde mi trabajo hasta lo de mi vieja venía pensando dos cosas. Una lo demacrada que estoy. Como si me hubiesen caído diez años encima. No sé, me voy a quedar así? Estoy arruinadísima.
Por suerte me concentré en el paisaje y me distraje, y me puse a pensar en lo que me gustaría compartir con mi hija cuando sea más grande.

Miren si llevo a mi hija a Bolivia y me dice que no le gusta. Me muero. O sea, Bolivia, belleza absoluta, cada piedra de La Paz dice mil cosas, cada chola con su hijo colgando de su Aguayo, los mercados, el alto, Sucre, los yungas, Villazón, Tupiza. Me encantaría que compartamos el amor por su cultura, por sus ciudades, por cada camino, que nos subamos a los buses sin miedo a que el conductor ebrio nos tire a todos por un barranco.

Quiero que mi hija hable francés y algo de quechua. Que escuché PInk Floyd y también adore a Gloria Trevi.

Pero lo que me daría una pena infinita no compartir con mi cholita es el conurbano. Quiero que entienda al conurbano, que lo recorra, que lo padezca, que lo disfrute. Que se pierda lo necesario, pero que sepa volver, que sienta esa pasión inentendible por sus calles, sus puentes, por un riachuelo podrido. ¿Por qué amamos al conurbano? No sé, porque es bardo y belleza, es ese novio que tus padres no pueden creer que ames, tiene el atractivo de lo rebelde, lo incorregible, lo que por más que intentes nunca vas a conocer ni a dominar. Es imponente. Y a mí me fascina.

O capaz es al revés y tengo que hacer que el conurbano ame a Julia. Por ahora se la vengo presentando, vamos a ver qué pasa.

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El hombre bobo

Cuándo estaba embarazada temía morir de pánico ante el hecho inminente de tener un ser humano que yo había creado, que llegaría al mundo y dependería casi completamente de mí. No entendía cómo iba a poder cuidar a un bebé, como toleraría un cambio tan drástico. Y tuve meses y meses para pensarlo, para acostumbrarme al hecho. Sólo que ése ser que se movía adentro de mi panza fue un cuerpo extraño para mí. Como conté antes, si bien quería a la idea de mi hija, la sentía un poco un alien invasor al que no sabía si iba a amar.

Cuando la vi, nos miramos como sin saber quiénes éramos, recuerdo perfecto sus ojos de no entender nada, yo estaba igual. Cuando me la dieron la besé y vaya a saber qué hormona ayudó, pero empezó la sensación de felicidad constante y de ahí al completo enamoramiento que crece día a día.

Antes de parir deseaba que alguien cuidara a mi hija en diciembre para irme una semana de vacaciones sola. ¿Total? Con casi un año está bien dejarla con mi vieja unos días.
Hoy me mato de risa, ni loca la dejo ni siquiera un día entero. Es como si me amputaran algo, no puedo estar alejada de ella demasiado tiempo, apenas mis horas de trabajo o un rato con amigos, pensando, siempre, que en un rato la veré.

Entonces me pregunto: ¿Cómo hacen los hombres que rajan? ¿Qué se les pasa por la mente cuando deciden abandonar de alguna manera a sus niños?
Tiran “necesito aire”, “la rutina me cansa”, “yo esperaba otra cosa de mi vida”, “quiero irme de mochilero a Centroamérica”, “necesito tiempo para asimilar esto de la paternidad” con total naturalidad, como si un hijo fuera un cursito de idiomas al que les da paja ir.
Los hay que escapan sin dejar rastro, emulando a cualquier especie que se les ocurra que acostumbre a reproducirse y abandonar inmediatamente a la hembra para inseminar a otra. hay otros más osados que se quedan a medias: llamando desde lejos, escapando un tiempo a vivir un poco la vida de antes, los fines de semana. Entonces se creen los grandes padres porque están los sábados con su hijito, porque les compran la camiseta del Barcelona y alientan a Messi, porque les pasan más cuota de la que deberían. Después están los que abandonan desde la casa, que siempre tienen laburo que hacer o están demasiado molidos como para levantarse a la noche.

Todo lo que ellos no hacen lo aporta la madre, que no se separa, que nunca tuvo esa opción ni la consideró. Que cambió su vida, que no tiene el mismo cuerpo, que entrega, que vive para su cría.

No lo entiendo y me da pena. Es verdad que a nosotras nos queda el bardo, la panza y la poca vida social. Pero lo que estos hombres se pierden es lo más increíble de tener un hijo: es esa primera sonrisa de la mañana, es la primera vez que hace ese nuevo gesto, es notar que ya se sienta solita, carcajadas jugando con el agua cuando los bañamos. La rutina de criar a ese nuevo ser y aprender de él.

Así que, con todo el amor y el sarcasmo, una servidora les desea a los hombres bobos un feliz día.