Hola 2014

“Que se termine este año nefasto” decía el año pasado un 31 de diciembre.
Un embarazo no deseado, estar lejos de mis alumnos tantos meses, la muerte de mi abuela y de mi viejo, perder de vista para siempre a un compañero con el que había compartido tanto durante diez años, problemas con el padre de Julia. Un horror.

Este 2013 empezó tímido y nomás a la semana exacta me sacudió con un parto, mi parto, el nacimiento de un ser nuevo, uno que va a poblar la tierra, que estaba naciendo de mí: mi hija Julia.

Ella me empujó al mundo de nuevo, me llevó más allá de mis límites, me mostró que podía dejar atrás todo lo que nunca pensé que podría superar. Ella me mostró cosas nuevas de mí que desconocía, me hizo más fuerte, menos malhumorada. Me obliga a cuidarme, a ser piadosa y a ser mejor. Ella me lleva al estado más feliz de todos con solo mirarme. Quiero ser mejor, quiero ser más linda, más divertida, hacer un mundo más justo para ella. Quiero mostrarle todo lo que sé, quiero que me siga enseñando a vivir. Tener a esta hija cambió mi mundo, lo transformó en una montaña rusa, en una locura perfecta. Me hizo entender tanto sobre el amor. nuevas formas de amar, nuevos parámetros.

Hija, este 2013 fue el año más feliz de mi vida y te lo debo a vos. Sos todas mis sonrisas, mis carcajadas, mis lágrimas. Te adoro.

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Cambios

Hace cosa de cuatro días dejé de amamantar a Julia. Hace cinco que duerme en su cama. Estos dos cambios me devolvieron mucha libertad: duermo despatarrada y no estoy presa de la teta ni tengo que amamantar en el tren ni adelante de amigos. Esta buenísimo, pero igual en un rincón de mi ser (¿) me siento triste. ¿Por qué dejar de alimentarla si todavía tengo leche? ¿Por qué no dormir con ella si me encanta? Nunca voy a saber cuánto hay de mi decisión y cuanto de presión del afuera. “Ya está grande para dormir con su mamá” “no la vas a sacar más de tu cama”, “¿hasta cuando le vas a dar la teta?”

Lo importante es que ella no lo sufrió, se acostumbró enseguida a los cambios, la que no se acostumbra soy yo. En la vida de un bebé todo pasa rapidísimo y de un mes para el otro ya no es más un bebé sino que es una nena que camina y se queda dos días sin mí sin siquiera notarlo. Entonces a una le dan ganas tremendas de aprovechar el momento, de no perderse de nada, de disfrutar hasta el último segundo de esa Julia, porque mañana viene otra, también hermosa, también dulce, pero ya no más la del día de hoy.

Un año dormimos juntas, el invierno lo pasamos las dos acurrucadas, se alimentó de mí once meses.

Ya pasó. lo disfruté. ahora lo que sigue.

C’est fini

Llegó la hora del destete. Hace cosa de dos meses que me vengo sintiendo muy bien. Más segura, flaca, alegre, dicharachera. Estoy genial, digamos. Y de a poco vengo recuperando a la agos de antes de embarazarme, sólo que con mejoras, por ejemplo soy más paciente, Menos criticona. No sé, el halo de la maternidad me ha bañado, pero no lo suficiente como para convertirme en un embole. Ahora salgo y me emborracho con amigos, voy al cine, al teatro, vuelvo a la madrugada. Estoy bastante descocada. Me quedaban dos cosas para sentirme completamente individua feliz con hija: pasar a juli a su cama y cortar con la lactancia.

Pero claro, si bien soy un ser de luz y divertida, también soy holgazana, y no me animaba a cortar con esas dos figuritas difíciles de la maternidad porque suponen unos días de acomodamiento y terror. Si tuviera que hacer un gráfico de torta representando la razón por la cual mantenía la teta, una ínfima porción respondía al deseo de darle lo mejor de mí, una porción un poco más grande porque es gratis y el resto, la cruda realidad: SOY VAGA. La teta es lo más práctico que hay.
Pero es cierto que más allá de la comodidad y el momento amoroso entre madre e hija, me tenía un tanto harta el asedio de mi criatura en todo lugar, tirándome de la ropa, metiéndome la mano en la remera, con rabietas si no la dejaba usarme de chupete.
Entonces había que enfrentar el garrón de los cambios.

Por suerte tengo un hada madrina: CHECHILIA.

La abuela paterna de Julia es un amor y la amamos (yo y todos ustedes también). Es amorosa y me llena de regalos geniales y a la vez un sargento que me azota si no le llevo el capuchino light al balcón por las mañanas. Ella, toda solemne como es, se ofreció a ayudarme con estos menesteres en sus días de visita en casa y hace dos o tres días cortamos casi todas las tomas (en tres días le di sólo teta a la noche) y la pasamos a su cunita. Es duro, no les voy a negar. Me parte el alma ver a mi cholita que me llora para que la lleve a mi cama, que me mira con cara de pollito mojado cuando le ofrezco la mamadera en lugar de darle teta. Pero cuando voy a flaquear, cuando ya no aguanto el quejido de Julia, cuando me muero de cansancio y me duermo en pleno arrullo, aparece ella; estoica, no tiene que abrir la boca, yo obedezco al primer movimiento de cejas.

Y, es que prefiero tener problemas con Julia que con chechilia, para que les voy a mentir.

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