La letra con sangre

La mañana del martes arrancó como siempre. A las nueve llegamos al refugio y dimos calcio, leche y avena a los menores de cinco. Curamos  algunas infecciones de oido, cortaduras, repartimos sales para las diarreas, una niña con parásitos, una madre que está esperando la esterilización y tenía que hacerse el riesgo quirúrgico en el hospital, la estimulación de Chenna. Cuando nos estábamos yendo una de nuestras voluntarias vio que le faltaban mil rupias de su mochila.

Primero revisé todo bien porque no es algo que pase a diario, de hecho no pasó nunca desde que trabajo en el shelter. Pero sí, efectivamente la plata no estaba y alguien la había agarrado. Hablamos con algunas madres y las sospechas apuntaban a Kajal y Sargi.

No estaban en el Motia Khan así que con Samrita nos tomamos un rickshaw y recorrimos las esquinas de las avenidas donde podían estar trabajando. No las encontramos. Sí encontramos a otra gente del refugio, pero de ellas nadie sabía nada.

Samrita estaba decepcionada, triste. Yo no. Si de algo me he dado cuenta en estos días es que mi experiencia de tantos años en Villa Fiorito y Budge me sirve muchísimo acá. Samrita, con sus 24 años y cero experiencia, se amarga con facilidad, se bloquea, no se cuida. Sin ella mi trabajo es inservible, porque no hablo hindi, pero ella sin mí hubiese abandonado el refugio a la semana. Somos un equipo sólido que funciona perfecto.

Esta mañana volvimos al shelter y luego de nuestro trabajo de rutina bajamos al hall de entrada y vimos a Kajal. Se acercó a Samrita y a mí y nos dijo que había sido ella, junto con Sarji y Lakshmi, quienes habían robado la plata. Llamamos a las otras dos y Samrita les dijo que estabamos decepcionadas y enojadas, que cómo íban a hacer una cosa así y todo lo que el sentido común dicta en este tipo de situaciones. Las familias se juntaban alrededor de la escena y empezaron a retar a las chicas, pero ni Samrita ni yo podíamos entender nada de lo que hablaban porque no usaban hindi sino su lengua materna, el marati. Tanto revuelo se armó que llamamos a Akash, un adolescente que queremos mucho, y le pedimos que nos tradujera. Todos estaban avergonzados por el robo y pedían explicaciones a las tres. En medio del griterío apareció el padre de Kajal, Rajesh. Inmediatamente a las tres les cambió la cara. Estaban aterradas. Rajesh nos pidió disculpas, dijo que él se iba a hacer responsable de lo que las chicas habían robado y se las llevó a un cuarto para hablar a solas con ellas. Se fue con las tres y trabó la puerta. Todos los demás quedamos afuera preguntándonos qué estaba pasando hasta que escuchamos los gritos. Akash corrió a los curiosos y nos dejó espiar por un agujero en la chapa: Rajesh sacó un palo que tenía escondido en el pantalón y las empezó a golpear.

Samrita estaba a punto del colapso, yo también estaba nerviosa pero no podía expresarlo, estaba con Chenna en brazos y tenía que mantenerme firme y mostrarme tranquila. Golpeamos fuerte la puerta, le gritamos que pare. Nada. Yo agarré a Samrita que estaba a punto del desmayo. Algunos hombres golpearon la puerta más fuerte y le pidieron a Rajesh que termine con el castigo. No había caso. Era Rajesh gritando en marati y cada tanto golpeando a alguna, luego a la otra y así. Nosotros afuera, espectadores de esa escena de horror. Fueron unos minutos muy tensos donde sentimos que habíamos desatado un desastre. ¿y si se le iba la mano con los golpes? ¿Y si alguna de las tres resultaba seriamente lastimada? ¿Y si luego de esto nos echaban?

Finalmente, después de minutos que parecieron horas, la puerta se abrió y salieron las tres, llorando y agarrándose las zonas donde Rajesh las había golpeado.

Entramos a las niñas a la escuela, y atrás venía Rajesh, ya más calmado. Samrita le dijo que no era necesario golpearlas, pero Rajesh contestó que así él castigaba este tipo de acciones. Que si no lo hacía ellas nunca iban a entender que estaba mal. Miré a Sam y le pedí que no lo insultara,  que no podemos pretender que ellos se manejen como nosotros querríamos. El hombre se fue un segundo y volvió con las mil rupias. Me las dio y le dije que no era necesario, que se las quedara. “No. Tenés que aceptarlas. Es un tema de honor. Nosotros somos escoria, nadie nos respeta, no hagas lo mismo. Esta conducta no está bien y quiero reparar el daño de mi hija.”

Agarré trescientas rupias y le dije que guardara el resto, que estábamos a mano. Aceptó y vi cómo le corrían las lágrimas. Se las limpió con el puño de la camisa y se fue.

Samrita terminó de echar a los curiosos, cerró la puerta del salón de clases y se largó a llorar. No la podíamos calmar. Le pedí a las maestras que la dejaran descargarse y me fui al piso de arriba con Chenna, que seguía a upa mío y ya había visto demasiado. Jugamos un rato hasta que Sam subió y seguimos atendiendo los casos pendientes.

Una madre ex adicta con una bebé diminuta, antipsicóticos para la mujer que tuvo el cuadro psiquiatrico la semana pasada, pedir fecha para una operación, desparasitar a un par de niños.

Terminamos.

Cerramos la puerta de la escuela, salimos al hall y en la entrada Sargi y Kajal se acercaron para ver si todavía seguíamos enojadas. Miramos a nuestro alrededor, la gente seguía con su vida. El grupo del poker jugaba al poker, las niñas se agrupaban en fila para trenzarse el pelo, los bebés jugaban con el agua y con los perros. Todo como siempre. Ese incidente que a nosotras nos volvió locas era una cosa más en un día como todos.

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Sin filtro

El despertador sonó a las 7 am pero ya estaba despierta chequeando argentina. Siempre que me levanto me fijo las  notificaciones pues las horas más importantes de mi país me las paso durmiendo.

Tomé un té, me puse protector solar y mi buzo favorito que compré en Sarojini Market, una especie de La Salada donde se encuentran gangas si uno sabe revolver montañas de porquerías.

Me pasó a buscar mi amiga colombiana y nos fuimos charlando hasta el Liceo Francés. Desde ahí salimos a Motia Khan los martes miercoles y jueves. Charlamos en la puerta del colegio y saludé a tres colombianos que vinieron especialmente a conocer el Motia Khan. Estaban nerviosos por lo que podrían encontrar.

9 am Llegamos al refugio y se nos amontonaron una horda de niños mayor a la usual. Por los feriados de Holi no íbamos desde el martes pasado. Samrita y los indios nos recomendaron no ir porque el ambiente se pone pesado entre el alcohol, la fiesta y los polvos tóxicos, así que estaban excitados de vernos después de una semana de ausencia.

Subimos al primer piso y arrancamos con la distribución de leche y avena. Yo, como siemre, tuve un largo rato a Chenna en brazos e hice toda la repartija de leche, los juegos y las idas y vueltas con ella a upa. La gente se acerca y te habla para contarte lo que le pasa, entonces llamo a Samrita, ella traduce y entre las dos tratamos de dar una respuesta o derivar al que pueda dar lo que esa persona necesita. Básicamente escuchamos y atendemos los pedidos mientras la médica de hoy revisaba a los enfermos.

Me acerqué a los voluntarios colombianos y les pregunté cómo estaban pues los vi un tanto shockeados. Les dije “hoy es un día tranquilo, un día lindo”.

No terminé de decir la frase y entró el viejo sin ojo de la mano de dos niños de unos diez años. Los dos lloraban. La niña se corrió el pañuelo que la cubría y vimos que tenía el torso quemado. Lo que entendimos es que se había quemado con té cuatro días atrás. El hermano estaba más nervioso que ella. Lloraba y la agarraba fuerte de la mano. La médica la revisó y le limpió la quemadura antes de ponerle una pomada y vendas. Me emocioné viendo a esa niña que estando quemada, dolorida y rodeada de gente, respondía cada caricia o cada gesto con una sonrisa. No sólo aguantaba una curación que a cualquiera de nosotros nos tendria llorando y a los gritos sino que se encargaba de responder cada mirada de los que se acercaban a hablarle en un idioma desconocido.

Yo preferí no acercarme porque no quería darle más trabajo del que ya tenía.

Cuando mi amiga terminó con la niña siguió con una infección urinaria y un par de casos más. Luego se fue con el resto de voluntarios y francesas. Samrita y yo bajamos a la escuela a estar un poco con los chicos y a entregar los primeros dos kits de bordado para Sarji y Kajal. A Kajal le encanta coser y es muy hábil para las manualidades. Aparte decidimos darle un incentivo porque cumplió tres meses de asistencia perfecta en la escuela. Sargi es más rebelde y hace unas semanas la vieron aspirando pegamento. Su madre la castigó por eso y Samrita y yo le dijimos que si no paraba la internaríamos en una clínica de rehabilitación.

Bordamos una hora, corregimos ejercicios, ubicamos ciudades indias en el mapa, armamos rompecabezas, jugamos a deletrear nombres.

Salimos a la calle y me encontré con la niña quemada. No tenía ropa limpia para cubrirse y las vendas podían caer así que le dejé mi buzo preferido de sarojini. Le quedaba como vestido.

Atendimos un par de demandas más y nos fuimos a almorzar y a planear los pasos que faltan para la guardería y la esterilización de unas madres que nos pidieron ayuda. Son seis y la ONG india Samarpan, por suerte, está de acuerdo en acompañarlas en el proceso. En la puerta del café al que fuimos vimos a unos niños de Motia Khan que se dedican a mendigar la mayor parte del día y a veces ni estamos al tanto de que existen porque se van del refugio antes de que nosotros lleguemos. Hay que hacer algo. Nos tapa la pila de pendientes.

Un eggwrap picantísimo y un café más tarde salimos para Hati basti, otro de los proyectos de Samarpan. Es a orillas del río Yamuna, entre árboles y miles de flores y huertas. El clima está hermoso. Tenemos que repartir pilas y pilas de ropa donada. Por suerte la escuela llegó hace cuatro años a este lugar y hoy en día no es un infierno como Motia Khan. Todos obedecen y eligen ropa con paciencia. Terminamos y volvemos a la ciudad por un camino angosto de tierra. Esquivamos elefantes y camellos.

Son las 4 de la tarde, camino hasta la estación del metro, mi estación preferida: Mandi House. Estoy agotada. Me arrastro hasta mi casa. Voy a servirme agua y veo que Mamila hizo mi plato favorito pero no tengo hambre. Quiero acostarme y dormir 4 horas seguidas. En lugar de hacerlo, me pongo a escribir este post. En cinco minutos se va la niñera y me llega la hora de ser madre. Antes, apreto send y separo un bolso de ropa y jueguetes para la nenita quemada. Mañana se lo llevo.

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Kajal con su kit de bordado

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La nenita quemada con mi buzo de sarojini

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niño de Motia Khan que pide en la puerta del subte

Purana Qila, marabunta y las vacas son para comer.

Ayer fui a Purana Qila, un predio donde hay ruinas del 1500 y podés sacarte muchas selfies. No lo hice porque tengo treinta años y soy pudorosa.

A la vuelta el tipo del auto rickshaw paró en una esquina y me dijo “one minute”, acto seguido se bajó con una bolsita llena de semillas y las tiró en la vereda al lado de unos tachitos con agua. Esta gente acostumbra poner agua y comida para los animales en las esquinas o rotondas. Entre esto y la cantidad de basura es lógico que los animales estén en mejor estado que la gente. Es muy chocante pasar por un basural y ver mujeres y niños revolviendo a la vez que perros y vacas. Me dan ganas de carnear una vaca ahí mismo con mis propias manos. Es que yo las veo ahí tan al pedo y no entiendo nada. Sáquenle provecho a ese animal, por el amor de dios.

El viernes pasado estaba en la escuela (aunque ya bien sabemos que es un rancho) chocha de la vida porque tenía un pizarrón para trabajar. En un momento noto que algo me camina por la pierna, me levanto la pollera un poco y veo cientos de hormigas subiendo y bajando por mi humanidad. Traté de tomármelo con calma, miré a mi alrededor y las hormigas estaban por todo el piso. No había lugar seguro. Los chicos me miraban y les caminaban las hormigas por los brazos y la cara. Ellos como si nada pasara. Me recordaron a los documentales donde los africanitos tienen las moscas en los ojos y ni se inmutan. A todo esto volví a mirarme las piernas y había el triple de hormigas. No aguanté más y empecé a patalear como una demente mientras me ayudaba con las manos sacándome de a decenas las hormigas y pisándolas sin ninguna contemplación. Mientras lo hacía me daba cuenta de la cantidad ridícula de hormigas que ya habían subido hasta mi remera y cuello. Ahí entré en estado de nervios y decía en voz alta barbaridades en español que, por suerte, mis alumnos no entendían. 

Los chicos (de entre cinco y siete años) me miraban con cara de no entender nada pero un par del fondo se pusieron a llorar. Resulta que son adeptos a una rama del hinduismo que no sólo no comen animales, ni siquiera comen verduras ni frutas que salgan de la tierra para no matar a ningún ser vivo en el proceso. 

¿Creen acaso que ver a los niños llorar por las hormigas me detuvo? Pues no, seguí masacrandolas a mansalva hasta que mi sed se vio saciada y ya no quedaba más que unas pocas que huían despavoridas de mi lado.

Luego seguí dando clase como quien ve llover. 

En otro orden de cosas, ¿recuerdan que les conté que al lado del jardín de juli hay un edificio en construcción? Les conté también que los albañiles viven ahí con sus familias y que todos trabajan, ellos, sus mujeres y sus hijos hasta que concluyen la obra y se van a vivir a otra y así sucesivamente. No sólo esos niños viven con lo justo y no van a la escuela sino que imaginen los peligros de vivir en un edificio a medio terminar. 

Ese edificio me recuerda día a día lo injusto que es este país. Hace un mes era apenas un esqueleto, hoy lo miré y está ya con las aberturas puestas. Trabajo esclavo, que le dicen. 

Esta mañana pregunté al mandamás dónde estaban los niños, que hacía mucho que no los veía. Tocó su silbato y en menos de diez segundos los tenía a los cuatro a mis pies. Una de las niñas cargaba a su hermanito de no más de seis meses. El bebé tenía en la mano un sonajero de Julia. Al menos les dieron los juguetes que les mandé. 

No me animé a nada, abrazarlos hubiese sido hipócrita. La blanca culposa que manda a su hija al jardín los abraza para no sentirse una basura. 

Apenas los miré y los saludé con la mano. Ahora les estoy preparando un bolso con golosinas, juguetes y libritos para colorear. 

Me sentí rara porque en mi país el capataz de la obra se hubiese sentido avergonzado o al menos nervioso con mi pedido de ver a los chicos. Hasta el más cruel hubiese notado que no está bien que esos niños carguen ladrillos, que al menos tienen que esconderlo. Acá no, esos niños no valen nada, son mano de obra nada más.

Debo reconocer que uno se acostumbra a esto. No deja de parecerte aberrante pero podés vivir sin pensar en el suicidio. Los primeros días llegaba a casa llorando y muy angustiada. No le encontraba sentido a nada y me parecía un error haber venido.

Ahora estoy contenta y veo todo con otros ojos. Acepto lo que pasa y sé que no puedo cambiarlo. Sí trato de hacer pequeñas cosas como llevarle regalitos a estos chicos, dar clases de inglés en las villas, pagarle bien a los cyclerickshaw wallahs, ser amable y dulce con todos. Me costó un mes. Le mando un besito a mi ex psicóloga Roxana que me dijo que no toleraba bien los cambios drásticos. Roxana te deseo prosperidad y una regia trombosis.

 

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purana qila

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un tantito cargada la puerta, no sé.

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señor, no escuchó que las palomas son ratas voladoras?

Entre mujeres nos entendemos

El cyclerickshaw wallah nunca volvió. Tenía que venir el lunes para llevarnos al jardín y no apareció, tampoco al mediodía. ¿Le habrá pasado algo? ¿Será que no podía volver más y por eso me pidió la plata? Nunca lo sabremos.

Mamila dice que nunca lo vió antes, o sea que no suele trabajar por Defence Colony, que capaz que no le convenía venir hasta acá y se animó a pedirme los 2000 adelantados porque me vio ayudar a los chicos de la obra de al lado del jardín de Julia y que nunca iba a regresar. Que la gente de Bihar es así.

No me convence ni ella ni Arjit con lo de “la gente de Bihar es así” pero no se los digo.

El viernes llegó mi suegra Chechilia. Ni bien entró le dije que estaba llegando tarde al slum y que me tenía que ir. Le pregunté si quería venir conmigo y accedió, pero claro, no tuvo tiempo de cambiarse y tampoco le expliqué que no era exactamente una escuela como uno se la imagina sino era una improvisación de escuelita en medio de un asentamiento.

Para que tengan una idea se fue vestida con pantalón, camisa de lino y capelina haciendo juego.

Hubo mil momentos geniales, por ejemplo ni bien llegamos me dice:  “Lo único que espero es no ver ningún plumífero” (les tiene miedo) y mientras lo decía yo le desviaba la mirada de un montón de gallinas que estaban casi a sus pies.

La dejé sentada en una silla a un costado mientras festejábamos Raksha Bandhan (Lazos de protección en hindi) una fiesta que ocurre en la luna llena del mes de Shraavana (entre julio y agosto) y celebra la relación entre hermanos y hermanas. Los chicos hicieron unas pulseritas, las decoraron y cada chica la ató en la muñeca de su hermano (no tienen que ser hermanos de sangre). Desde ese momento cada niño protegerá a su hermana y no la abandonará en caso de que ésta lo necesite. Después hubo canto, baile y comimos dulces.

Obvio yo llevé mis papelitos y los chicos se volvieron locos cuando vieron los origamis, les dí uno a cada uno. Mientras los terminaba, uno de los chicos se sentó a mi lado y me pidió un papel. Estuvo media hora hasta que aprendió los pliegues e hizo su propio pajarito.

Mis alumnos de Budge y Fiorito tienen cero tolarancia a la frustración, mientras que estos no se desaniman por nada. Si no les sale algo siguen intentando hasta que les sale. Siempre con una sonrisa y buenos modales. Es un placer trabajar con ellos.

Cuando volví a mirar a Cecilia estaba rodeada de mujeres, hombres y niños, como si fuera ella una estrella de cine. Y un poco lo es.

Paseamos el fin de semana por el Central Park, comimos, compramos, nos empapamos con el monzón. Pero ella también notó que la energía de esta ciudad es bastante diferente a la de cualquier otro lugar y le está costando acostumbrarse. Entonces hoy fuimos a Lajpat Nagar a comprar telas, sarees y pulseras. En un momento ella quiso meterse en una super joyería. Yo hacía de traductora y me presenté como la ayudante/secretaria de Chechilia. Nos probamos mil pulseras de oro y piedras, aros, anillos. Les juro que no me interesaron nunca las joyas, pero ahora entiendo por qué tanta gente las desea. En una Ceci escucha la palabra “diamonds” y me interrumpe:

– dijo diamantes?

– sí, dijo que si querés te muestra anillos con diamantes

-ay sí, decile que traiga todos los que tenga

– pero hay que ver, ceci, capaz son diamantes de sangre y es un horror, porque viste que mueren africanos por los diamantes ilegales.

– Ningún diamante se obtiene con una aspiradora. Siempre hay algún muerto.

Cómo la amo. Cuestión que se probó de todo y, obvio, no compró nada. Cuando nos aburrimos me dijo que les informe que iba a pensar con qué diamante quedarse y volvía.

Terminamos regateando telas tiradas en el más mugriento de los locales.

En fin, la india es tanto más linda si podés perderte en sus mercados y comprar mil cosas hermosísimas gastando nada. Y si es con una mujer, mejor.

 

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camioncito

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rickshaw wallah haciendo la siesta

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chechilia y juli

Quisquillosos

Todos los martes cuando suena el timbre del primer recreo vienen dos de mis alumnas a charlar “a solas” conmigo. Esto sucede hace tres años y hablamos de todo un poco: de telenovelas mexicanas, de los chicos de les gustan, de Julia y de los problemas que tienen. Una de ellas, J, hace tiempo me viene contando de la situación que vive en su casa. Su padre era violento con su mamá y recién este año pudieron sacarlo de la casa y vivir tranquilas con su mamá, sin violencia.

Hace un par de semanas en nuestras charlas J se quejó de que su mamá no la quiere y la pone a limpiar y no está nunca y la reta. Años atrás yo hubiese pensado “que mala, pobre j” pero esta vez fue diferente: yo también soy madre.

Entonces le dije que su mamá trabaja todo el día y que ellas tienen que entender que está cansada y las quiere mucho y tienen que adaptarse a la situación y ayudar en la casa, colaborar con lo que puedan.

Mi alumna se quedó atónita. Esperaba que yo le diera la razón y no pasó. Al final me la dio ella a mí y se corrió un poco de la postura dramática.

Me consta que su madre las adora a ella y a sus hermanas y hace lo imposible para que tengan lo que necesitan. Soportó malos tratos hasta que pudo independizarse y trabaja de sol a sol para darles todo lo que tienen.

Ahora lo veo del lado de la madre, antes hubiese pensado que esa madre no hacía lo suficiente.

Ahora escucho historias de gente sin hijos quejándose de sus padres y responsabilizandolos de todo lo malo que ellos hacen, de que no tienen un buen laburo, de que no pueden salir de una relación, de no poder enfrentar situaciones. ¿Hasta cuándo podemos culpar a nuestros padres de todo lo malo que nos pasa?
Ahora esos discursos me parecen cobardes e infantiles y estos hijos me resultan ingratos y quisquilosos.

“Mi viejo nunca me leyó para dormir”

Y, tal vez porque llegaba muerto de laburar catorce horas para darte de comer, tarambana.

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Novedad

Ayer salí de la escuela a las cinco y cuarto y era día de feria, ya sabía que la vuelta a lo de mi vieja, donde dejé a Julia, iba a ser difícil.

Una profe me acercó a Olimpo, la avenida, pero estaba cortado más adelante y estaban quemando gomas, los colectivos no pasaban. Yo tenía que llegar a camino de cintura, volví a la escuela y esperé el 306 en la feria, este bondi va por otro camino. No pasaba ninguno y luego de media hora pasa una combi hecha pelota, para y desde adentro una mujer grita: “hasta Olimpo y camino de cintura cuatro pesos” me subí. Al llegar al corte nos dicen que nos bajemos, que no seguía, que no sabían del corte y tomaron un camino equivocado y mil excusas más. me re enojé. La gente bajaba, aceptaba callada la situación.
Después de discutir cinco minutos accedieron a llevarme por otro camino si pagaba cuatro pesos más. Me dijeron que me agachara porque ese camino es peligroso y “andaban a los tiros hace un rato”. Ok, me agaché.

Ya cuando supe que iba a llegar hasta la parada del colectivo que me llevaba a Julia me tranquilicé y me puse a charlar con la mujer, para pasar el mal rato. Hace veinte años que vino desde La Paz. Habla perfecto aymara pero no lo usa casi. Esta cansada de la discriminación y me agradeció por hablar tantas cosas lindas de su país. Yo, loca, estaba extasiada babeandome contando cosas que amo de Bolivia y hablándoles en quechua pero me entendían poco y nada.

Llegamos a destino y luego de un rato, embarrada hasta el tobillo, me subí a la costera. Una hora después bajé y corrí las cuatro cuadras hasta lo de mi vieja como perro persiguiendo un hueso, con la imagen de Julia en la mente, no me importaba más nada que llegar y verla luego de trece horas.

Abrí la puerta y ahí estaba, mi chiquita, hermosa y risueña. Mi vieja me dice: “hoy hizo algo nuevo” y Julia, como si entendiera todo, arranca con un suavecito pero continuo “pà pà pà pà”

lo mismo te amo, hija

Al trabajo con Julia

A las 8 dela noche sonó mi celular y era el abuelo de Julia, que estaba muy engripado y no podía cuidarla la mañana siguiente.

¿Qué hago? Porfi puede venir a la una recién, yo me tengo que ir a las ocho y pico de la mañana. Toda esa seguridad que tenía hasta el día anterior se me fue a la mierda. Estoy sola, mi bebita que sale recién de una gripe depende de mí y no sé que hacer.
No me convencía faltar, recién vuelvo de mi licencia y me encanta mi trabajo, no había avisado con tiempo y si faltaba iba a necesitar un certificado médico y llevarlo hasta Lomas a reconocimiento, o sea que igual iba a tener que salir con ella.

Me fui a dormir porque no daba más de la angustia. Obvio que la pasé a mi cama.

Al otro día me desperté bien temprano y tenía que decidir, pero ya no lo veía como una tragedia, la mañana me hace ver todo menos terrible.

La llevo. Mi directora va a entender, mis compañeras seguro me la tienen un ratito al mediodía y mis alumnos se van a portar bien. Ni hablar que sé que Julia no va a llorar en la tela.
¿Y si se contagia gripe o algo? Y bueno. Este es el trabajo de su mamá y ante un imprevisto tenemos que adaptarnos una a la otra. Hoy le toca a ella adaptarse a mí.
Preparé el bolso, la abrigué bien, la metí en la tela y salimos. Un bondi, el otro, teta en el bondi, (porque hacemos 20, hagamos 23) y llegar a la escuela.

Tal como me imaginé mi directora me recibió con una sonrisa, mis compañeros y alumnos también. Las maestras me la pedían en los recreos y yo descansaba un poco. Mis alumnos también la tenían, la hacían reír y se portaron increíble. Mis alumnos de 6to me emocionaron cuando, tipo una de la tarde, Julia se durmió en la tela y todos hablábamos bien bajito para que no se despierte. Me preguntaban cosas, la corrección de los ejercicios en el pizarrón, ida y vuelta al comedor, todo en susurros para no molestarla.
Las últimas dos horas ya estábamos muy cansadas, pero también se pasaron rápido.

Volvimos a casa a las siete de la tarde, luego de once horas y no dábamos más, mi espalda todavía duele, pero contentas, ella risueña como siempre, yo feliz porque todo había salido bien y pude cumplir con mi hija y con mi trabajo. Baño, comidita y a la cama (cada una en la suya esta vez).

Me quedé dormida pensando en mis chicos, en como son, lo bien que me hacen. Son lo más demandante que hay, pero ayer se dieron cuenta de que tenían que ayudar y lo hicieron. Estoy orgullosa de ellos.

Y en cuanto a Julia, siempre que pensaba en mi hija, desde chica, la imaginaba conmigo afuera. Llevándola en la espalda, como las cholas, en la naturaleza o por la calle, en viajes, de paseo. Siempre. Y, por ahora al menos, esta pasando.

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