Un mes en India

Ayer estaba caminando por South Extention I, que es como un mercado del conurbano pero con cuatro veces más gente y más tráfico. El caos era tal que me costó unos veinte minutos encontrar un auto rickshaw que me llevara a Kotla. 

Una vez arreglado el precio me subí y el tipo en lugar de seguir por la avenida se metió por las callecitas porque pensó que adelantaríamos camino. Dos minutos más tarde esperábamos en el medio de una calle cualquiera, llena de gente pasando entre autos, cyclerickshaws, carros con electrodomésticos, vacas, pollos, camionetitas y muchos autorickshaws. Todos esperábamos a que se destrabe el tráfico.  Me perdí mirando cada bicicleta, cada tienda, cada puesto. Como un pibito ordenaba las telas por color, el cuidado con el que apilaba uno a uno los rollos de las telas más lindas y coloridas que se puedan imaginar.  Al lado una mujer le arreglaba el saree a otra. Dos hombres empujaban una bici con carro que llevaba una heladera y una tele recién salidos de la casa de electrodomésticos donde una rata tomaba agua sucia de un charco a sus anchas, sin que nadie la notase. Pasaban los minutos. Dos, cinco, diez. Algunos se bajaron tranquilos y se adelantaron a ver qué pasaba que no avanzábamos. Una vaca me pasó por al lado y me dio en la cara con la cola mientras la bamboleaba. Ni me molestó. Nada me molestó. Los hombres corrieron un par de vacas y unas motos y salimos del nudo de tráfico. Llegué justo al slum para la fiesta del día de la independencia. Hubo números musicales, charla de media hora en hindi donde casi me duermo y hago el papelón del año, comida y regalos. Al final me encontré bailando música de bollywood rodeada de gente con la que no me puedo comunicar más que con gestos y algunas frases aprendidas de memoria.

En el auto volviendo a casa recordé que un mes atrás estábamos llegando a India. Vivo acá hace un mes pero parecieron muchos más. Y aunque suene cliché, es cierto que este país te cambia. En un mes casi no tuve mal humor. Me indigné y lloré más que en todo el resto del año. Conocí gente en la calle, gente a la que pude hacer sonreír un segundo, a la que pude aliviar por un rato, cosa que para mí funciona como la más placentera de las drogas.

Un mes en este país que se vuelve protagonista de tu vida. No podés obviar que estás en India. No te olvidás un segundo de que estás acá y no en cualquier otro lugar. Acá cada día es un aprendizaje. Salís de tu casa y no sabés lo que te va a pasar, lo que sí sabés es que no te vas a aburrir y cualquier cosa que te pase no te va a ser indiferente. París es mil veces más lindo que Delhi y sin embargo me parece tan insulso. Seguro en Buenos Aires lloraría menos, pero no quiero volver. Resulta que este país tiene un no sé qué adictivo. La comida, los aromas, los colores, el caos, los momentos que te parten el alma. Te sentís más vivo. Valorás cada segundo de tu existencia. Vivís más. 

¿Qué Agostina seré el mes que viene? ¿Y en tres meses más? Seguro diferente a la que soy hoy.

Me voy a preparar mis clases y a ensayar esta canción, favorita de mis alumnitas. Las quiero sorprender mañana pronunciando un hindi decente.

Feliz día de la independencia, India.

 

 

 

 

 

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