La letra con sangre

La mañana del martes arrancó como siempre. A las nueve llegamos al refugio y dimos calcio, leche y avena a los menores de cinco. Curamos  algunas infecciones de oido, cortaduras, repartimos sales para las diarreas, una niña con parásitos, una madre que está esperando la esterilización y tenía que hacerse el riesgo quirúrgico en el hospital, la estimulación de Chenna. Cuando nos estábamos yendo una de nuestras voluntarias vio que le faltaban mil rupias de su mochila.

Primero revisé todo bien porque no es algo que pase a diario, de hecho no pasó nunca desde que trabajo en el shelter. Pero sí, efectivamente la plata no estaba y alguien la había agarrado. Hablamos con algunas madres y las sospechas apuntaban a Kajal y Sargi.

No estaban en el Motia Khan así que con Samrita nos tomamos un rickshaw y recorrimos las esquinas de las avenidas donde podían estar trabajando. No las encontramos. Sí encontramos a otra gente del refugio, pero de ellas nadie sabía nada.

Samrita estaba decepcionada, triste. Yo no. Si de algo me he dado cuenta en estos días es que mi experiencia de tantos años en Villa Fiorito y Budge me sirve muchísimo acá. Samrita, con sus 24 años y cero experiencia, se amarga con facilidad, se bloquea, no se cuida. Sin ella mi trabajo es inservible, porque no hablo hindi, pero ella sin mí hubiese abandonado el refugio a la semana. Somos un equipo sólido que funciona perfecto.

Esta mañana volvimos al shelter y luego de nuestro trabajo de rutina bajamos al hall de entrada y vimos a Kajal. Se acercó a Samrita y a mí y nos dijo que había sido ella, junto con Sarji y Lakshmi, quienes habían robado la plata. Llamamos a las otras dos y Samrita les dijo que estabamos decepcionadas y enojadas, que cómo íban a hacer una cosa así y todo lo que el sentido común dicta en este tipo de situaciones. Las familias se juntaban alrededor de la escena y empezaron a retar a las chicas, pero ni Samrita ni yo podíamos entender nada de lo que hablaban porque no usaban hindi sino su lengua materna, el marati. Tanto revuelo se armó que llamamos a Akash, un adolescente que queremos mucho, y le pedimos que nos tradujera. Todos estaban avergonzados por el robo y pedían explicaciones a las tres. En medio del griterío apareció el padre de Kajal, Rajesh. Inmediatamente a las tres les cambió la cara. Estaban aterradas. Rajesh nos pidió disculpas, dijo que él se iba a hacer responsable de lo que las chicas habían robado y se las llevó a un cuarto para hablar a solas con ellas. Se fue con las tres y trabó la puerta. Todos los demás quedamos afuera preguntándonos qué estaba pasando hasta que escuchamos los gritos. Akash corrió a los curiosos y nos dejó espiar por un agujero en la chapa: Rajesh sacó un palo que tenía escondido en el pantalón y las empezó a golpear.

Samrita estaba a punto del colapso, yo también estaba nerviosa pero no podía expresarlo, estaba con Chenna en brazos y tenía que mantenerme firme y mostrarme tranquila. Golpeamos fuerte la puerta, le gritamos que pare. Nada. Yo agarré a Samrita que estaba a punto del desmayo. Algunos hombres golpearon la puerta más fuerte y le pidieron a Rajesh que termine con el castigo. No había caso. Era Rajesh gritando en marati y cada tanto golpeando a alguna, luego a la otra y así. Nosotros afuera, espectadores de esa escena de horror. Fueron unos minutos muy tensos donde sentimos que habíamos desatado un desastre. ¿y si se le iba la mano con los golpes? ¿Y si alguna de las tres resultaba seriamente lastimada? ¿Y si luego de esto nos echaban?

Finalmente, después de minutos que parecieron horas, la puerta se abrió y salieron las tres, llorando y agarrándose las zonas donde Rajesh las había golpeado.

Entramos a las niñas a la escuela, y atrás venía Rajesh, ya más calmado. Samrita le dijo que no era necesario golpearlas, pero Rajesh contestó que así él castigaba este tipo de acciones. Que si no lo hacía ellas nunca iban a entender que estaba mal. Miré a Sam y le pedí que no lo insultara,  que no podemos pretender que ellos se manejen como nosotros querríamos. El hombre se fue un segundo y volvió con las mil rupias. Me las dio y le dije que no era necesario, que se las quedara. “No. Tenés que aceptarlas. Es un tema de honor. Nosotros somos escoria, nadie nos respeta, no hagas lo mismo. Esta conducta no está bien y quiero reparar el daño de mi hija.”

Agarré trescientas rupias y le dije que guardara el resto, que estábamos a mano. Aceptó y vi cómo le corrían las lágrimas. Se las limpió con el puño de la camisa y se fue.

Samrita terminó de echar a los curiosos, cerró la puerta del salón de clases y se largó a llorar. No la podíamos calmar. Le pedí a las maestras que la dejaran descargarse y me fui al piso de arriba con Chenna, que seguía a upa mío y ya había visto demasiado. Jugamos un rato hasta que Sam subió y seguimos atendiendo los casos pendientes.

Una madre ex adicta con una bebé diminuta, antipsicóticos para la mujer que tuvo el cuadro psiquiatrico la semana pasada, pedir fecha para una operación, desparasitar a un par de niños.

Terminamos.

Cerramos la puerta de la escuela, salimos al hall y en la entrada Sargi y Kajal se acercaron para ver si todavía seguíamos enojadas. Miramos a nuestro alrededor, la gente seguía con su vida. El grupo del poker jugaba al poker, las niñas se agrupaban en fila para trenzarse el pelo, los bebés jugaban con el agua y con los perros. Todo como siempre. Ese incidente que a nosotras nos volvió locas era una cosa más en un día como todos.

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4 comentarios en “La letra con sangre

  1. “Ese incidente que a nosotras nos volvió locas era una cosa más en un día como todos” Esta frase, Agos, es tan acertada! Mi marido es director en una escuela de Villa Centenario, cerca de Fiorito. Yo también laburé ahí y es cosa de todos los días. Los robos en las escuelas, la violencia entre pibes y que para el alrededor la vida siga girando. Qué falta hacen las familias y las palabras.

    • si, por eso es que esta comunidad no me parece nada extraña en muchos aspectos. son distintos a los indios de casta mas alta pero muy parecidos a los pobres de villa fiorito.

  2. Yo sería Samrita, realmente tenés que ser de fierro para aguantar y no colapsar. Estos relatos que realmente si los escuchás de alguien no lo creés, pero son real as fuck.

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