El cruce del Rubicón

En enero del año 49 a.c. Julio César se detuvo frente al río Rubicón con su ejército y pronunció su famoso “alea iacta est” (la suerte está echada). Ese río separaba Galia de Roma y cruzarlo con un ejército armado significaba convertirse en enemigo de la república. Cruzó.

Me gusta esta expresión para describir un hecho, una decisión que tomamos y que va a cambiar la vida de uno para siempre, que marca un antes y un después y de la que no se puede volver.

Cuando decidí tener a Julia no sólo me convertiría en madre, sino que dejaba atrás una relación de diez años, la relación más significativa de mi vida hasta ese momento. También me unía con el padre de Julia para siempre. Crucé.

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Duérmete niña

Luego de intentar un par de noches (sí, sólo dos) el tema del cuentito, calmarla cuando llora y demás, tomé una decisión: no escuchar a más nadie y hacer lo que quiero.

Es muy difícil que duerma en su cama y en su cuarto, pero lo más difícil de todo es dormir sin ella. La verdad, me encanta dormir con ella. Ya no es una bebita diminuta (ok, nunca fue diminuta, hablo de la versión recién nacida de Julia, o sea cuatro kilos de rollos), esa Julia ya fue, ahora es otra y también va a seguir creciendo y a convertirse más y más en una niña. No me puedo dar el lujo de dormir lejos de esos rollos, de esas piernotas gordas que pellizco entre sueños. Me vuelve loca abrazarla y que me despierte con sus manitas en mi cara. Entonces, Faga, capo, te quiero pero no voy a aplicar tu técnica del sueño. Abuela paterna de Julia, mi querida Cecilia, sos lo más de la vida y te extraño, estoy deseando que vengas y reírnos tomando vino blanco y contando anécdotas locas, pero en esta no te hago caso.

Hoy, mañana, pasado y hasta que se nos ocurra, dormiremos pegadas.

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Ser o no ser culposa

Soy culposa en todos los aspectos de mi vida: con mi familia, mi laburo, mis ex novios, mis amigos. Por alguna razón no me siento así con Julia en estos 16 meses que llevo desde que me enteré de su existencia.

No siento culpa por haber fumado cinco cigarrillos por día durante el embarazo.
Ni por no sentirme feliz cuando me enteré de que estaba embarazada
Ni por creer que no la iba a querer cuando naciera
Ni por no haberle dado la vacuna de la gripe porque se me pasó
No siento culpa ni me siento mala madre por no plancharle jamás la ropa
Ni por prender babytv apenas se levanta
Tampoco por abusar de la vitina y los fideos y no darle tantas verduras porque estoy cansada y no quiero cocinar
Ni por dormir con ella porque no tengo los huevos aún para pasarla a su cuarto
Ni por haber decidido separarme de su padre
No me siento culpable por no hacerle escuchar música clásica
Ni por desentenderme de mi rol materno apenas cruzo la puerta de la casa de mi madre

Tal vez sea porque ella aún no puede contarme con palabras como le parezco como madre, no puede quejarse de las decisiones que tomo ni mostrarme claramente su descontento, igual me siento más cerca de las madres no culposas que de las otras y me alegro de que así sea, me parece más sano para nuestra relación. La culpa lo tiene a uno paralizado en un limbo de mierda donde lo único que se puede hacer es lloriquear, padecer, lamentarse.

Baby steps

Conseguí niñera. Después de estar unos meses en las sombras, pidiendo a mi vieja que la cuide, intentando que se la lleve su abuelo un par de horas para poder ir al médico o a trabajar sin llevármela a cuestas, la luz ha llegado a nuestras vidas.
No sólo esta santa mujer me cubre mientras trabajo sino que tengo diez horas semanales de jarana loca. Y Julia la quiere (igual Julia quiere a todos, podría armar un muñeco de almohadas y dibujarle una cara con fibrón y ella se quedaría de mil amores). Hasta ahora no he llegado y la he encontrado borracha como me había pasado con la niñera anterior y llega puntual. Una maravilla.

El martes pasado llegué a casa y me senté en el sillón a leer mientras ella jugaba en el piso. Cuando levanté los ojos del libro estaba paradita agarrada de la mesa ratona y me sonrió. Le devolví la sonrisa y empezó a dar pasitos torpes alrededor de la mesa. Como sí me quisiera mostrar su nueva gracia. Despacio dio la vuelta a la mesa mientras yo la miraba extasiada, sin poder creerlo: mi bebé ya está dando sus primeros pasos y yo lo pude ver. Como esos eclipses totales de sol que son raros y que pasan cada treinta años, yo pude ver los primeros pasos de un ser humano que estoy criando y que es lo más importante de mi vida. Cuando dio la vuelta entera se tiró al piso y vino gateando a mí y la abracé. Mi bebita ya no es tan bebita.

No lo pude documentar porque me pareció una boludez distraerla y cortar el momento buscando el celular y preparando todo, fue algo de las dos, de este nosotras dos que es tan increíble y eterno.

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Directivas

Resulta que a todos mis deberes de madre debo sumar uno más: un nuevo ritual para que Julia duerma en su cama. Ayer el pediatra me dio instrucciones, es así:

Baño y cena. Luego un poco de teta (ya no me parece hermoso e inmaculado dar la teta, quiero mi cuerpo de nuevo, pero lo dejo para otro post). Cuando esta medio dormida dejarla en su cuna con un juguete y leerle un cuento o hablarle hasta que se duerma.
Obvio que llora y se queja. No importa, seguir leyéndole y hablándole hasta que se duerma. Si se despierta a la media hora, leerle más y hablarle más. La onda es que tiene que entender que cuando la pongo en la cuna es momento de dormir y ya no va a salir de ahí.

Anoche cociné mientras preparaba el baño. La bañé, comió y se quedó dormida en la teta. Bueno qué le vamos a hacer, empezamos mal, la pongo en su cuna. Tomé una cerveza y miré una película. Cuando la película terminó yo no daba más de sueño. Me fui a dormir. Apoyé la cabeza en la almohada y OBVIO empezó a llorar. A ponerle onda, fui a leerle. Le leí cuentitos, le reproduje escenas de María la del barrio, no sabía que hacer. Se durmió. Me acosté. A las tres volvió el llanto y repetí la acción.

Tanto cuentito y pavada se me fue el sueño. Muerte. Leí un poco, jugué al candy crush y me dormí pensando “bien, soy grosa, no duerme más conmigo”

No me pregunten qué pasó después, pero me desperté así:

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En esto me he convertido

Acá una pequeña lista de cosas patéticas que pensé que nunca haría y de las que no he podido escapar. La maternidad me hizo así, no puedo cambiar.

 

Festejarle el primer cumpleaños

Antes de ser madre no entendía a los padres que hacían cumpleaños para un bebé que todavía no es capaz de disfrutar de una reunión. ¿Para qué? ¿Para qué tanto gastadero de plata, torta, globos y la mar en coche? 

Ahora no sólo quiero celbrar con familia y amigos sino que quiero souvenirs, torta, cupcakes y si alguien no me para hago hasta servilletas con su cara. ¿Cómo para qué? Para ella, para mí, para todos porque exploto de amor y no me rompan las pelotas.

Poner su foto como fondo de pantalla en el celular

Ayer viajaba en bondi y miré al de al lado: tenía la foto de su hija como fondo de pantalla y dije: “q boludo” pero oh! yo también tengo a Julia como fondo. Y sí, la verdad ella es más linda que todos los fondos posibles, me la soba la playa de arenas blancas o las gotitas de agua, mejor una foto donde está regordeta y soriente, para qué voy a andar haciéndome la cool.

Sacarle decenas de fotos diarias

Otra cosa que no entendí hasta que fui madre. No, no son al pedo, no son todas iguales. En esta sale riéndose más, en esta con la ceja levantada, en esta haciendo puchero y todas las tengo que tener. No se borran a menos que estén  movidas.

Molestar a parientes y amigos mandando fotos de mi hija

es bien sabido que apenas le decís a un padre o madre “qué linda está tu hijo/a” éste va a responder mostrándote las últimas fotos, TODAS IGUALES, y mirándolas con baba chorreando de las comisuras explicándote que “acá está con hebillita mirala que linda le queda” “mirá acá comiendo pan, le re gusta el pan” “acá haciendo tortita, no se ve mucho porque se movió justo”. Y lo peor es que vas a tener que comentar cada foto, estamos sedientos de halagos, más te vale que comentes que salió un primor porque si no no vamos a parar.

Las tetas del pueblo

De esto ya hablé, si aún no las conocés es pura casualidad porque mis tetas son de todos y todas. Todavía estoy en esa etapa donde la alimento dondequieraqueesté. Transporte público, ascensor, casa de quién sea, plaza y largo etc. Esto va a cambiar y van a volver a ser mías, algún día, lo sé, pero todavía no.

La galletita húmeda

Me sonrojo, chicos, pero les tengo que contar que tampoco pude zafar de esto. Cuando Julia come galletitas y ya el piso es un regadero de migas y no sé que hacer con tanta mugre que estamos generando, me como la galletita húmeda que julia deja. Quiero cambiar.

El mensaje del bebé

Esto es lo más terrible que un padre puede hacer y hacerse. cuando hiciste esto te dan el diploma de boludo y si no tenés un compañero que te acompañe morirás solo o estás a años luz de volver a las filas del amor y es: mandar un mensaje como si lo escribiera tu hijo.

En todos sus formatos: mail, mensajito de texto, oral. Si hablás en nombre del bebé sos un boludo importante. Igual lo he hecho, confieso. He mandado y más de una vez un “hola abu, te extraño”, “hola tías, miren como me paro solita” seguido de foto ilustrativa.

 

Todos los puntos anteriores me parecían un horror antes de ser madre y los criticaba en los demás. Pero si algo aprendemos los padres día a día es que tenemos que tragarnos nuestros prejuicios y disfrutar de habernos convertido en tarados babosos y felices que vamos por la vida orgullosos de nuestra prole.

 

 

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Karma

A mis veinticinco años y después de convivir durante cuatro con mi novio, me separé y me mudé a Once. Me encantaba mi departamento, el barrio, la libertad de hacer lo que me daba la gana. Laburaba muchas horas y luego salía con amigos hasta tarde, miraba temporadas de series de un tirón, hacia reuniones en casa casi todos los días, escuchaba barry white y cantaba a los gritos con una botella de gin como micrófono. Tenía un gato y una pecera gigante. Fue muy divertido.
Recuerdo que solía comentar con mis amigas lo desubicado que me parecía ver en Twitter a las madres solteras que hacían lo mismo que yo porque, hola, tenían hijos. “Están de levante en Twitter, salen a lo loco, hacen vida de solteras y tienen un bebé. Cualquiera.”

No saben lo que me gustaba criticarlas, tildándolas de locas y patéticas.

Si iba a una fiesta y veía a una, no faltaba mi comentario malicioso: “seguro le enchufó el crío a los padres y vino”.

Tener un hijo y una vida de soltera no me parecía lógico ni correcto.

Dos años después estoy en ese escenario que solía condenar. Tengo una hija y me separé de su padre. Vivo sola con ella y cada vez más tengo ganas de salir y divertirme con amigos, de tener mi espacio y correrme por un rato de mi rol de madre.
Y entiendo a todas esas mujeres a las que bardeaba, porque ya soy una de ellas.

Karma, que le dicen.