Villa Kotla

Anoche una amiga me dijo que no entendía si yo estaba contenta o hinchada las pelotas. Que no estaba siendo clara, que parecía un toque desequilibrada, un día posteando que amo india, al otro que odio a los indios. Me quedé pensando en porqué me pasa esto de estar tan ciclotímica y sacada.

Hoy a la mañana me levanté, desayunamos y preparé a Juli para llevarla al jardín. Con ella a upa y su mochilita esperé y esperé un auto rickshaw. Nada. Ya estábamos llegando tarde así que no tuve más remedio que parar una cycle rickshaw. Le dije a dónde íbamos y con señas le expliqué que tenía que dejar a la bebé y volvía. Fuimos a dos kilómetros por hora, el tipo estaba cansado. LLegamos. Me bajé, dejé a Juli, voví al carro y noté que el hombre no estaba del todo bien.

Ya le había dicho que vovíamos al block A, o sea que me subí y arrancó. Un kilómetro por hora. No podía ni pedalear. Me sentía una forra pero tampoco me daba para bajarme. Al final se bajó él y empezó a tirar de la bici caminando. Le dije que pare y me bajé también, le pedí que se sentara en el carro y le ofrecí agua que siempre llevo en la mochila y por suerte todavía estaba fresca. Tomó, le di unas galletitas  y cien rupias. Me contestó que no, que veinte estaban bien y me negué a aceptar el vuelto. Me vine caminando a casa.

 

A las dos de la tarde nos fuimos con julia a visitar un poryecto de la ONG para la que voy a trabajar. Es en Kotla, a unos diez minutos en auto. Es en el medio de un slum, o sea una especie de asentamiento. Nos perdimos. Nadie hablaba inglés. La gente del slum se acercó a ayudarme e hicieron de todo para que lleguemos a la carpa donde estaban dando clases a unos veinte niños. Una carpa, una lona en el piso, los chicos sentados dibujando y dos ventiladores que paliaban el calor.

Después de las clases la coordinadora nos hizo recorrer el asentamiento. Nos mostró cómo malvive la gente, once o doce en una carpita de dos por dos. Literal, sin exagerar. No tienen gas ni agua. Cocinan quemando maderas. Traen agua en baldes desde otra zona del barrio.

Todos los chicos dibujaron, cantaron y comieron. Se reían a carcajadas de las caras que hacía julia o de cómo yo pronunciaba mal sus nombres.

Después nos ayudaron a conseguir un auto rickshaw para volver, pasando por el mercado de la otra vez, con vacas, autos, bicicletas, gente, puestos, cabras todo mezclado y conviviendo en perfecto desorden.

Ahora, en casa, pienso que es muy lógico que esté ciclotímica. A la mañana me levanté amando este país, salí y me desarmé de tristeza. Tres horas después se me hacía agua la boca con la comida de Mamila, y un rato más tarde miraba como niños de la edad de mi sobrino jugaban con huesos sucios de vaca como si fueran el mejor juguete del mundo.

Si bien me estoy acostumbrando, no sé si algún día podré estar del todo segura de que voy a salir de mi casa y no me voy a amargar, no voy a llorar, no voy a indignarme y querer agarrarme a trompadas con alguien.

Definitivamente este país no es para cualquiera. En mi caso siempre fui muy sensible al dolor ajeno. Bueno, acá no se puede caminar dos cuadras sin ver una escena que te parte al medio. Entonces para mí es un enorme desafío no solo dejar de ver todo con ojos occidentales sino poder lidiar con mi incapacidad de tolerar el sufrimiento y desprotección de tanta gente.

trabajar me va a hacer muy bien. Así que ahí vamos, arranco el miércoles. Ya les iré contando.

 

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Barco Pirata

Hoy nos preparamos para salir un rato los tres y cuando estábamos en la puerta se largó a llover torrencialmente. Volvimos a subir, mala suerte.

Un rato más tarde dormí a Juli y Andrés también estaba dormitando entonces me fui al tempo del otro día, Kalkaji Mandir. 

Entré, me tuve que descalzar, cosa que me dio asco y lo pensé varias veces porque el piso estaba mojado, con tierra y lodo. Pero si no lo hacía me iba a perder de lo más interesante, las ofrendas a los dioses, así que dejé las ojotas a un costado y me metí en el templo. Mil imágenes de los dioses más raros y pintorescos que se puedan imaginar. Fieles cantando y ofreciendo comida y flores. Muy interesante. Seguí caminando y me interceptaron unas niñas pidiendo rupias. Eran cinco, pero como me vieron dudar aparecieron más y más. Si sacaba la billetera sabía que no iba a poder darles a todos y que iba a ser un bardo, entonces se me ocurrió algo mejor. 

Caminé hasta el parque de diversiones del horror y estaba vacío. No sé por qué, pero no había nadie usando sus peligrosas atracciones. Hablé con los empleados y pregunté cuánto salía dejar pasar a los chicos a subirse al barco pirata y a una especie de calesita. Me dijeron que 140 rupias. Ok. Como pude, con gestos, les dije a los chicos que se subieran. No saben la alegría de esos niños. Me emociono de sólo recordar los gritos y sus risas. Yo los saludaba y les sacaba fotos desde abajo. Cuando el barco agarró velocidad pensé que si algún chico se caía me iban a linchar ahí mismo. Pero bueno, ya estaba el barco andando y me encomendé a ganesh. Miré al costado, un nenito con un sólo brazo me tiraba despacito de la remera. Se había juntado otro grupito a mirar. Este grupo era de niños que no se tiran arriba de los turistas a pedir, sino más bien son más sumisos. Era tremendo verlos, uno sin el brazo, el otro rengo, uno ciego y así. Hablé con el empleado y le dije que le daba otras 140 rupias y que cuando terminara la primera tanda los deje subir a ellos. Bajaron los primeros, excitadísimos, y subieron los segundos. Para evitar desastres me fui con todos los primeros que me siguieron. No pude ver a la segunda tanda de niños, pero sí me aseguré de que todos subieran.

Seguí caminando hacia la avenida con los catorce pibitos atrás mío que me hablaban en hindi. Mientras esperaba un auto rickshaw, un pibe que hablaba inglés me hacía de traductor. Una de las nenas, Kima, tenía una cicatriz que le cubría todo el cuello. Le pedí que le preguntara qué le había pasado. Según le dijo Kima al pibe, un día un familiar le cortó el cuello. Como pudo se escapó y la ayudaron unos vecinos. Ahora vivía sola en la calle con sus amigas.

Me subí al auto y les prometí que iba a volver un día de estos y se iban a volver a subir al barco pirata.

En el rickshaw me vi en el espejo y tenía una marca roja entre los ojos. Había sido Kima, pero entre tanto revuelo no me di cuenta.

 

 

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