Desahogo

Me senté en el sillón blanco de mi suegra a jugar con Julia y a esperar que se hiciera la hora de salir al aeropuerto. No podía disfrutar del todo porque me esperaban catorce horas en un avión con mi hija de dos años. Mi hija particularmente rompebolas.

Ya había ido a Tiger a comprar los regalitos que me faltaban, ya había pasado por Sephora a por el pintacejas para imitar las cejas tupidas de las indias. Estaba todo bien.

En eso veo que mi hermano me escribe por whatsapp un “Gor, estás?”

Cada vez que mi hermano me escribe un Gor Estás? es porque o bien un integrante de mi familia está en terapia intensiva o bien ya feneció.

Escuché su audio pensando que iba a llegar el momento donde me dijera “nah, mentira”, pero ese momento nunca llegó. Mi abuela estaba grave y había que operarla de urgencia.

Parecía un chiste. Estaba yo sentada en el mismo sillón de la misma casa donde hace dos años me enteré -también por mi hermano- de que mi viejo estaba muerto.

Me qudé sin poder llorar ni hablar con nadie. Sin poder terminar la valija. La leche de Julia hervía en el fuego y yo ni cuenta que me di. Unos minutos más tarde otro audio y ya la abuela se había ido.

Otra vez. Otra vez la distacia me impedía despedirme de mi abuela como me había pasado ya con mi viejo. Otra vez catorce horas de avión sin entender cómo fue que quedamos tan pocos en cuestión de dos años.

Llegué al aeropuerto llena de bronca pero sin llorar. Tampoco es que podía soltarme mucho con una niña de dos años que sólo quiere jugar y correr.

El viaje fue un infierno. No sé cómo hice para entretener durante nueve horas a Julia. En un momento me venció el sueño y cuando  abrí los ojos ella ya no estaba. Salí corriendo y la encontré en primera clase, sacándole las medias a un gordo que babeaba la almohada.

Cuando llegamos decidí que no quería verla y que no iba a llorar. No tenía ganas de nienguna de las dos cosas.

Me dormí temprano y al otro día salí a tomarme el tren para Capital.

Qué espantoso sentirse raro entre lo conocido. Estaba en ese tren que tomé tantas veces durante toda mi vida e igual me sentía una extraña. Sonaba Arjona de fondo y un pibe sudado se tropezó y se me vino encima con todo y superpancho y me manchó la pollera. Yo cerré los ojos y tarareé una canción india. Sí, me sentía una extraña en mi tren, en mi Provincia de Buenos Aires, en mi país.

Me bajé en Once y mi cabeza estaba por estallar. ¿Cómo es que ese antro de perdición alguna vez me pareció cosmopolita e interesante? Es muy horrendo y gris. Y sí, claro que Delhi es peor, pero Delhi es nuevo y diferente a todo lo que haya conocido. Esto era feo y repetido. Sin gracia. Entonces empecé a caminar hacia la casa de mi amiga Nati pensando para qué había venido, que no estaba lista para ver a nadie.

Cuando estaba por llegar a Corrientes vi al mismo viejo que hace años y años lustra botas en la esquina. Tenía la mirada cansada, pero aún así me reconoció y movió la cabeza a modo de saludo. “que tal mihijita” Me dijo, y ese fue el golpe de gracia.  Lo saludé, terminé de cruzar la avenida y me agaché contra una pared mugrienta. Me acomodé, apoyé la mochila en el piso y me tapé la cara con las palmas, así como para llorar a todo culo. Que alivio sentí. Lloré al viejo hecho mierda, lloré a mi abuela, lloré la injusticia de mi padre muerto y lloré por sentirme una extraña en Mi buenos aires querido. Lloré con ruido aprovechando la impunidad que sólo Once a la noche puede dar.

Cuando terminé me puse de pie y seguí caminando hasta llegar a la casa de mi amiga. Me abrió la puerta mi Pacita y nos abrazamos como si no hubiese pasado ni un día, ni la india ni ninguna muerte.

ahí, en ese preciso momento, sentí que había llegado a casa.

La tolerancia o Cómo me anoté en la jornada del curandero Patricio.

Ya cumplimos seis meses en India y esas épocas donde me agarraba la chiripiorca y no salía sin el clona en la cartera quedaron atrás.

Creo que fue en septiembre donde dije “OK, necesito medicación” y arraqué la búsqueda de un psiquiatra indio que me recete algo para pensar menos. Estaba muy bipolar: a las 4 de la tarde llegaba a casa y le gritaba a Andrés “soy feliz, soy muy muy feliz” y a las cinco menos cuarto estaba pensando que seguro me estaba por morir, que el mundo es una mierda y viendo todo absolutamente negro. Así todos los días.

Mi búsqueda de psicólogo en india fue un fracaso pues esta gente no conecta con sus emociones. Les chupa un huevo lo que sienten, ellos trabajan, piensan en cuando casarse, comen y festejan. Nadie piensa “a ver, ¿estoy bien o estoy del orto?” y saben què? los aplaudo. Lejos estamos nosotros los argentinos que absolutamente todo el tiempo estamos cuestionando cada decisión que tomamos o cada emoción que sentimos. Acá eso no tiene lugar porque o te estás cagando de hambre y pasás 24 horas diarias pensando en llegar a la noche con la panza llena o estás podrido en plata y reemplazás el malestar gastando. Aparte la gente labura 24/7 y sin vacaciones, imaginen que no existe “buen fin de semana” en hindi pues el concepto de descanso el fin de semana es relativamente nuevo para ellos.

La cosa es que finalmente fueron pasando los días y todo ese miedo se fue, ya me siento en casa y tranquila. Sólo hay dos cosas que aún no he superado y son menores mas me molestan un poco: La gula y la falta de amigos.

En el bendito país de Lord Ganesh no está de moda ser flaca. El modelo de mujer acá dista mucho del argentino, en las publicidades no ves chicas escuálidas, e incluso cuando alguna tiene que aparecer en ropa interior tienen panza. No existen los productos light y TODO, ABSOLUTAMENTE TODO plato de comida tiene litros de aceite.

Acá se vende manteca de medio kilo para arriba, ¿quién va a querer la de cien gramos si esos cien gramos alcanzan solamente para un sánguche? Sí, leyeron bien, esta manga de seres humanos agarran un pan lactal, le untan cien gramos de manteca a temperatura ambiente y le enchufan el otro pan como si no se tratara de un acto casi criminal.

Si las botellas de litro de aceite Cocinero se vendieran en este país, me la juego que le cortarían el pico dosificador pues con ese pico diminuto no sale el medio litro de aceite necesario para cada brebaje.

Y, obvio, todo es frito. Se te mancha la ropa con comida y al toque notás que esa delicia que estás manducando te deja una aureola de aceite tal que tenés que tirar la remera a la basura.

Encima este país te obliga al sedentarismo. Salís a la calle y hay 40 tipos esperándote para llevarte a donde vayas, no te ocupás de la casa porque tenés mucama, niñera, jardinero y la mar en coche. Salís a correr y en cada esquina te arremeten 40 niñitos mancos a pedirte rupias. Si no hace demasiado calor, el frío viene con todo el smog de la cuidad más contaminada del planeta.

Este estilo de vida de holgazanería y manjares lleva, como todos sabemos, a la gordura flacida. Y esa es la gordura más nefasta, pues incita al cachetazo. El que ve a un gordo flacido y no siente deseos de azotarle, que tire la primera piedra.  Cuando yo estaba en plena época de vigorexia, corría y hacía aparatos y tenía las piernas de gabi sabatini. estaba un tanto MACIZA sí, pero al menos tenía algo de tonicidad. Ahora estoy rolliza y blanda.

En cuanto a la falta de amigos, si bien están las francesas y mi amiga colombiana, no tengo suerte con los nativos.

Recuerdan a mi amigo indio? Bueno, no fui a su cumpleaños y me hizo una escena como si lo hubiese plantado en el altar. Yo no tengo doce años, chicos, no voy a tu cumple, te cae como el culo, OK, resolvemos en 10 minutos pero no me sermonees ni hables de “un amigo es un tesoro que hay que cuidar” pues chau chau.
Y con una chica india NOS ESTAMOS CONOCIENDO y todo iba viento en popa hasta que cuando le confesé mi ateísmo me contó que ella tampoco es religiosa pero sí creía en un curandero llamado Patricio. Acto seguido me invitó a su jornada de curación este domingo donde vas al mediodía, te dan un token y esperás horas hasta que llega tu turno y Patricio, mediante la imposición de manos, te saca el problema que te aqueja.
Si bien para mí dios y el curandero patricio son la misma cosa, enterarme de que mi nueva amiga amorosa y con conciencia social adora a un curandero dañó las fibras de mi corazón.

Pero saben qué? si algo he aprendido en estos meses es a juzgar menos, a TOLERAR lo que no comparto (menos en el caso de mi amigo indio jiji) y a ser menos quejosita.  Así que hoy me subi a un rickshaw que me dejó en un lindo parque donde corrí y casi me olvidé del frío y la contaminación y este domingo voy a ir con mi nueva amiga a la jornada de curación del curandero Patricio. Cuando me toque mi turno le diré que me cure de ser una gorda nefasta.

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esta chica ávida del sánguche, en india es una sílfide.

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bread pakora. sí, es lo que parece: un sánguche frito.

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el curandero Patricio en acción

Aniversario

El sábado pasado tuve mi primer jornada de trabajo sola con los chicos. Preparé todo, practiqué las frases que sé en hindi y lo que iba a enseñar en inglés con mucha anticipación. Estaba nerviosa como el primer día que entré a un aula como profesora, allá por el año 2007. 

La idea de mis clases es enseñar inglés a través del origami. Al menos por ahora ya que la escuelita no cuenta con recursos, no hay pizarrón, ni sillas, ni mesas, sólo algunos chicos tienen útiles. Entonces arrancamos así y después veremos como seguimos. Son dos grupos, uno de chicos de cinco a siete y el de los más grandes, de ocho en adelante. A los chiquitos les llevé hojas numero cinco para que pegaran los peces de origami de distintos tamaños y colores. Entonces aprendieron algo de vocabulario, colores, números del uno al diez. Como yo les hablo en inglés y sólo cuando es necesario uso órdenes en hindi, también se van a ir acostumbrando a escuchar instrucciones en inglés. Con los más grandes fue un poco más fácil ya que están más familiarizados con el idioma que hablo. Fue complicado, no les voy a mentir, pero ellos aprendieron y yo también, es increíble lo que retenés ante la desesperación por comunicarte.

Terminé agotada pero súper conforme. Los chicos están muy predispuestos a aprender inglés, saben que les sirve y se desesperan por más. También son muy respetuosos, pacientes y buenos compañeros. 

Aprenderme sus nombres es un tema, se matan de risa cuando pronuncio mal o me los confundo, pero les gusta que hable algo de  hindi, que ya sepa lo básico como para defenderme.

Luego de casi cuatro horas no daba más de sed y le pedí a uno de los chicos que fuera a comprar coca cola. No quería pedir agua y tener que rechazarla si no venía en botella cerrada, así que me pareció lo más fácil para todos. Le di 200 rupias y se fue al almacencito más cercano. Terminamos la clase y limpiamos todo, levantamos los papeles, doblamos la manta que usamos para no sentarnos directamente en el piso y barrimos bien todo. Les dije que me tenía que ir y ellos en hindi me decían cosas que yo no captaba, pero básicamente entendí que no querían que me fuera todavía. Llamaron a un pibe grande que me explicó en inglés que los chicos querían que esperara las cocacolas así yo tomaba primera. Dije que no importaba, que tomaba en mi casa pero que tenía que volver con mi bebé. Ellos retrucaron que por favor, que yo las había comprado y que querían compartirlas conmigo. Esperé y tomamos todos. Luego me subí a un autorickshaw y volví a casa.

Al día siguiente partimos a Agra con Andrés, Ceci y Julia. Pensé que me había perdido la aventura del tren y que un viaje de tres horas en una autopista nuevísima y casi vacía no me daría anécdotas, pero claro, esto es India y siempre pasa algo. A la media hora de viaje comprobamos que el chofer se estaba quedando dormido en pleno viaje. Dos horas y media atentos a que no se durmiera. Si pestañeaba, alguno de nosotros cantaba o le daba un golpe a su asiento o nos poníamos a discutir en voz alta. Ahora es divertido pero en el momento me morí de nervios. Pensamos que tal vez habìa dormido mal, pero el lunes, cuando emprendimos la vuelta, el tipo arrancó de nuevo con el sueño y no lo podíamos creer. Tuvo una noche y medio dia para dormir, no sabemos que hizo pero no descansó lo suficiente. Otra vez tres horas de malabares para mantener al tipo despierto. 

El Taj Mahal es una locura de perfecto. No lo ves a lo lejos, sólo una vez que entrás al predio y caminás como dos cuadras. De pronto lo ves a través de una especie de arco y la emoción es tal que a mí se me caían las lágrimas. Gorda monumento. 

Al llegar de Agra nos vestimos occidentales no exhibicionistas y nos fuimos a la embajada argentina. Hay treinta argentinos registrados que viven en Delhi. Celebramos la fecha patria con empanaditas y vino. Este viernes salimos a comer sushi.

Estoy cada día mejor, con más proyectos y ganas de estar acá. Igual estar tan lejos hoy me pesa. Hoy se cumplen dos años de la muerte de mi viejo. Cómo me gustaría abrazarlo,  verlo jugar con Julia, contarle sin miedo a críticas todo lo que me duelen los rickshaw pullers. Él me hubiese entendido porque estas ganas de ayudar las heredé de él.

Todavía estás vivo en mi sentido del humor, en mi sensibilidad y en tantas otras cosas que solo los que nos conocen pueden ver. Todo mi esfuerzo y cada nuevo logro te los dedico a vos, papá. 

 

la foto

 

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ah listo que perfecto

ah listo que perfecto

 

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Tracción a sangre

Hoy fui por segunda vez al jardín al que vamos a mandar a Julia a partir de Agosto. Aunque más o menos ya me ubico y queda a unas quince cuadras de casa, no quise ir a pie por el calor y esperé un auto rickshaw en la esquina de casa. Nada. Me fui a una especie de avenida y todos pasaban ocupados. Entonces volví a hacer lo que prometí que no iba a hacer en India, volví a tomar un cycle rickshaw. 

Este medio de transporte me parece inhumano y detesto ver el esfuerzo de los conductores llevando dos y hasta tres adultos a cuestas. Los conductores, obviamente, siempre están flacos, son muy pobres y en algunos casos ni siquiera son los dueños sino que alquilan los carros, por lo cual ganan muy pocas rupias diarias por tanto esfuerzo físico. Pero acá todo es así, esfuerzo físico a cambio de casi nada. 

Al contrario de los auto rickshaw wallahs, estos no hablan nada de inglés y tampoco lo necesitan demasiado ya que generalmente sólo los indios viajan con ellos. Cuando les hablás en inglés  apenas pueden entender la dirección y con los dedos te señalan el precio del viaje. 

Paré a uno, le dije “block C 234” y me mostró tres dedos. Obvio, ni siquiera se me cruzó por la cabeza regatearle. Nos subimos. En el correr del viaje rogaba que no hubiese un lomo de burro, una subida, y calculaba cuántos kilos cargaba entre nosotras y el peso del carro.

LLegamos a destino y le di cuarenta rupias. Me mostró que tenía los bolsillos vacíos y murmuró en hindi lo que yo entendí cómo “recién arranco, no tengo cambio” Le dije OK y nos bajamos.

Antes de tocar el timbre en el jardín de infantes miré la casa en construcción que está al lado. Los mismos chicos que ayer me saludaban desde el primer piso estaban ahí. Resulta que según me contaba el guardia de seguridad de esa esquina, esas familias viven en la calle, entonces ante estas oportunidades los hombres y niños de la familia trabajan como albañiles, las mujeres y niñas cargan bolsas con escombros, materiales y herramientas y a cambio pueden quedarse a vivir ahí hasta que se termine de construir la casa.

Viven así, en ruinas, entre escombros de casas que nunca son suyas.

Los miré, los saludé y entré a otro mundo, uno donde los hijos de los expatriados bajaban y subían de toboganes de colores, tan lejos y tan cerca de los otros.

Al salir los volví a mirar y pensé: – Los voy a ver todos los días, les podría traer algo rico para comer, o juguetes.

Puede que sea cursi, sí, yo soy cursi.

Caminé dos cuadras con julia a upa sin auto rickshaws a la vista. De la nada apareció el cycle rickshaw que me había llevado hacía un rato nomás. Paró al lado nuestro y nos hizo señas para que subamos. Sonrió y me volvió a mostrar los bolsillos como diciendo “ahora tengo cambio”.

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No te pongas azul

Anoche fuimos al Def Col Market y una chica de mi edad se nos acercó y nos preguntó si podíamos ayudarla ya que trabaja como housekeeper para un inglés que en dos meses se vuelve a su país, por lo cual ella se va a quedar sin trabajo. Le dijimos que sí, nos dio su CV y varias cartas de recomendación. Prometimos preguntar a nuestros conocidos y llamarla por cualquier novedad. Cuando nos despedimos me pidió un número de contacto y le dije que no tenía teléfono indio. Que confíe en mí, que yo quería ayudarla. A la media cuadra me di vuelta y ella también, nos acercamos y le pregunté si tenía experiencia como niñera. Me dijo que sí y me hizo esta flor de aclaración: “Please, I dont want to work with indian people”. (por favor, no quiero trabajar con indios).

Clarito, ¿no?

OK. Podríamos estar frente a la próxima niñera de julia. Ya les iré contando.

El hombre de la basura se llama Ibraham. Musulmán. Por eso no me acepta el agua, porque es ramadán y ayunan hasta que el sol se pone.

Hoy me sentí bastante ansiosa. Leí un post de una mina que se fue a recorrer Asia por no sé cuánto tiempo y hace veinte meses que volvió a buenos aires y todavía no se halla, extraña viajar, no se siente cómoda con sus amigos, siente abulia por todo. En los comentarios veinte personas confesaban que se sentían así también después de haber vivido algo similar.

Me pegó mal. No quiero perder a mis amigos, no quiero vivir a relaciones superficiales con gente que no comparte mi cultura, gente que va y viene, que está un tiempo y después sólo quedan en facebook. No quiero volver a Argentina y deprimirme porque no hay vacas en la calle o porque todo es predecible.

Lo hablé por whatsapp con mi amigo/HermanoSol Martín y me relajé, recordé que adoro cada segundo de estar acá y que es obvio que voy a tener momentos bajón, por lo nuevo que es todo, por los miedos de estar tan lejos de mi familia y amigos y porque mi casa ahora es esta.

Sé que cuando despierte mañana voy a adorar abrir el ventanal, salir al balcón y respirar el aire denso con ese calor infernal que te invita a pegarte un tiro. Amo ese calor, porque ya lo siento un poco mío entonces lo defiendo.

Cuando estaba decidido que veníamos y me asustaban malos comentarios sobre la india, cada vez que sentía que estaba por hacer una locura, leía este post. Y sobre todo la última parte que les pego acá. El miedo se iba y volvía el encantamiento. Hoy, a una semana de vivir en Delhi, lo volví a hacer. Gracias Belén.

Muchas personas me dijeron que un viaje a la India es un camino de ida, que nada es igual después de conocer este país y creo que tienen razón. Pienso en el día en que me subi al avión en Ezeiza y creo que -en muchos aspectos- soy una persona distinta. No en lo fundamental, claro, pero sí en modos, actitudes, prioridades y pensamientos.  Este es un país que te pone a prueba segundo a segundo, es un país intenso que te genera sensaciones contínuamente, que te hace tomar decisiones todo el tiempo. Por estos pagos nada pasa desapercibido (más que nada para los occidentales), todo es vibrante, todo te saca del marco, todo te sacude y todo te hace pensar. Considero que no es un país tolerable para todo el mundo, que a veces la vida se hace difícil, que hay cosas que te indignan, cosas que te rompen el alma y te generan ganas de llorar de la bronca y la impotencia. Conocí personas que huyeron despavoridas a la semana de estar acá y no pudieron apreciar -como muchos otros-  el aprendizaje que te da este caos maravilloso. La clave es tener capacidad de adaptación  y tolerancia  hacia este país que te desencaja de todo lo previamente conocido. Mi lema es “No vas a poder cambiar a 1.200 millones de Indios”, pero la realidad es que ellos si te van a cambiar a vos. Hoy elijo estar acá, porque -por lo menos en mi caso- creo que en la India todo es aprendizaje.

 

horn please

 

C’est fini

Llegó la hora del destete. Hace cosa de dos meses que me vengo sintiendo muy bien. Más segura, flaca, alegre, dicharachera. Estoy genial, digamos. Y de a poco vengo recuperando a la agos de antes de embarazarme, sólo que con mejoras, por ejemplo soy más paciente, Menos criticona. No sé, el halo de la maternidad me ha bañado, pero no lo suficiente como para convertirme en un embole. Ahora salgo y me emborracho con amigos, voy al cine, al teatro, vuelvo a la madrugada. Estoy bastante descocada. Me quedaban dos cosas para sentirme completamente individua feliz con hija: pasar a juli a su cama y cortar con la lactancia.

Pero claro, si bien soy un ser de luz y divertida, también soy holgazana, y no me animaba a cortar con esas dos figuritas difíciles de la maternidad porque suponen unos días de acomodamiento y terror. Si tuviera que hacer un gráfico de torta representando la razón por la cual mantenía la teta, una ínfima porción respondía al deseo de darle lo mejor de mí, una porción un poco más grande porque es gratis y el resto, la cruda realidad: SOY VAGA. La teta es lo más práctico que hay.
Pero es cierto que más allá de la comodidad y el momento amoroso entre madre e hija, me tenía un tanto harta el asedio de mi criatura en todo lugar, tirándome de la ropa, metiéndome la mano en la remera, con rabietas si no la dejaba usarme de chupete.
Entonces había que enfrentar el garrón de los cambios.

Por suerte tengo un hada madrina: CHECHILIA.

La abuela paterna de Julia es un amor y la amamos (yo y todos ustedes también). Es amorosa y me llena de regalos geniales y a la vez un sargento que me azota si no le llevo el capuchino light al balcón por las mañanas. Ella, toda solemne como es, se ofreció a ayudarme con estos menesteres en sus días de visita en casa y hace dos o tres días cortamos casi todas las tomas (en tres días le di sólo teta a la noche) y la pasamos a su cunita. Es duro, no les voy a negar. Me parte el alma ver a mi cholita que me llora para que la lleve a mi cama, que me mira con cara de pollito mojado cuando le ofrezco la mamadera en lugar de darle teta. Pero cuando voy a flaquear, cuando ya no aguanto el quejido de Julia, cuando me muero de cansancio y me duermo en pleno arrullo, aparece ella; estoica, no tiene que abrir la boca, yo obedezco al primer movimiento de cejas.

Y, es que prefiero tener problemas con Julia que con chechilia, para que les voy a mentir.

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Apología en un burger de microcentro

Anoche estábamos en un burger con Julia y un amigo y nos pasó algo digno de contar.

Tuve que comer con Julia en la tela, no me fijé si había sillita, simplemente me senté y me dispuse a comer haciendo malabares para que no me robe un pedazo de hamburguesa. La escena era entre triste y divertida: mi amigo comiendo normalmente y yo esquivando manotazos, buscando entretenerla sin éxito, luchando con una rodaja de tomate. Noté que tres chicas en el box de adelante nos miraban y murmuraban algo a una de ellas. Presté atención y decían: “eso te va a pasar, ¿ves? No vas a poder comer tranquila nunca más” y reían. Miré a la que observaba aterrada y le dije: “no hagas caso, sí vas a poder comer” y ahí comenzó la charla entre todos.

Resulta que esta chica se acababa de enterar de su embarazo y estaba asustada. Me empezó a contar su historia: bebé no buscado aunque ella quería ser madre, el padre no era el ideal, su familia en otro continente, tratamiento con psicofármacos que iba a tener que dejar, miedo por lo que estos fármacos podían estar haciéndole al feto, temor de que su vida cambie para mal, y largo etc.

Mientras me contaba se hacía un momento para admirar a Julia y la miraba con ternura. Julia respondía con risas. Entendí todo, yo estaba igual al enterarme.

“No sé si lo voy a querer, tengo miedo de que sea deforme, mis amigas me dicen que es una locura, no voy a ser buena madre, espero que sea varón.”

Le dije que estaba a tiempo de elegir, que podía no tenerlo si así lo deseaba, pero tenía tanto temor como ganas de defenderlo, no quería esa segunda opción.

Yo le conté que si bien es difícil y es cierto que te convertís en otra persona y tu vida cambia para siempre, se puede ser feliz. De hecho se es mejor Persona. Básicamente una se convierte en una felicidad caminante, una felicidad muy muy enquilombada.
Le conté que yo también estaba como ella, que todas lo estamos, sólo que algunas planean sus embarazos y están predispuestas de otra manera al gran cambio. Pero que al enterarnos de que estamos habitadas por una vida que vamos a traer al mundo, que de otra manera no existirá, de la que somos y seremos por muchísimos años responsables, lo lógico es sentir temor y extrañeza.

Y a medida que hablábamos y Julia se dormía a upa, ella se tranquilizaba y se permitía soñar con un futuro con su bebé.
Le aconsejé que desoiga comentarios de madres envidiosas que quieren asustar contándole a embarazadas “la verdad”, que busque apoyo de otras embarazadas en su misma situación.

No hago apología de la maternidad, simplemente estuve en sus zapatos y me hubiese encantado que alguien me ayudara a tranquilizarme. Que me dijeran “estuve ahí, pasa, todo va a estar bien”. Porque esa chica ya decidió que sí, pero su decisión le pesa porque está sola.

No sé ni su nombre, nunca más la voy a ver, pero espero haberla ayudado en algo a sentirse mejor y a no cargarse más miedos a la mochila.

Julia se durmió en mis brazos porque estamos inseparables. Angustia de separación y demás. Así también ayer empezó a gatear y a aplaudir.

Porque la maternidad nos hace eso: no me puedo ni bañar, pero mi hija viene a mí gateando y aplaude cuando le canto.