Al fin solos

Con mi amigo, mi cómplice y todo, Martín, nos hemos ido de vacaciones varias veces, pero algo que nos encantaba era tomarnos dos días para recorrer pueblos de la provincia y quedarnos en antros de perdición con fachada de hostel. Nos divierte ir a dedo, pasar la tarde sacándonos fotos disfrazados, cantar y filmarnos en el medio de la nada. Bueno, volví a hacerlo y estuvo buenísimo.

Por suerte volvió Andrés de su misión y aceptó quedarse con Julia un día y medio de corrido, así que sin mucho pensar, le dije a Martín y a Leo que sí. Esta vez elegimos Gualeguaychú.

La dejé a Julia durmiendo a las siete de la mañana y me fui con un bolso lleno de ropa ridícula y galletitas. No me costó dejarla, no la extrañé, necesitaba volver a disfrutar de la soledad, de mis amigos, desenchufarme del rol de madre por un tiempo.

Ella pasó la mitad del día con su niñera y luego con su papá. No me asustó que pasara la noche sin mí, calculé que todo estaría bien y así fue. No soy imprescindible. Cuando no estoy ella está bien, se ríe y come y juega como cuando estoy con ella. Que bueno que así sea. Ayer a las seis y media crucé la puerta y ella dormía con su abuelo, se despertó y sonrió como cuando llego del trabajo.

Releo posts de febrero y recuerdo lo mal que la pasé: con kilos de más, un cuerpo que no tenía nada que ver conmigo, una vida enteramente dedicada a mi hija, sola, triste. Y puedo decir, a diez meses de ser madre, que ya me siento bien, linda, flaca, sexy, divertida. Pensé que eso nunca iba a llegar.

20131125-131502.jpg

20131125-131545.jpg

20131125-131622.jpg

Desapego

Si hay algo que no soy es la típica madre hinchabolas que te da un minuto a su bebé y vos le podes ver el miedo/nervios/malestar en la cara. Te lo presta pero lo cubre, le habla, le agarra la manita y ante el menor quejido te dice “ay, si, es que es muy pegado a mí, a ver, dámelo”. Ok, loca.

No me salten a la yugular, me refiero también a los padres, un claro ejemplo es mi hermano. Holis, Juan, te quiero pero sos muy neurótico.

A mi me encanta que le hagan upa a mi hija, que le jueguen, que desaparezca de mi vista con alguien que disfruta de tener un bebé un ratito. Me parece sano para ella y genial para mí. En los cumpleaños siempre me cargan (sobre todo Juan) porque mi hija pasa de mano en mano, yo apenas la voy a ver de a ratos mientras bebo y devoro dulces como desenfrenada.

Mi madre hace lo que quiere con Julia, incluso le debe hablar de energías y ángeles y de que el abuelito la está cuidando desde el cielo (mami te amo, pero asumámoslo, NO) y yo la dejo, jamás le doy una indicación, es libre.

Y con su abuela paterna soy exactamente igual. Cuando fuimos a visitarla a Roma el pasado agosto, ella había puesto la cuna de Julia en su cuarto y a mí me pareció una idea genial, porque lejos de verlo como una invasión, lo vi como una forma de disfrutar al máximo de su nieta y dejarme descansar a mí. Esos días ella la vistió como quiso, le dio de comer lo que quiso, la metió al mar, la llenó de arena, se metió con ella a la pileta con agua helada, se la llevaba con sus amigos. me encantó y fue muy divertido para las dos.

Ellas hacen y deshacen a su antojo y yo las dejo. Tal vez porque a mí me criaron mis abuelos junto con mis padres y eso fue lo mejor de mi niñez.

Me gusta la idea de que aprenda de todos, que escuche a todos, que la criemos en manada. Lo que más me gusta de mí como madre es esa capacidad de soltar.

20131113-114754.jpg
Acá mi madre cuidando de Julia mientras yo tomaba cerveza del pico y caminaba sola por París.

20131113-114907.jpg
Acá Cecilia bañando en agua helada a Julia. Hacía frío y la bebé salió temblando, pero díganme si no es un hermoso recuerdo?
Ceci, te extraño, estoy acumulando vino blanco para cuando vengas.

Recalculando

A veces le hago audios de whatsapp a mi amiga javiera (yo soy muy del audio de whatsapp) donde colapso y me quejo y lloro por todo lo que me pasa y ella me tranquiliza diciéndome que la maternidad nos obliga a recalcular todo el tiempo. Se hace dificilísimo respetar los planes, casi imposible, siempre surgen imprevistos y lo único que nos queda es recalcular y tomarnos todo con tranquilidad.

A veces soy relajada y me tomo todo de forma muy tranquila y otras me ahogo en un vaso de agua. Cuando me pierdo de algo divertidísimo que sé que me iba a levantar el astral y a darme energía por días y días y no lo puedo hacer, enloquezco. Eso me pasó el sábado pasado.

Tenía todo planeado: ir a trabajar, luego a la marcha del orgullo y luego a un cumpleaños. Todo sola, claro. Ir a la marcha es un programa que me encanta y que vengo haciendo hace años con Martín. Este año encima se sumaban leo y pauli. Fiesta loca subidos a la carroza tocándole el culo inflado a los travestis. Nada me divierte más que eso y bailar completamente pasada todas las canciones de lía crucet. Subir y bajar de las carrozas buscando la música que más nos gusta, sacarnos fotos con los personajes, buscar a Rita la salvaje, a sandy, cholulaje.

Bueno, mi mamá se enfermó y chau chau planes. Terminé volviéndome del trabajo a cuidar a Julia. Y comprobé, una vez más, que mi mamá puede enfermarse, el abuelo de Julia puede estar en el kantri, el papá de Julia puede sentirse frustrado e irse a laburar a África, pero yo, yo tengo que estar siempre. Todo lo demás lo puedo cancelar, pero a mi hija no puedo cancelarle. Es así, somos ella y yo y soy incondicional.
Me angustié.
Por suerte terminé recalculando y Javi hizo reunión de madres y bebés en su casa y la pasé muy bien, después me fui al cumpleaños igual, con Julia. Única mina con bebé, Una algarabía que no saben, pero nos quedamos y la pasamos bien.

Lleguamos a casa como a la una de la mañana y a pesar de todo me alegré de haber sido capaz de salir de la angustia y controlar el mal humor de no poder hacer lo que quiero cuando quiero, haber sido capaz de recalcular. Será el año que viene, hay muchas marchas por delante.

20131112-113342.jpg

20131112-113356.jpg

20131112-115511.jpg

20131112-115525.jpg

Afuera

Apenas cerré la puerta miré las llaves. No eran las mías. Me había quedado afuera con Julia.

Una boba salida al farmacity a comprar pañales y una crema antiarrugas y mi noche se había ido al cuerno. Tenía una tarjeta vieja en la billetera, traté de abrir. Julia lloraba mientras yo luchaba con la tarjeta, salieron los vecinos a ayudarme. Destornillador, sacar la tapa: imposible. Me sentía una pelotuda, ¿como me pasó? Seguía intentando. Nada.

Bajé, llamé a amigos de Andrés a ver si alguno tenía sus llaves. No sé si se las llevó o se las dejó a quién, pero no era una posibilidad llamar, vive en Sudán del Sur y ni su padre ni sus amigos más cercanos sabían nada de sus llaves. El juego de repuesto lo tiene la ex niñera alcohólica y chorra.

Bajé al palier, me senté en el sillón a pensar. Julia paseando por el hall del edificio y yo ni bola, en la mía, sintiéndome una tarada, mal dormida, pensando en llamar a un cerrajero para que me abra y me faje.

El abuelo de Julia me pasó un cerrajero que le dijo que cobraba 150 una apertura fácil y de ahí para arriba. Acepté.

Esperé. A la media hora llegó. Subimos y estuvo media hora laburando mientras yo, sentada en el piso, miraba el horizonte, luchando con Julia, a esa altura toda cagada y vomitada.

Se abrió la puerta y le pregunté cuánto le debía. Me dijo que le faltaba asegurarse de que cerrará bien la puerta, siguió trabajando y yo mientras le serví agua y puse a Julia en la bañera, en su sillita. No estaba feliz, estaba con sueño y sin comer: molesta.

A los pocos minutos me grita “señora, ya está”. Voy y le vuelvo a preguntar cuanto le debía.

– son mil setecientos pesos. (Con cara de vergüenza por estarme afanando a mano armada)

Fue terminar de decirlo y yo colapsé. Entré en un estado de llanto junto con Julia, que lloraba a gritos desde el baño. Yo iba y volvía llorando a mares. Lo único que le decía era como no me había avisado, que es imposible esa suma. No enojada, no puteando: triste, desilusionada, abatida.

Me metí en el baño y Julia me tiraba los brazos para que yo la sacara de la bañera. Volví y el tipo, nervioso, me dijo que me cobraría por una cerradura normal, que me tranquilice, que eran 900. Encima me quería hacer creer que era un amor. Volví al baño. Me gritaba desde la puerta de entrada que perdone, que me calme, que la bebé lloraba. Yo volví con 800 y le dije que no tenía más. Ahora pienso y no tendría que habérselos dado, pero en ese momento me salió eso. No le lloré el precio, no lo mandé a la mierda, lloraba porque sí. Le di la plata y se fue pidiendo perdón. No me importó nada de lo que me dijo, le cerré la puerta apenas pude.

Volví a Julia, la bañé rápido, lo más rápido que pude, la saqué, la abrigué y me senté en el piso con ella a llorar. Llamé a mi madre. Llamé al abuelo de Julia. Corté con ambos y seguí llorando. Lloré mil cosas. la soledad, la impotencia, el cansancio. Abrazada a Julia llore hasta que me calmé. Se durmió y la acosté.

Bajé apretando las llaves, con el rímel corrido y la cara hinchada. Le conté así nomás a Martín, el de seguridad, y le pedí un cigarrillo. Me dio tres.