Apología en un burger de microcentro

Anoche estábamos en un burger con Julia y un amigo y nos pasó algo digno de contar.

Tuve que comer con Julia en la tela, no me fijé si había sillita, simplemente me senté y me dispuse a comer haciendo malabares para que no me robe un pedazo de hamburguesa. La escena era entre triste y divertida: mi amigo comiendo normalmente y yo esquivando manotazos, buscando entretenerla sin éxito, luchando con una rodaja de tomate. Noté que tres chicas en el box de adelante nos miraban y murmuraban algo a una de ellas. Presté atención y decían: “eso te va a pasar, ¿ves? No vas a poder comer tranquila nunca más” y reían. Miré a la que observaba aterrada y le dije: “no hagas caso, sí vas a poder comer” y ahí comenzó la charla entre todos.

Resulta que esta chica se acababa de enterar de su embarazo y estaba asustada. Me empezó a contar su historia: bebé no buscado aunque ella quería ser madre, el padre no era el ideal, su familia en otro continente, tratamiento con psicofármacos que iba a tener que dejar, miedo por lo que estos fármacos podían estar haciéndole al feto, temor de que su vida cambie para mal, y largo etc.

Mientras me contaba se hacía un momento para admirar a Julia y la miraba con ternura. Julia respondía con risas. Entendí todo, yo estaba igual al enterarme.

“No sé si lo voy a querer, tengo miedo de que sea deforme, mis amigas me dicen que es una locura, no voy a ser buena madre, espero que sea varón.”

Le dije que estaba a tiempo de elegir, que podía no tenerlo si así lo deseaba, pero tenía tanto temor como ganas de defenderlo, no quería esa segunda opción.

Yo le conté que si bien es difícil y es cierto que te convertís en otra persona y tu vida cambia para siempre, se puede ser feliz. De hecho se es mejor Persona. Básicamente una se convierte en una felicidad caminante, una felicidad muy muy enquilombada.
Le conté que yo también estaba como ella, que todas lo estamos, sólo que algunas planean sus embarazos y están predispuestas de otra manera al gran cambio. Pero que al enterarnos de que estamos habitadas por una vida que vamos a traer al mundo, que de otra manera no existirá, de la que somos y seremos por muchísimos años responsables, lo lógico es sentir temor y extrañeza.

Y a medida que hablábamos y Julia se dormía a upa, ella se tranquilizaba y se permitía soñar con un futuro con su bebé.
Le aconsejé que desoiga comentarios de madres envidiosas que quieren asustar contándole a embarazadas “la verdad”, que busque apoyo de otras embarazadas en su misma situación.

No hago apología de la maternidad, simplemente estuve en sus zapatos y me hubiese encantado que alguien me ayudara a tranquilizarme. Que me dijeran “estuve ahí, pasa, todo va a estar bien”. Porque esa chica ya decidió que sí, pero su decisión le pesa porque está sola.

No sé ni su nombre, nunca más la voy a ver, pero espero haberla ayudado en algo a sentirse mejor y a no cargarse más miedos a la mochila.

Julia se durmió en mis brazos porque estamos inseparables. Angustia de separación y demás. Así también ayer empezó a gatear y a aplaudir.

Porque la maternidad nos hace eso: no me puedo ni bañar, pero mi hija viene a mí gateando y aplaude cuando le canto.

Amibitas

Una tarde mi amiga Paz ofreció su casa para que yo informe a mis amigas sobre mi embarazo. Llevamos porquerías para comer y yo temblaba de los nervios.

Cuando lo conté, G. se puso a llorar, pero no de alegría. Estaba indignada, le parecía una locura. Recuerdo que todas la consolamos y le explicamos que todo iba a estar bien. Las demás me escucharon e hicieron lindos comentarios, pero yo sabía que pensaban que estaba haciendo cualquiera. La única que se alegró de entre todos mis amigos, la que se alegró realmente, fue Paz.

Pero Paz porque es Paz, pero a los demás los entiendo. Nosotros no somos así. Hasta el año pasado me gustaban los niños, sí, pero los bebés me parecían insoportables, aburridos, babosos, corta mambo. Abrazaba mi tiempo y mi individualismo con amor adolescente. Disfrutaba de cada segundo sola, haciendo lo que se me cantaba, leyendo, durmiendo, yéndome de vacaciones y durmiendo en antros de perdición por las anécdotas. Cada vez que me mostraban un bebé tenía que mentir que era lindo, ni siquiera me salía qué decir. Si vos estas leyendo mi blog, tenés un hijo y yo te lo halagué antes de 2013, te dije cualquiera, era mentira, de compromiso. Después me juntaba con mis amigas a sentir lástima por las pobres madres que no tenían vida, o sí tenían, pero una más aburrida que la nuestra.

Con seis meses de embarazo G. me dice: “¿Che, el crio tuyo ya tiene forma humana?” Ante mi asombro, la bruta dijo el HIT del año, la frase que le sigo repitiendo cada vez que la veo: “bueno, yo pensé que era un tronco con muñoncitos”

Sí. En un punto sentí miedo de que mis amigas no quisieran a Julia, pero siempre valoré que no me mientieran, que fueran sinceras con respecto a lo que sentían con el embarazo. Ahora, a cinco meses de su nacimiento, Julia va a cada reunión, o ellas la visitan, le hacen upa, caras, la duermen, le juegan. Para Paz julia es su sobrina, Nati le trae juguetitos autóctonos de sus viajes, G le quiere sacar fotos y fantasea con un hijo propio.

Y me alegra haber sido la primera, me alegra que Julia nos haya cambiado la cabeza a todas y ahora comprendamos a las madres y veamos la belleza de la maternidad.

Y claro, para qué me hago tanto la misteriosa con G, si todos sabemos que es la yisela del pueblo.

Las amo amiguitas.

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Mujeres

Yo quería un varón. Entre otras cosas por lo obvio: son más pegados a la madre, veía a mi cuñada y a Dante, mi sobrino, y los dos se miraban realmente enamorados el uno del otro, me parecían más fáciles que las nenas en términos prácticos.

Pero la razón más fuerte era el miedo a una hija.

Por suerte en la eco de la translucencia me dijeron que era muy probable que fuera varón, y cuando lo contaba todos me decían “ah, entonces es varón, porque se ve enseguida, aparte si no no te lo hubiese dicho”
Listo, era varón y no pensé más nada.

En la semana veintitrés, con todo el dolor que tenía por la reciente muerte de mi abuela y mi viejo, vamos al scan fetal Andrés y mi madre y yo. Luego de decirnos que el embarazo iba bien y bla bla bla, nos preguntan si queremos saber el sexo, a lo que contesto: “ya sabemos, es varón” y la técnica responde: “noooo, es una nena”.

Todo lo que vino después no me importó; mi madre y Andrés con sonrisa de oreja a oreja, la mujer explicando en la pantalla que ahí estaba el clítoris, que no deberían haberme dicho nada en la semana catorce, etc. Yo no escuchaba nada. Era hija, como quería mi viejo, y se había muerto pensando que era varón.
Era hija y yo siempre me llevé como el culo con las mujeres, y en especial con mi madre. Era hija y era obvio, nada me podía salir bien.

Sentí aversión por esa panza, por esa criatura que se formaba adentro. Sentí bronca. Lloré con rabia y con angustia. Para esa bebé lo mejor del mundo iba a ser su padre y yo una loca insoportable como lo fue mi madre para mí, una jodida que nunca me dejó en paz. De ser lo más importante para mi bebito pasé a ser la pesada madre de una niña.

Así pasaron los días, yo no ocultaba mi malestar y en mi familia trataban de tranquilizarme. Hasta qué una mañana fría que salí a comprar ropita de bebé como ejercicio para adaptarme a esa bebita que tenía adentro, me acordé de una anécdota de cuando era chiquita.

No recuerdo con precisión, sólo sé que fue para un cumpleaños mío, tal vez cumplía seis. En casa no había nada de plata, mi viejo estaría sin laburo o algo, pero no tenían para regalos y yo lo sabía, igual nunca pedía nada. No esperé un regalo, tan chiquita me di cuenta de que mejor no hablaba del tema, o al menos así lo recuerdo.
Esa mañana de cumpleaños, cuando desperté, encontré que mi muñeca tenía un vestido de princesa. Lo recuerdo vagamente, pero era hermoso. Era el vestido más perfecto, ningún vestido de muñeca tenía tanto detalle, era el vestido que toda niña que gustase de ese tipo de cosas pudiera desear. Tenía hasta un ramo con florecitas de colores.
Mi vieja había usado la tela de su propio vestido de novia para hacerme ese regalo. Por las noches, mientras nosotros dormíamos, cortó, cosió y decoró el vestido más perfecto del universo, porque ella hace esas cosas.

Y pensé que con mi madre peleé, lloré, sufrí, me reí, viví todo. Mi madre fue lo peor de mi vida y lo mejor a la vez, está en todos mis recuerdos, en mi presente y ahora, que también soy madre, no concibo un segundo sin ella y estamos más unidas que nunca.

Ser madre de una mujer es saber que ese vínculo será más complejo, es un desafío, pero es el premio mayor. Es criar a una mujer, con todo lo maravilloso y lo estresante, pero es para toda la vida. Un varón también, claro, somos sus madres, pero por alguna razón, a mis treinta, veo a las mujeres tan interesantes y únicas que me siento afortunada por estar criando a una.

Y a vos, papelito, te rompí tanto los huevos y vos a mí, nos peleamos tanto. Pero es mirarme y saber exactamente que me pasa, es escucharte cruzar la puerta y la tranquilidad, es ponerte todo al hombro y estar conmigo a pesar de tu duelo, es tanto, sos tan grande. Algunos son más, otros menos en mi vida, vos sos todo.

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Cinco meses de vida

Julia es tranquila porque vos sos tranquila y le trasmitís paz.

Eso me dicen cada vez que cuento que mi hija duerme bastante bien de noche y no llora casi nunca.
Otra que me dicen mucho es la del embarazo tranquilo, generalmente lo dice la gente que no me conoce o no me vio durante mi embarazo.

Cuando lo escuchaba antes de parir vaticinaba una bebita llorona e histérica, porque así soy yo, o así era, antes de que me cubriera el halo sedante de la maternidad. Es verdad que cambié mucho, pero durante mi embarazo fui una loca panicosa que no paraba de quejarse y lamentar absolutamente todo.

Como ya conté antes, no planeé el embarazo. Me costó mucho hacerme la idea de ser madre. Me encantaba mi vida como estaba, no me estaba sonando ninguna alarma biológica ni nada del estilo.
Cuando me relajé, un segundo, mi abuela entró en la fase final de su leucemia y con cinco meses de embarazo la acompañé en sus últimas horas, le sostuve la mano hasta que murió. Fue lo más duro que me tocó vivir hasta ese día. Mi abuela querida. No pude irme de su lado porque sentí que era un momento tan difícil el que tenía que atravesar, que irme de esa habitación era algo cobarde. Cuando murió salí y estaba mi viejo totalmente desbordado. Me dijo que no iba a poder superarlo.

Y no pudo.

Ése fin de semana vi a mi padre por última vez. Me llevó al tren, le di un beso así nomás sin sospechar que ya no lo vería más, que iba a morir una semana después de un infarto sin saber que era nieta y no nieto, como me habían dicho. Él quería una nena y soñaba con tenerla con él, cuidarla, hacer la siesta juntos.
Mi viejo murió con 54 años. Tantas cosas no le dije.
Mis otras pérdidas fueron con tiempo, cáncer, que es tan hijo de puta con la persona pero permite a los que se quedan despedirse, hacerse una idea de lo que se viene, recuperar algo del tiempo perdido.
No pude hacer nada de eso con mi padre.
Me dejé cuidar por él como nunca antes durante los poquitos meses que me vio embarazada. Me hacía mi comida preferida, dormía en un colchón a mis pies para que yo durmiera en su lado de la cama, me cuidaba con tanto amor.

Todavía mi cabeza no entiende que Julia no lo va conocer, que él no la ve tan linda y risueña, que no va a sanar todas las heridas de su vida jugando con ella y sintiendo su cariño.

Y es tan triste, una herida que no sana, la tapo para que no se vea.

Tuve ataques de pánico desde que murió mi viejo hasta el nacimiento de Julia y traté de parecer lo más normal que me era posible cuando por dentro estaba desencajada.

Julia nació y es una beba tranquila, dulce, simpática y no llora nunca.

A veces pienso (aunque no debe ser así, pero me gusta pensarlo igual), que ella es la bebita que yo necesitaba, que me trajo la paz y la alegría, que me hizo todo más fácil.

No aclarés que oscurece

Durante el embarazo me compré varios libros alusivos. De la lectura de todos ellos saqué una conclusión inesperada: me quedo con los más pelotudos.

Sí, esos que te dicen cuántos centímetros mide el bebé cada semana, cuándo vas a sentir la primera patadita, qué ejercicio te alivia el dolor de espalda y te tira opciones de nombres pretenciosos con sus respectivos significados.

Amo y venero esos libros.

Porque vieron que también están los que prometen contarte LA VERDAD absoluta, esa verdad que nadie antes había dicho y te está siendo negada a vos, pobre embarazada.

Estos libros te informan que la mayoría de los embarazos resultan de un error, del reloj biológico que te obligó a enchufarle un pibe al primero que tocó la puerta, que en verdad es porque estabas frustrada con tu carrerucha y querías sentirte útil en la vida o notaste que se te estaba por piantar el novio y lo quisiste retener, cual Soraya Montenegro con Luis Fernando.

Te cuentan que cuando nazca el pobre bebé tu vida va a ser un infierno, tu suegra y tu madre te van a romper las pelotas sin descanso, tu marido probablemente se vaya de casa, no vas a dormir más, te vas a deprimir, tu hijo llorará descontrolado todo el día y vas a tener que olvidarte de tus aspiraciones profesionales para siempre. Eso, claro, si no entrás en el 5% de las mujeres que recurren al infanticidio.

Les agradezco la información, pero no me rompan los huevos, gracias, ya tengo suficiente. De todo eso, en caso de que sea así, ya me iré enterando, no necesito que con una panza gigante con un signo de interrogación adentro me estén sumando el estrés de tener que plantearme por qué carajo me embaracé. Déjenme ver ropita y pensar nombres en paz, que en pocos meses me voy a tener que internar en el infierno que me están describiendo.

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El momento después

Me quedé con ganas de hablar de un momento increíble y es cuando tu bebé acaba de salir de la panza. Ya sea como en mi caso, por cesárea, o por parto normal, creo que debe ser lo mismo.

Cuando te separás de tu hijo por primera vez. Y ya no importa absolutamente nada si te abrieron y cómo te coserán, si tenés episiotomía, que falta la placenta, que la sangre, nada. De pronto vos no sos más importante y todo lo que importa en tu mundo está envueltito ahí, en los brazos de la enfermera.

A mí me la acercaron y me dijeron “dale un besito” y yo hice caso y la besé, sin pensar demasiado, sin llorar, sin entender nada. Cuando se la llevaron recuerdo que lo único que quería era saber que estuviera bien y sana y tenerla de vuelta.

Más allá de conectar o no al toque, de amarlo o de no entender nada, es algo primario, animal: te importa más que tu propia vida. Y te incorporás, y podés todo gracias a que tu cuerpo, todo tu organismo está trabajando para que vos cuides a ese ser que sin vos se muere.
Yo estuve tres días sin dormir, extasiada, feliz, nunca tuve mejor humor en mi vida.

¿Cómo vivieron ese momento ustedes?

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A eme o

Ni pensé en un embarazo. No me venía pero estaba tan flaca que creí que eso tendría algo que ver. Estaba yendo de la escuela a la psicóloga y en la esquina me compré un evatest. Porque sí. Subí y le dije que me lo iba a hacer en el baño, porque si estaba embarazada necesitaba esa sesión para descargar los nervios.

Lo dije en chiste, era imposible.
Cuando salí del baño vimos las dos líneas azules perfectas. Me tomé 0,50 de clonazepam que tenía en la cartera.

Salí de ahí, todavía loca, pensando que no era el momento, estaba muy mal con mi novio, “soy muy chica (?) y no estoy lista para ser madre.”
Me senté en Kentucky a tomar un agua sin gas y a llamar a mi madre. Le dije y se alegró. Cuando volví a casa le dije a mi novio y se puso contento. No le dio miedo, al contrario.

No era el momento, no fue buscada, yo siempre lo soñé diferente. Seguí fumando porque todavía no quería a esa cosa.

En la semana ocho fui a hacerme una ecografía. Cuando escuché los latidos me largué a llorar y volví a casa pensando que todo estaría bien, a pesar de que mis amigas no apoyaban del todo la idea y yo me sentía tan incómoda con la idea de la maternidad, no lo sentía para mí.

Me di cuenta de que quería ser madre una noche que le escribí a @angulita y le conté, sin conocerla demasiado sentí ganas de contarle eso tan íntimo. Miré sus fotos y un video en particular. Uno que había hecho su hermana para el día de la madre, con fotos de agus y su hijo coco. El video tenía de fondo una canción que me acompañó durante todo el embarazo, y es el día de hoy que se la pongo a Julia y la escuchamos juntas, porque esa noche que la escuché, solas las dos, decidimos que sí.