gorda reflexiones

Hace tiempo, en el blog de un viajeronoturista, leí un post sobre la depresión post viaje. Básicamente cuenta que cuando volvés a casa luego de meses o años de estar lejos, te sentís raro, incómodo y con leves ganas de darte un escopetazo.

No es que me sienta así ahora, pero los primeros días fueron muy raros. Como ya dije, caminaba por las calles que eran mías y que adoraba y me sentía una extraña. Eso. Sentirme una extraña en Buenos Aires es triste. Sobre todo porque Delhi es hoy mi casa pero tampoco es del todo mi ciudad. Entonces eso me deja automaticamente sin un lugar que sea mío.

Creo que por eso hay gente que te dice que es “ciudadana del mundo” y como bien dice Sandy te los querés comer crudos, pero entiendo que hay algo de verdad en eso. Andrés tampoco tiene una ciudad, mi amigo Joey menos. Deambulan por el mundo, van donde haya trabajo o algo que les interese conocer y no se pueden quedar mucho tiempo en nunguna parte.

¿Quiero eso para mi vida? No lo sé. En Delhi no me voy a quedar a vivir, pero sé que si elijo volver a Argentina ya no voy a ser la misma Agos que se fue ese junio de 2014, ya soy otra, con ganas de ver cosas nuevas todo el tiempo, de moverme, de viajar. Ya no sé si pueda vivir en una casa grande con mi familia y un perro. Una casa armada con tiempo, con detalles, con muebles lindos y mil adornos como hace la gente que se queda en un lugar.

Sin dudas la vida nómada te da muchas satisfacciones. Eso de salir de tu casa y tener la certeza de que vas a vivir cosas emocionantes, distintas, complicadas y únicas es bastante adictivo una vez que pasó el miedo y rechazo inicial.

Pero yo soy muy gorda amigos y me aterra ir perdiéndolos. Y esta vida es de constantes pérdidas. Vivís despidiéndote. Llegás a un lugar y sabés que a Pepita le quedan seis meses así que tampoco da que te hagas super amiga, Juancito se queda dos años igual que vos así que hay que armar amistad aunque sea de la secta Los Niños de Dios y no tengas nada en común. Y Menganita se va el mes que viene así que casi que mejor ni la veo. Todo así.

Por suerte si algo he aprendido con el timpo es que todo pasa, las cosas se dan como se tienen que dar y que, al final, (al menos que esté en roma a punto de viajar para buenos aires que siempre se me muere un pariente) las cosas salen bien.

Al fin y al cabo ya estoy en esto. Ya no puedo volver atrás. Crucé la línea esa de la que hablan los viajerosnoturistas. Ahora sólo queda mirar para adelante y disfrutar de todo lo que me da está nueva vida y aprovechar que aunque me siento un poco extraña en buenos aires, gracias a los audios de whatsapp y a mi twitter querido, con mi familia y amigos no ha pasado ni un día.

Anoche tenía que despedirme de mi familia y me sentí tan bajón que finalmente accedí a tomarme 0.25 de rivotril. Veinte minutos después mi vida era una fiesta, todo fluía y el mundo era hermoso y fácil. Dormí plácidamente y cuando desperté me encontré con una foto de mi compañera de Motia Khan, Sophie,  nacida en congo, con padres belgas y que desde que se casó ha vivido de país en país. Inmediatamente recordé lo que siempre me dice, que esta vida es genial si te lo tomás con humor y alegría. Así que, como dice la ohlalá, voy a soltar, a relajarme y que sea lo que la vida quiera.

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lo que creció chennita no tiene nombre. es por la pichicata que le estamos dando.

PD: Ya conocí a muchos lectores que estuvieron en casa o que encontré por ahí y ya tienen su calendario. Gracias a todos por la buenísima onda. Aun quedan calendarios así que hay tiempo de pedirlos escribiendo a labonaerense@gmail.com. Todo lo que recaudemos con los calendarios que venda acá en argentina será destinado a la guardería de Motia Khan, para que los bebés y niñitas como Chenna tengan un lugar de juego y cuidados mientras sus hermanos estudian.

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Desahogo

Me senté en el sillón blanco de mi suegra a jugar con Julia y a esperar que se hiciera la hora de salir al aeropuerto. No podía disfrutar del todo porque me esperaban catorce horas en un avión con mi hija de dos años. Mi hija particularmente rompebolas.

Ya había ido a Tiger a comprar los regalitos que me faltaban, ya había pasado por Sephora a por el pintacejas para imitar las cejas tupidas de las indias. Estaba todo bien.

En eso veo que mi hermano me escribe por whatsapp un “Gor, estás?”

Cada vez que mi hermano me escribe un Gor Estás? es porque o bien un integrante de mi familia está en terapia intensiva o bien ya feneció.

Escuché su audio pensando que iba a llegar el momento donde me dijera “nah, mentira”, pero ese momento nunca llegó. Mi abuela estaba grave y había que operarla de urgencia.

Parecía un chiste. Estaba yo sentada en el mismo sillón de la misma casa donde hace dos años me enteré -también por mi hermano- de que mi viejo estaba muerto.

Me qudé sin poder llorar ni hablar con nadie. Sin poder terminar la valija. La leche de Julia hervía en el fuego y yo ni cuenta que me di. Unos minutos más tarde otro audio y ya la abuela se había ido.

Otra vez. Otra vez la distacia me impedía despedirme de mi abuela como me había pasado ya con mi viejo. Otra vez catorce horas de avión sin entender cómo fue que quedamos tan pocos en cuestión de dos años.

Llegué al aeropuerto llena de bronca pero sin llorar. Tampoco es que podía soltarme mucho con una niña de dos años que sólo quiere jugar y correr.

El viaje fue un infierno. No sé cómo hice para entretener durante nueve horas a Julia. En un momento me venció el sueño y cuando  abrí los ojos ella ya no estaba. Salí corriendo y la encontré en primera clase, sacándole las medias a un gordo que babeaba la almohada.

Cuando llegamos decidí que no quería verla y que no iba a llorar. No tenía ganas de nienguna de las dos cosas.

Me dormí temprano y al otro día salí a tomarme el tren para Capital.

Qué espantoso sentirse raro entre lo conocido. Estaba en ese tren que tomé tantas veces durante toda mi vida e igual me sentía una extraña. Sonaba Arjona de fondo y un pibe sudado se tropezó y se me vino encima con todo y superpancho y me manchó la pollera. Yo cerré los ojos y tarareé una canción india. Sí, me sentía una extraña en mi tren, en mi Provincia de Buenos Aires, en mi país.

Me bajé en Once y mi cabeza estaba por estallar. ¿Cómo es que ese antro de perdición alguna vez me pareció cosmopolita e interesante? Es muy horrendo y gris. Y sí, claro que Delhi es peor, pero Delhi es nuevo y diferente a todo lo que haya conocido. Esto era feo y repetido. Sin gracia. Entonces empecé a caminar hacia la casa de mi amiga Nati pensando para qué había venido, que no estaba lista para ver a nadie.

Cuando estaba por llegar a Corrientes vi al mismo viejo que hace años y años lustra botas en la esquina. Tenía la mirada cansada, pero aún así me reconoció y movió la cabeza a modo de saludo. “que tal mihijita” Me dijo, y ese fue el golpe de gracia.  Lo saludé, terminé de cruzar la avenida y me agaché contra una pared mugrienta. Me acomodé, apoyé la mochila en el piso y me tapé la cara con las palmas, así como para llorar a todo culo. Que alivio sentí. Lloré al viejo hecho mierda, lloré a mi abuela, lloré la injusticia de mi padre muerto y lloré por sentirme una extraña en Mi buenos aires querido. Lloré con ruido aprovechando la impunidad que sólo Once a la noche puede dar.

Cuando terminé me puse de pie y seguí caminando hasta llegar a la casa de mi amiga. Me abrió la puerta mi Pacita y nos abrazamos como si no hubiese pasado ni un día, ni la india ni ninguna muerte.

ahí, en ese preciso momento, sentí que había llegado a casa.

Good Morning Motia Khan

Esta mañana llegamos a Motia Khan pensando que sería una jornada tranquila. Bueno, NO LO FUE.

Teníamos turno en el Sir Ganga Ram Hospital para llevar a Guldesh, el hermano de Adeeb que también muestra signos de raquitismo. La idea era llegar al refugio, repartir leche y avena e irnos al hospital con el niño y el padre.

Ya ni bien nos pusimos a repartir la comida vino una madre a contarnos que su bebé estaba con diarrea. Después Aarti, una de las niñas que ahora empezó a ir a la escuela tenía una herida en la planta del pie que estaba infectada. Luego una que había perdido un embarazo y no se sentía bien.

Mientras Samrita (una chica india que ahora trabaja con nosotras) nos hacía de intérprete, yo subí al tercer piso a ver por qué Chena, Chulbuli y la bebita menor no habían bajado a desayunar. Resulta que me encuentro con la madre tirada en el piso retorciéndose de dolor y las tres hijas a su lado llorando. La mujer (que tiene 28 y parece de 45) se peleó con el marido anoche y se tomó 20 pastillas de diclofenac y paracetamol. Llamé inmediatamente a mi amiga médica y me dijo que el paracetamol la podía matar, que era muy tóxico y junto con el diclofenac eran una bomba para el hígado. Que tenía que ir al hospital.

El martes pasado fueron unos médicos del gobierno al refugio y dijeron que volverían hoy así que decidimos esperarlos y llevar al niño al hospital. Dos horas de ir y venir, ya me muevo como pez en el agua en los hospitales indios. Análisis de sangre, radiografías y la semana que viene llevarlo de nuevo a ver los resultados de los exámenes y arrancar un tratamiento.

Listo, pensé, todo marcha sobre ruedas.

Fue terminar de decir eso y Samrita que me llama para decirme que los médicos no iban a venir, que la mujer estaba muy dolorida y que qué hacíamos. Volví al refugio a devolver a Guldesh y al padre y la vi a Chenita sola. Siempre está sola, es la hija del medio y Chulbuli, que tiene seis años, se encarga de la hermanita de uno, así que de Chena se encarga la madre y a veces. Le hice upa y sentí muchas ganas de dejar a la mujer internada y llevarme a las tres niñas a mi casa. Ya sé que no es lo que conviene, ya sé que no es justo para mi familia y todo lo que quieran, pero es demasiado doloroso verlas tan solas y desamparadas y no hacer nada.

Llamamos a una ambulancia, le pedimos a una vecina que cuide a las niñas y nos fuimos Samrita y yo a un hospital público cercano a llevar a la mujer.

Yo temblaba de miedo pues ya sé que los hospitales públicos son lugares donde va la gente sin recursos y encima imaginen en Delhi y en Old Delhi, o sea lo peor de lo peor.

La vieron los doctores más secos que conocí en mis 30 años (OK, 32) y nos dijeron que tenía que quedarse tres días pues es un caso de intento de suicidio y había intervención policial. Le respondimos que las tres niñas no pueden quedarse solas por el riesgo a morir de hipotermia (en Motia Khan en la última semana murieron 3 hombres de frío) y por el riesgo de abuso. Entonces nos dijo que le dieramos sales, un antiácido y que esperaramos a ver cómo sigue.

Nos volvimos en auto rickshaw y de camino paramos en una farmacia para comprar los remedios. Le preparamos una botella de agua con sales y la pastilla que se tiene que tomar.

Nos quedamos un rato en la escuela atendiendo otros casos mientras las ratas nos pasaban entre las piernas. Uno de los casos es el de una mujer del refugio que nos pidió ayuda pues está embarazada de dos meses y no quiere tener al bebé. Con Samrita le dijimos que la vamos a ayudar y nos miró aliviada.

Cuando nos estábamos yendo miré a Chena que estaba sola en el piso llorando. Por un segundo pensé en llevármela. Pensé en cómo cambiaría su vida si la crio yo. En todo lo que la consentiría. En que ya no tendría que estar casi desnuda con los mocos colgando con este frío. Que esas piernas ya no serían dos palitos. La abracé una vez más, se la dejé a la madre y nos fuimos.

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Chena (Panga)

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asi pasamos un buen rato cada dia.

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Chúlbuli

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acá sólo se ven dos pero había tres ratas en plena reunión muy panchas.

Hacer que cuente

Ayer me tocó ir a un Shopping indio pues ya no sé cómo hacer para encontrar ropa occidental acá en Delhi. Vaya al mercado que vaya, más atestado o más lindo, carísimo o lleno de gangas, todo es kurtas, kurtis, sarees, lehengas, todo ropa india y nada occidental. Y si encontrás un sweater o pollera están indianizados, o sea la pollera tiene tul rosa chicle o el sweater tiene 30 rosas pegadas al cuello; tampoco me gusta.

Mi amiga colombiana me contó que si vas a los mercados con alguien que conozca bien podés comprar la ropa de marcas tipo Zara o Desigual por nada, o sea, un sweater que en Zara sale 50 dólares te lo venden a 500 rupias (diez dólares). Pero sin gurú de compras que sepa dónde exactamente están esos negocios la verdad es que no se entiende nada y uno se amarga de tanto ver sarees y no encontrar una puta camisa.

Entonces me fui al mall nomás, ya que en casa hubo quejas de que en lo único que pienso es en los pobres y que no me compro ropa y ando como una presa, siempre con lo mismo, y que julia casi que no tiene nada que le entre.

Cuando estaba en el probador de Zara esperando mi turno vi cómo la empleada trataba super mal a una chica negra que estaba adelante mío. Pensé que era una mal educada, pero resulta que cuando me atendió a mí fue un amor. La diferencia fue tan chocante que cuando estábamos las dos probándonos ella me dijo (en francés, para que la empleada no entendiera) que está acostumbrada al racismo demencial que padece en India. Los indios son así, cuanto más blanco sos, mejor te tratan. Yo estoy en el medio y creo que salgo ganando, en el extremo negro es pura indiferencia y maltrato y con los blancos y rubios son tan densos, pegajosos y serviles que es incómodo.

Salí del mall con mi ropa de Zara y me la puse para una reunión en la casa de la cónsul argentina que ya es nuestra amiga. No saben la excitación de cenar y charlar con argentinos. Yo caminaba por las paredes. Estaba como drogada, como si recién saliera de la selva y viera gente por primera vez en años.

Esta mañana en Motia Khan estuve todo el rato con la chiquita de 3 años hermana de Chulbuli. No sabemos nada de su madre desde la semana pasada y ella, al ser la del medio, es la que la pasa peor pues a Chulbuli (de siete años) le da para ocuparse sólo de su hermanita de un año y Panga, de 3, queda afuera y anda solita caminando desnuda por todo el refugio. Cuando llegamos siempre tira los bracitos hasta que alguna de nosotras le hace upa y ahí se queda hasta que nos vamos. Hoy éramos pocas y estábamos todas ocupadas, yo repartía la avena cuando siento una manito en el tobillo y era Panga, que me daba la cuchara para que  le diera la avena en la boca. Me dio tanta ternura que me agaché y fui dándole hasta que la terminó. Después le di leche y ya no se bajó hasta que nos fuimos. No me despegaba la cabecita del pecho y poco a poco dejó de tener las manos y pies helados. Lovely Sharma,  quevive en el refugio, sabe un poco de inglés y hace de traductor me dijo “baby go to france” como que me la lleve a Francia. Y sí, la verdad me los llevaría a todos y a ella primero pues fue la niña a la que desparasité en mi primer visita a Motia Khan y que vi cómo fue engordando y ganando fuerzas para caminar gracias a nuestros cuidados.

Es imponente la cantidad de ONGs y fundaciones que trabajan de sol a sol por los pobres en India. Pero claro, más imponentes son los 800 millones de pobres. En fin, acá hay que enfocarse en lo positivo y trabajar sin muchas espectativas, se hace lo que se puede.

Antes de irnos vimos a Sargi, la niña a la que atropelló un auto hace tres años y quedó con una displacia de cadera y casi ni apoya uno de sus pies. Ya tengo ropa, jabón y shampoo para darle el día previo a la visita al traumatólogo. Si vieran lo emocionada que está. Dos cirugías se vienen, escuela, desayuno diario, medicos tres veces por semana. Nuestro trabajo está buenísimo y estoy muy orgullosa de mis compañeras. Este tiempo en India es tan valioso que no puedo más que sentirme súper afortunada de vivir acá.

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Panga

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Chulbuli, su hermanita bebé y Panga

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argentinos 🙂

Que no se corte

La vuelta a Delhi fue rara. No me sentía cómoda, me malacostumbré a Roma y a Toscana y pensé que la etapa de la magia se había acabado. Los millones de indios en cada mercado, el smog, que oscurezca a las 6pm. En vez de ver todo colorido como antes, me sentí abombada y aburrida.

Es ahí cuando la India hace malabares para que la sigas amando y al caminar levantás la vista y te encontrás con un elefante todo ornamentado para las fiestas, un camello altísimo que te lleva hasta tu casa, las tiendas con millones de flores amarillas y naranjas, tantos sarees por las calles y Mamilas que te enseñan a usarlos.

Anoche llegó Andrés a casa y le dije que me sentía aburrida y triste. Yo soy muy dramática, chicos. Cuando veo todo negro no me levanta ni una damajuana de Rivotril. Andrés me dijo que tuviera paciencia, que ya iba a pasar. Esta mañana era mi primera mañana en Motia Khan luego del viaje. Llegamos en dos autos, éramos seis. Apenas los autos se detuvieron los niños nos vinieron a saludar con sonrisas que casi no entraban en sus caras flaquitas. Subimos al salón y empezamos nuestra rutina: lavado de manos, leche, calcio, vitaminas, avena, queso, frutos secos, dolores varios, lavado de heridas, quemaduras y luego un rato de juego. Enseguida la vi a la bebita a la que atendimos antes de mi viaje. Tenía parásitos y un dolor de panza que no la dejaba probar bocado. Hace tres semanas estaba flaca y apenas se movía, no podía ni caminar de lo débil que estaba. Hoy la vi sin esa panza hinchada, más gordita, contenta, corriendo. Andaba desnuda y con un buzo sucio y enorme. Se lo saqué y le probé un vestido que a Juli le queda chico. A ella le va casi perfecto. Lo escribo y todavía se me llenan los ojos de lágrimas. Es que soy cursi, sentimental, y verla tan recuperada me recuerda que lo que hacemos sirve y que aunque falte tanto y sea tan desesperante la situación de este país, cada chico merece una oportunidad, merece aunque sea un día de juego, un beso, un plato de comida, ropa limpia. Y también entendí que no puedo vivir sin mi trabajo, que es una sensación increíble y adictiva la  que recibo con cada sonrisa, con cada abrazo de agradecimiento. Sin eso me aburro y veo todo gris, esté en Roma o en Delhi.

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elefantito hermoso en Sundar Nagar

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que lindos son

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quiero vestirme así todos los días.

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no saben lo que cambió esta niña en tres semanas. Felicidad.

Aniversario

El sábado pasado tuve mi primer jornada de trabajo sola con los chicos. Preparé todo, practiqué las frases que sé en hindi y lo que iba a enseñar en inglés con mucha anticipación. Estaba nerviosa como el primer día que entré a un aula como profesora, allá por el año 2007. 

La idea de mis clases es enseñar inglés a través del origami. Al menos por ahora ya que la escuelita no cuenta con recursos, no hay pizarrón, ni sillas, ni mesas, sólo algunos chicos tienen útiles. Entonces arrancamos así y después veremos como seguimos. Son dos grupos, uno de chicos de cinco a siete y el de los más grandes, de ocho en adelante. A los chiquitos les llevé hojas numero cinco para que pegaran los peces de origami de distintos tamaños y colores. Entonces aprendieron algo de vocabulario, colores, números del uno al diez. Como yo les hablo en inglés y sólo cuando es necesario uso órdenes en hindi, también se van a ir acostumbrando a escuchar instrucciones en inglés. Con los más grandes fue un poco más fácil ya que están más familiarizados con el idioma que hablo. Fue complicado, no les voy a mentir, pero ellos aprendieron y yo también, es increíble lo que retenés ante la desesperación por comunicarte.

Terminé agotada pero súper conforme. Los chicos están muy predispuestos a aprender inglés, saben que les sirve y se desesperan por más. También son muy respetuosos, pacientes y buenos compañeros. 

Aprenderme sus nombres es un tema, se matan de risa cuando pronuncio mal o me los confundo, pero les gusta que hable algo de  hindi, que ya sepa lo básico como para defenderme.

Luego de casi cuatro horas no daba más de sed y le pedí a uno de los chicos que fuera a comprar coca cola. No quería pedir agua y tener que rechazarla si no venía en botella cerrada, así que me pareció lo más fácil para todos. Le di 200 rupias y se fue al almacencito más cercano. Terminamos la clase y limpiamos todo, levantamos los papeles, doblamos la manta que usamos para no sentarnos directamente en el piso y barrimos bien todo. Les dije que me tenía que ir y ellos en hindi me decían cosas que yo no captaba, pero básicamente entendí que no querían que me fuera todavía. Llamaron a un pibe grande que me explicó en inglés que los chicos querían que esperara las cocacolas así yo tomaba primera. Dije que no importaba, que tomaba en mi casa pero que tenía que volver con mi bebé. Ellos retrucaron que por favor, que yo las había comprado y que querían compartirlas conmigo. Esperé y tomamos todos. Luego me subí a un autorickshaw y volví a casa.

Al día siguiente partimos a Agra con Andrés, Ceci y Julia. Pensé que me había perdido la aventura del tren y que un viaje de tres horas en una autopista nuevísima y casi vacía no me daría anécdotas, pero claro, esto es India y siempre pasa algo. A la media hora de viaje comprobamos que el chofer se estaba quedando dormido en pleno viaje. Dos horas y media atentos a que no se durmiera. Si pestañeaba, alguno de nosotros cantaba o le daba un golpe a su asiento o nos poníamos a discutir en voz alta. Ahora es divertido pero en el momento me morí de nervios. Pensamos que tal vez habìa dormido mal, pero el lunes, cuando emprendimos la vuelta, el tipo arrancó de nuevo con el sueño y no lo podíamos creer. Tuvo una noche y medio dia para dormir, no sabemos que hizo pero no descansó lo suficiente. Otra vez tres horas de malabares para mantener al tipo despierto. 

El Taj Mahal es una locura de perfecto. No lo ves a lo lejos, sólo una vez que entrás al predio y caminás como dos cuadras. De pronto lo ves a través de una especie de arco y la emoción es tal que a mí se me caían las lágrimas. Gorda monumento. 

Al llegar de Agra nos vestimos occidentales no exhibicionistas y nos fuimos a la embajada argentina. Hay treinta argentinos registrados que viven en Delhi. Celebramos la fecha patria con empanaditas y vino. Este viernes salimos a comer sushi.

Estoy cada día mejor, con más proyectos y ganas de estar acá. Igual estar tan lejos hoy me pesa. Hoy se cumplen dos años de la muerte de mi viejo. Cómo me gustaría abrazarlo,  verlo jugar con Julia, contarle sin miedo a críticas todo lo que me duelen los rickshaw pullers. Él me hubiese entendido porque estas ganas de ayudar las heredé de él.

Todavía estás vivo en mi sentido del humor, en mi sensibilidad y en tantas otras cosas que solo los que nos conocen pueden ver. Todo mi esfuerzo y cada nuevo logro te los dedico a vos, papá. 

 

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ah listo que perfecto

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Un mes en India

Ayer estaba caminando por South Extention I, que es como un mercado del conurbano pero con cuatro veces más gente y más tráfico. El caos era tal que me costó unos veinte minutos encontrar un auto rickshaw que me llevara a Kotla. 

Una vez arreglado el precio me subí y el tipo en lugar de seguir por la avenida se metió por las callecitas porque pensó que adelantaríamos camino. Dos minutos más tarde esperábamos en el medio de una calle cualquiera, llena de gente pasando entre autos, cyclerickshaws, carros con electrodomésticos, vacas, pollos, camionetitas y muchos autorickshaws. Todos esperábamos a que se destrabe el tráfico.  Me perdí mirando cada bicicleta, cada tienda, cada puesto. Como un pibito ordenaba las telas por color, el cuidado con el que apilaba uno a uno los rollos de las telas más lindas y coloridas que se puedan imaginar.  Al lado una mujer le arreglaba el saree a otra. Dos hombres empujaban una bici con carro que llevaba una heladera y una tele recién salidos de la casa de electrodomésticos donde una rata tomaba agua sucia de un charco a sus anchas, sin que nadie la notase. Pasaban los minutos. Dos, cinco, diez. Algunos se bajaron tranquilos y se adelantaron a ver qué pasaba que no avanzábamos. Una vaca me pasó por al lado y me dio en la cara con la cola mientras la bamboleaba. Ni me molestó. Nada me molestó. Los hombres corrieron un par de vacas y unas motos y salimos del nudo de tráfico. Llegué justo al slum para la fiesta del día de la independencia. Hubo números musicales, charla de media hora en hindi donde casi me duermo y hago el papelón del año, comida y regalos. Al final me encontré bailando música de bollywood rodeada de gente con la que no me puedo comunicar más que con gestos y algunas frases aprendidas de memoria.

En el auto volviendo a casa recordé que un mes atrás estábamos llegando a India. Vivo acá hace un mes pero parecieron muchos más. Y aunque suene cliché, es cierto que este país te cambia. En un mes casi no tuve mal humor. Me indigné y lloré más que en todo el resto del año. Conocí gente en la calle, gente a la que pude hacer sonreír un segundo, a la que pude aliviar por un rato, cosa que para mí funciona como la más placentera de las drogas.

Un mes en este país que se vuelve protagonista de tu vida. No podés obviar que estás en India. No te olvidás un segundo de que estás acá y no en cualquier otro lugar. Acá cada día es un aprendizaje. Salís de tu casa y no sabés lo que te va a pasar, lo que sí sabés es que no te vas a aburrir y cualquier cosa que te pase no te va a ser indiferente. París es mil veces más lindo que Delhi y sin embargo me parece tan insulso. Seguro en Buenos Aires lloraría menos, pero no quiero volver. Resulta que este país tiene un no sé qué adictivo. La comida, los aromas, los colores, el caos, los momentos que te parten el alma. Te sentís más vivo. Valorás cada segundo de tu existencia. Vivís más. 

¿Qué Agostina seré el mes que viene? ¿Y en tres meses más? Seguro diferente a la que soy hoy.

Me voy a preparar mis clases y a ensayar esta canción, favorita de mis alumnitas. Las quiero sorprender mañana pronunciando un hindi decente.

Feliz día de la independencia, India.