Sobre dos mujeres que conocí en un viaje.

Una mañana me desperté en Sucre y decidí caminar sola sin rumbo, a ver dónde terminaba. Paseé por la zona del mirador de la recoleta, me senté a tomar un licuado y charlé con un francés al que todavía tengo en facebook, compré un aguayo a las puesteras, saqué fotos, no pude fumar por el soroche.

Casi sin aire, paré un mini bondi y luego de darle $ 1,50 bolivianos me senté y pregunté para dónde iba. Iba al mercado campesino. Me bajé y las vi: cientos de mujeres con sus hijos a cuestas vendiendo polleras, sombreros, tamarindo, anticucho, aguayos y mil cosas más. 

Claro que también había hombres, pero eran los menos. Fue ahí, ese tercer día en Bolivia, que me di cuenta del rol de la mujer en esa comunidad. 

Me acerqué a una puestera y pregunté por las polleras y gorros tipicos de Sucre. Me mostró lo que tenía y le pedí, en un quechua triste, que me diera unas tullmas. Me miró y me preguntó cómo sabía yo lo que era una tullma. Le dije que trabajaba con comunidad boliviana y peruana en buenos aires, que quería llevarme ropa de allí para mostrarle a mis alumnos. Se burló, me dijo que volviera cuando me creciera el pelo, que ella me enseñaría a hacerme las trenzas. Me solté el rodete con orgullo, tengo muchísimo pelo y en ese momento lo llevaba por la cintura. “ah! te lo tenias escondido! siéntate ahicito, te voy a trenzar”.

Mientras me hacia las trenzas yo no le hablaba, ya había perdido las esperanzas de que me respondieran. Los bolivianos no te dan bola. No les interesa hablar con vos ni caerte simpáticos para venderte más: les importás un pito como turista. Supongo que también están cansados del aluvión que quiere sacar la foto con el indígena colorido y subir a Facebook, justo al lado de la de pose boba en el salar. 

Pero ella me habló. Me preguntó sobre mis alumnos, me contó que tenía familia viviendo en flores y que ella había pensado en vivir en Argentina, pero que estaba muy arraigada a sus compañeras de puesto. que su marido, borracho, le pegaba casi todas las noches (apareció en un momento e hizo su gracia) y que ella solo vivía para sus hijos, para que ellos progresen y tengan una vida digna y mejor que la suya. Que en el mercado las mujeres se ayudan y se cuidan entre ellas. Están ahí desde las siete de la mañana y hasta las once de la noche. Comen, se peinan, se alimentan y alimentan a sus hijos, trabajan, viven ahi, en la calle. Viven en manada.

Por mucho que intenté, solo me cobro el bolso y las polleras, las tullmas y las trenzas fueron un regalo. de hecho me obligó a regatearle lo que le pagué. 

Un mes mas tarde, perdida en las calles de Guayaquil, pregunté una dirección a una chica joven con un bebé de unos ocho meses. Me contestó y me dijo que me acompañaba, que ella también iba para ese lado. Caminamos y ella sí, sin que yo le preguntara nada, me contó que la habían obligado a casarse, que su marido luego de nacido el bebé había cambiado mucho, que la engañaba con muchas mujeres, que no la dejaba trabajar y prácticamente ni le hablaba. yo venia pensando en mí, no le estaba prestando mucha atención, pensaba en que debería haberme quedado en la playa, que no me gustaba nada de lo que había para comer. Ella me miró y me dijo: “la acompaño, necesito charlar con alguien”

Ahi le hice preguntas, le di consejos, se asombró cuando le conté que tenia casi treinta y vivía sola y que en Buenos Aires las mujeres tratábamos mal a los hombres y ellos nos andaban atrás. No lo podía creer. Me dijo que yo tenía suerte, que entonces ella soñaba con irse con su hijo a Buenos Aires a comenzar una nueva vida.

Me subi al colectivo. Sabía que si le pedía, ella se quedaba más tiempo conmigo, pero no quise, no había por qué. Después me sentí mal,  podría haberla acompañado y escuchado un rato más. 

Nunca pude olvidarme de estas dos mujeres con hijos a cuestas, recuerdo que en ese momento me creí afortunada por tener mejor vida que ellas, podía viajar sola, decidir mi destino, no debía cargar con hijos en mi mochila. No me sentí identificada sino todo lo contrario: había un abismo entre nosotras.

Todo esto sin imaginar que un mes mas tarde iba a concebir a Julia y a unirme a ellas para siempre.

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¿Qué pretende usted de su niñera?

Ante la llegada de un hijo y a menos que no seas ama de casa y te estés por pegar un corchazo, en algún momento, necesitás que alguien se quede con tu crío para poder salir a vivir un rato.

Ya sea que contrates a alguien que venga a diario o sólo una vez por semana, en algún momento surge la pregunta: “¿qué carajo hace esta persona con mi hijo?”

En mi ex grupo de madres en fb, una de las madres contaba que le prepara a su empleada una lista de tareas diarias para que no pierda el tiempo, es decir, que cuando el bebé pestañea ella puede ir pasando el trapo al piso y si El Niño duerme una siestita, la señora debe aprovechar para cocinar, planchar y almidonar a la vez. Porque nada mejor que una empleada PROACTIVA.

Yo soy bastante relajada, tal vez eso tenga algo que ver con que un día llegué a mi casa y la niñera estaba borracha (bueno, soy una exagerada, estaba alegre nomás). Ahora tengo otra niñera, kari, que es mucho más respetuosa del hogar y no se le cae ningún botella de vino al piso.

Más de una vez he llegado a casa y kari estaba mirando intrusos (la banco) y Julia jugaba sola en el piso con sus juguetes. Muchas otras veces llego y Julia duerme y ella toma mate jugando con el celular.

Ahora, ¿qué se supone que tengo que hacer? ¿Pedirle que juegue 24/7 con Julia? No puedo pretender que pase las seis horas jugando, estimulando, charlandole, cantándole. Ni siquiera yo, su propia madre, le doy bola todo el tiempo. Es un embole para ella, para mi hija, y, sinceramente, lo veo ridículo e hipócrita. Yo misma no paso mi horario laboral entero sin chequear el celu cien veces y cruzar al kiosco a fumarme un cigarrillo. No puedo pretender que ella no se relaje y descanse un toque del bardo constante que genera una pibita de un año y además, me gusta que Julia juegue sola un rato, que sepa estar en silencio con sus cosas y que mire alguna novela de canal nueve.

¿Qué pretende usted de su niñera?

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Quiero una hija que ame a Soraya

Yo no quiero una hija María. No quiero una hija Marimar. Yo quiero una hija ácida, maliciosa y divertida. Que pueda jugar con eso. Que cante abba conmigo, mirándonos al espejo mientras nos peinamos. Que sea solidaria y buena amiga, pero que pueda defenderse y no sufra por no ser la más famosa de la escuela. Quiero que le importe poco y nada no estar en el grupito top de la clase, que tenga un hobbie que herede de mí, como la acuarofilia. Que ame andar en bici y criticar los vestidos en los casamientos. No quiero una hija buenita y juiciosa, quiero una hija que me pregunte todo, que no acepte calladita lo que se le da, pero que tampoco sea una impertinente. Y por sobre todas las cosas, quiero una hija que entienda y ame a Soraya Montenegro.

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Mi hija de un año

Me despierta a las ocho y pico y cuando voy a verla se sonríe desencajada, me aplaude y me tira los bracitos.
Cuando la llamo viene corriendo y me abraza.
Me muerde y cuando me quejo se mata de risa.
Me muestra sus cuatro dientitos cuando ríe.
Se esconde en mi pecho cuando se asusta.
Me da besos y me mete los dedos en los ojos cuando lloro.
Se me queda esperando detrás del vidrio cuando salgo a fumar al balcón.
Me viene a buscar adonde esté para cantar cinco miquitos cuando lo pasan en babytv.
Tira la mamadera de un manotazo cuando ya no quiere tomar más.
Se tira de mis brazos cuando está en la pileta.
Tiene un pocito en la pera, igual que mi papá.
Se ríe a carcajadas y nos alegra la vida a todos.

Hace un año entré al quirófano muerta de miedo y con ganas de llorar. Hoy, hija mía, haces de cada día una fiesta. Que linda aventura esta de ser tu madre. Agradezco cada segundo de vos.
Feliz primer año en este mundo, mi vida.

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