Siempre quise trabajar con intocables.

Una tarde de domingo del dos mil siete, mirando video tras video en Youtube llegué a uno sobre los Dalits o “intocables” de la India. El video hacía un pequeño resumen del sistema de castas indio y mostraba como esta gente vivía peor que perros durante toda su vida porque ese era su destino según su religión.

Les cuento como funciona esta máquina perfecta de dominación y sumisión.
Según el hinduismo (religión que profesa el 82% de los indios) los seres humanos fueron creados de distintas partes del cuerpo del dios Brahma. Son cuatro divisiones pero hay muchísimos yatis (subdivisiones de castas). Los brahamanes (sacerdotes e intelectuales) pertenecen a la casta más alta y provienen de la boca de Brahma. Los kshatriyas salieron de los hombros del dios Brahma y tradicionalmente eran los guerreros y reyes. Más abajo vienen los vaishyas, comerciantes, éstos fueron creados con las caderas del dios y por último los shudras, campesinos y sirvientes, creados con los pies de Brahma.

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Los dalits, parias o intocables, no provienen de ninguna parte del cuerpo del dios Brahma y por eso su función es la de ocuparse de todos los trabajos que los de arriba no quieren hacer o que consideran impuros: limpiar baños o pozos sépticos, levantar animales muertos del camino o retirar cuerpos humanos en los accidentes, trabajos que impliquen contacto con sangre y excrementos y son muy mal pagos, obviamente.
La casta define el estatus social, con quién se pueden casar y qué tipos de trabajo pueden realizar. El matrimonio con una casta inferior se considera impuro y contaminante. Y en el caso de los intocables su nombre lo indica: tocarlos contamina.

¿Cuál es el enganche perfecto del hinduismo? ¿Por qué yo, dalit, no puedo mandar a un brahmán al demonio y dejar de limpiar mierda con la mano?
Bueno, el tema es que cada casta tiene su propio deber (dharma) y al morir el cuerpo, el alma afronta su destino (karma) reencarnando en un cuerpo inferior o superior. Si respetaste tu dharma vas a nacer en cuerpo de la siguiente casta superior, pero si no respetaste tu deber dhármico vas a renacer como un intocable o incluso como un animal. Así una y otra vez te vas purificando o hundiendo más en la porquería.
Y su devoción religiosa es tal que consideran que la pobreza y la discriminación son consecuencia de un mal comportamiento en la vida pasada. Y los ricos y poderosos disfrutan de su estatus actual como premio a su buen comportamiento en el pasado.
Es una decisión divina. Ni siquiera hay que sentir pena ante tan injusto sistema social. Es así.

Resulta que hace casi tres mil años existe este sistema de opresión salvaje y a pesar de que la intocabilidad fue abolida por la ley constitucional india de 1950, en la práctica sigue vigente, más aun en zonas rurales.

El sistema indio de castas me quita el sueño hace ya varios años. En poco tiempo voy a estar en India y pienso ir abierta a aprender y a entender esta forma de vida de tantos millones de personas. El desafío es poder sobrevivir sin querer salir a matar a todo aquel que discrimine a un dalit. Poder trabajar con los sin casta, ayudar aunque sea a un par, como hago acá con mis alumnos.
No sé si voy a poder soportar ese nivel de injusticia sin volverme loca. Entonces, como dije, es un desafío enorme. Espero estar a la altura.

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Me tienen re podrida las etapas.

Ya ni pienso en lo que viene, sólo sé que será peor que el presente. Que rompa todo y se tire palomita del sillón es menos doloroso que berrinches tirada en el suelo del supermercado porque no le compro tal juguete y esto suena infinitamente más tolerable que un planteo adolescente.
A esta altura una no habla mucho de los hijos, al menos no como durante el primer año. Ya sabemos que todo pasa, que cada vez es más difícil pero los amamos con más intensidad. Cada día aprendemos a disfrutar más de sus besos y a quejarnos menos de sus enchastres.

El ejercicio constante de la paciencia, la tolerancia y el buen humor.

Mi amiga Javiera, hoy, sobre nuestros hijos que ahora caminan:

Los primeros momentos del niño deambulando son desesperantes. Como todo, el final ya es sabido: el tiempo pasa y la cosa afloja o uno se acostumbra. Cuando Gilda arrancó a caminar yo tenía la sensación de que si la ponía en el Monumental lo cruzaba de lado a lado. Tal su ambición por andar, andar y andar. IMPARABLE. Lo único bueno es que es un paso transicional entre bebés, y niños. Caminar es muy parte aguas. A partir de ahora todo es más: hablan más y tocan todo, pero de a poco empiezan también a concentrarse, a jugar solos, inventar cositas. En cuanto a mí, Intento ser militante del NO, pero me puede, me supera. Hubo siniestro con destrucción total de mi colección de cuadernos bonitos. Perdí los capuchones de todas mis fibras finitas y tuve que tirarlas. Despedí con dolor mis papeles de origami. Decoró con rayas asimétricas los estantes de la biblioteca. La casa es un hospital de campaña para libros mutilados. Y tesoros que guardé x años están totalmente arruinados. Me cuestan los límites, no porque no quiera sino porque no doy abasto. Tiene suerte.

Namasté

Antes de Julia, cuando fantaseaba con ser madre, me imaginaba viajando con mi hijo a cuestas. La imagen que recuerdo era en Bolivia, cargando a mi bebé en un aguayo, mostrándole mi plaza favorita de La Paz, jugando en la arena de los frailes, en Ecuador, perdiéndonos en las calles de Roma. Un imposible -me decía- viajar con niños debe ser un infierno.

Una madrugada de verano del 2011 decidí que tenía que viajar a Kenia. ¿Por qué no? Siempre había soñado con pasar un tiempo en África. Me pasaba mil horas por semana buscando documentales sobre el delta del Okavango, tenía cuatrocientos litros de pecera con ciclidos africanos del lago Malawi. Así, dejándome llevar por mi deseo de viajar, conocí a Andrés. A él también le parecía genial la idea de vivir por el mundo, de hecho así vivía y vive hoy en día.

Tres años después de esa primera charla sobre Kenia, decidimos dejar atrás nuestras diferencias y darnos el gusto de vivir una aventura con nuestra hija.
No sé bien cómo me animé, pero de un día para el otro se me corrió el velo del pesimismo y empecé a ver todo lo bueno que podía darme una experiencia como esta. Entonces pongo pausa en mi vida de buenos aires y me lanzo a lo desconocido sin miedo al fracaso porque hoy el peor escenario es no vivirlo.

Así que este blog va a seguir contando mi vida con mi hija, sólo que ya no desde mi país, no desde la comodidad de mi casa o de mi querido conurbano. Nos movemos de la zona de confort, me subo a un avión con mi hija de un año sin saber cuando voy a volver.
Nos vamos a la India.

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Sueño

Hay un momento en el que ya son las diez de la noche, o mis amigos se fueron o tengo mucho que hacer y necesito tiempo sola y la rutina es que con Julia a upa caliento la mamadera y nos vamos a mi cama. Entonces nos tiramos las dos, jugamos un rato y toma su leche hasta que ya no hay más nada. yo dejo la mamadera vacía en la mesa de luz y finjo estar dormida para no distraerla y que la venza el sueño. Cierro los ojos y la espío. Siempre es lo mismo: ella me mira con sus ojos enormes, me toca los párpados, me da besos, me dice mamá y balbucea en ese idioma que es tan de ella y me dice que quiere extender ese rato nuestro unos minutos más. Y siempre me hace reír y abro los ojos y nos miramos, muertas de risa por algo que no es gracioso pero tiene esa complicidad absoluta de los que se conocen con tan sólo mirarse.
Entonces recuerdo que ya es hora, que quiero ser yo sola por un rato y vuelvo a cerrar los ojos y ella se queda quieta. Y pienso todo lo que la adoro y lo inmenso que es que conozca el mundo de mi mano. Y siempre me invade el miedo de perderla, porque nada, nada va a ser lo mismo sin ella, porque el sólo hecho de que no esté más conmigo me supone la desesperación más primitiva. Y pienso que yo también me puedo ir de este mundo mañana y puedo dejarla sola y me vuelvo loca de miedo de sólo pensarlo.
Es ahí cuando se retuerce, da una vuelta, me toca la cara y escucho su quejido somnoliento. abro los ojos y esta riéndose, nos miramos una última vez, antes de que se duerma, y basta esa sonrisa para devolverme al estado de enamoramiento adolescente, de total felicidad y entrega. Todos los pensamientos negativos quedan allá lejos porque ella está acá, al lado mío, feliz y tranquila, y todo lo demás no me interesa.

Espero un minuto a que se duerma profundo, pienso en que haberla tenido fue la mejor decisión de mi vida y me levanto, despacio, para no despertarla.