La letra con sangre

La mañana del martes arrancó como siempre. A las nueve llegamos al refugio y dimos calcio, leche y avena a los menores de cinco. Curamos  algunas infecciones de oido, cortaduras, repartimos sales para las diarreas, una niña con parásitos, una madre que está esperando la esterilización y tenía que hacerse el riesgo quirúrgico en el hospital, la estimulación de Chenna. Cuando nos estábamos yendo una de nuestras voluntarias vio que le faltaban mil rupias de su mochila.

Primero revisé todo bien porque no es algo que pase a diario, de hecho no pasó nunca desde que trabajo en el shelter. Pero sí, efectivamente la plata no estaba y alguien la había agarrado. Hablamos con algunas madres y las sospechas apuntaban a Kajal y Sargi.

No estaban en el Motia Khan así que con Samrita nos tomamos un rickshaw y recorrimos las esquinas de las avenidas donde podían estar trabajando. No las encontramos. Sí encontramos a otra gente del refugio, pero de ellas nadie sabía nada.

Samrita estaba decepcionada, triste. Yo no. Si de algo me he dado cuenta en estos días es que mi experiencia de tantos años en Villa Fiorito y Budge me sirve muchísimo acá. Samrita, con sus 24 años y cero experiencia, se amarga con facilidad, se bloquea, no se cuida. Sin ella mi trabajo es inservible, porque no hablo hindi, pero ella sin mí hubiese abandonado el refugio a la semana. Somos un equipo sólido que funciona perfecto.

Esta mañana volvimos al shelter y luego de nuestro trabajo de rutina bajamos al hall de entrada y vimos a Kajal. Se acercó a Samrita y a mí y nos dijo que había sido ella, junto con Sarji y Lakshmi, quienes habían robado la plata. Llamamos a las otras dos y Samrita les dijo que estabamos decepcionadas y enojadas, que cómo íban a hacer una cosa así y todo lo que el sentido común dicta en este tipo de situaciones. Las familias se juntaban alrededor de la escena y empezaron a retar a las chicas, pero ni Samrita ni yo podíamos entender nada de lo que hablaban porque no usaban hindi sino su lengua materna, el marati. Tanto revuelo se armó que llamamos a Akash, un adolescente que queremos mucho, y le pedimos que nos tradujera. Todos estaban avergonzados por el robo y pedían explicaciones a las tres. En medio del griterío apareció el padre de Kajal, Rajesh. Inmediatamente a las tres les cambió la cara. Estaban aterradas. Rajesh nos pidió disculpas, dijo que él se iba a hacer responsable de lo que las chicas habían robado y se las llevó a un cuarto para hablar a solas con ellas. Se fue con las tres y trabó la puerta. Todos los demás quedamos afuera preguntándonos qué estaba pasando hasta que escuchamos los gritos. Akash corrió a los curiosos y nos dejó espiar por un agujero en la chapa: Rajesh sacó un palo que tenía escondido en el pantalón y las empezó a golpear.

Samrita estaba a punto del colapso, yo también estaba nerviosa pero no podía expresarlo, estaba con Chenna en brazos y tenía que mantenerme firme y mostrarme tranquila. Golpeamos fuerte la puerta, le gritamos que pare. Nada. Yo agarré a Samrita que estaba a punto del desmayo. Algunos hombres golpearon la puerta más fuerte y le pidieron a Rajesh que termine con el castigo. No había caso. Era Rajesh gritando en marati y cada tanto golpeando a alguna, luego a la otra y así. Nosotros afuera, espectadores de esa escena de horror. Fueron unos minutos muy tensos donde sentimos que habíamos desatado un desastre. ¿y si se le iba la mano con los golpes? ¿Y si alguna de las tres resultaba seriamente lastimada? ¿Y si luego de esto nos echaban?

Finalmente, después de minutos que parecieron horas, la puerta se abrió y salieron las tres, llorando y agarrándose las zonas donde Rajesh las había golpeado.

Entramos a las niñas a la escuela, y atrás venía Rajesh, ya más calmado. Samrita le dijo que no era necesario golpearlas, pero Rajesh contestó que así él castigaba este tipo de acciones. Que si no lo hacía ellas nunca iban a entender que estaba mal. Miré a Sam y le pedí que no lo insultara,  que no podemos pretender que ellos se manejen como nosotros querríamos. El hombre se fue un segundo y volvió con las mil rupias. Me las dio y le dije que no era necesario, que se las quedara. “No. Tenés que aceptarlas. Es un tema de honor. Nosotros somos escoria, nadie nos respeta, no hagas lo mismo. Esta conducta no está bien y quiero reparar el daño de mi hija.”

Agarré trescientas rupias y le dije que guardara el resto, que estábamos a mano. Aceptó y vi cómo le corrían las lágrimas. Se las limpió con el puño de la camisa y se fue.

Samrita terminó de echar a los curiosos, cerró la puerta del salón de clases y se largó a llorar. No la podíamos calmar. Le pedí a las maestras que la dejaran descargarse y me fui al piso de arriba con Chenna, que seguía a upa mío y ya había visto demasiado. Jugamos un rato hasta que Sam subió y seguimos atendiendo los casos pendientes.

Una madre ex adicta con una bebé diminuta, antipsicóticos para la mujer que tuvo el cuadro psiquiatrico la semana pasada, pedir fecha para una operación, desparasitar a un par de niños.

Terminamos.

Cerramos la puerta de la escuela, salimos al hall y en la entrada Sargi y Kajal se acercaron para ver si todavía seguíamos enojadas. Miramos a nuestro alrededor, la gente seguía con su vida. El grupo del poker jugaba al poker, las niñas se agrupaban en fila para trenzarse el pelo, los bebés jugaban con el agua y con los perros. Todo como siempre. Ese incidente que a nosotras nos volvió locas era una cosa más en un día como todos.

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Ser padres hoy / Hong Kong con hija de dos

Llegamos a Hong Kong el sábado a la mañana y apenas me senté en un banco a esperar las valijas me encontré con una lata de leche.

De todas las ciudades que conozco, ésta es la más opuesta a Delhi: ordenada, limpia, sin pobres, silenciosa, tímida. Uno camina por las calles de Hong Kong y desearía quedarse a vivir. No sé si eso pasa en Delhi, al menos no si te quedás pocos días, en general querés huir despavorido, llorar, sacar un pasaje a Suecia y olvidar que India existe en el mapa.

Cuestión que acá estamos y la estamos pasando genial. En otro post les contaré especialmente las curiosidades de este lugar porque hay miles, pero hoy hablaré de nuestra jornada en Disneyland y Kaoloon.

A las diez de la mañana salimos bañados y listos a tomarnos el bondi que nos deja en la estación de subte. Ni hablar que el bondi llega a horario y está más limpio que nosotros. El subte lo mismo. No te dejan comer ni tomar ni absolutamente nada en ningún transporte público. Tampoco se puede fumar en casi ningún lado.

Sigo.

Llegamos a Disneyland y apenas cruzamos la puerta vimos un tsunami de adultos sacados pidiéndole autógrafos a mickey como si el ratón fuera verdadero y no un chino disfrazado. Yo no sé qué le ocurre a esta gente pero el 80% de los adultos se habia comprado todo el merchandising disponible en el parque y se sacaban fotos desesperados con cuanto macaco encontraban.

Julia ya demostraba signos de desgano y en el único momento que esbozó una mínima sonrisa fue luego de comernos 30 minutos de cola para sacarnos foto con el ratón mickey.

Los juegos estaban buenos pero para julia era lo mismo sentarse en las tazas locas que ver el canal rural, así que pronto decidimos que mejor la dormíamos y comíamos algo.

El choque de vivir en un país donde la excepción es comer carne a venir acá, donde se comen ABSOLUTAMENTE TODO SER VIVO QUE SE LES CRUZA, es fuerte. Todos los platos llevan carne. Hasta el plato vegetariano viene en una base de caldo de pescado. Esta gente es tremenda. Me extraña que conserven a sus mascotas vivas. Así como uno puede comprarse un paquete de papas fritas o galletitas dulces ellos manducan una pata de pavo al paso. O calamar prensado. También les gusta comer patas de gallina en sangre de pato, ponele. Y mucho intestino. Lo más lindo es que no les importa camuflar nada, acá te muestran el pollo con la cabeza y le enchufan un tomate seco en la boca a modo de lengua afuera. Y en los mercados podés sentarte en unos antros de perdición llenos de palanganas con agua donde elegís el bicho que querés y lo matan ahí a la vista para cocinártelo. En fin, la estoy pasando un poco como el orto en materia de comida.

Volviendo a disney, después del cuarto o quinto juego que Julia ignoró olímpicamente la bajamos del Mei tai (nuestra salvación, compren uno si su hijo es como julia que no usa cochecito) y la dejamos que hiciera lo que quisiera. ¿fue a abrazar a la cenicienta? ¿a la zona de Toy Story a treparse al señor cara de papa? No, mi hija se puso a jugar con los tachos de basura. Semejante parque y ella muerta de risa abriendo y cerrando tooodos los tachos que se iba encontrando.

En fin, después de un rato de elegir juegos que nos interesaran a nosotros, emprendimos la retirada junto con 100000 chinos.

Y ahí arrancó el desastre.

Cuando nos subimos al subte le dimos el ipad a julia para que no nos rompiera las pelotas y en la combinación, cuando lo guardamos para cambiarnos de tren, se desató un berrinche sin precedentes que quedará en los anales de nuestra historia. El subte lleno y Julia llorando, pegándonos, pataleando y pegando unos alaridos que además de quererla revolear por la ventana nos moríamos de verguenza. NADA la calmaba. nada. Ni yo, ni cantarle, ni dejarla tranquila. Cuando la dejábamos en el piso se retorcía como poseída sólo para luego levantarse a darnos patadas. Chucky el muñeco asesino era Gandhi en comparación.

La gente nos miraba de reojo pues los niños de acá son muy juiciosos. Nosotros aguantando.

Un rato después, cuando pasó la tormenta, Julia arrancó con sus chistes y sus imitaciones como si nada hubiese pasado. Nosotros pensamos en volver al hotel pero decidimos que no, que no nos íbamos a rendir tan fácil. seguimos viaje hasta Kowloon, donde subimos al piso 101 de un edificio para comer en uno de los tres restaurantes que tienen vista al skyline de hong kong. Imaginen lo lujosos que son esos restaurantes y ahora imaginen lo andrajosos que estábamos nosotros luego de un día de acá para allá y el reciente berrinche. Obvio dos restaurantes nos dijeron que no había lugar y el tercero no la careteó y alegó que no aceptaban niños.

Ustedes pensaron que nos volvimos al hotel? No, preguntamos a todo ser humano que se nos cruzó y luego de que 999 no entendieran inglés, uno nos díjo dónde podíamos ver el show de luces y el skyline y allí fuimos. Lo vimos y luego subte de nuevo hasta Mong Kok donde comimos y nos volvimos al hotel en bondi.

LLegamos hace un rato, después de casi 13 horas afuera, y estoy escribiendo mientras Andrés y Julia duermen. Tener un hijo de dos años no es fácil, irse de vacaciones con tu hijo de dos años es más difícil que no irse. Lo bueno es que nos fuimos, lo bueno es que caminamos 13 horas y que volveremos llenos de anécdotas graciosas, penosas, divertidas. Lo bueno es que somos padres juntos.

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latita de leche

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elige tu propia cena

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tenes treinta años, mami

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pidiendole autografo a un muñeco de felpa

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máxima diversión en las tazas locas

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julia jugando con los tachos de basura

Curiosidades

Hoy estaba en el metro y pensé en contarles curiosidades de esta parte del mundo que fui descubriendo y llamaron mi atención:

En cada estación de subte hay un puesto con maquinas que escanean tu bolso y oficiales que te pasan el detector de metales por el cuerpo para asegurarse de que no lleves una bomba. Todo el tiempo la voz del subte que nombra las estaciones te recuerda que cualquier paquete, juguete o recipiente abandonado puede ser una bomba.

En el andén del metro hay una zona con carteles que indican que ahí para el vagón de mujeres. No es una sugerencia: los hombres no pueden subirse en el vagón y si intentan subir las mujeres le dicen de todo. El vagón de mujeres existe para evitar los manoseos violentos que dicen que son moneda corriente, yo nunca lo viví.

Hay tanto smog en Delhi que el cielo nunca está competamente celeste. También hay una bruma constante que es linda, aunque significa que hay mucho smog y tosés como loco. Mucha gente se cubre para protegerse de la contaminación del aire y del polvo, ya que como no llueve hace cuatro meses, vuela un polvo que me hace recordar Puente la Noria como un paraíso terrenal.

En india está prohibido que el ecógrafo te diga el sexo de tu bebé. Obvio que podés tener la suerte de que el tipo haga algún gesto para que tengas una idea, pero generalmente lo hacen sólo con los extranjeros. Se prohibió ya que muchas parejas, luego de saber que el bebé era una niña, decidían abortar.

Cuando nace un bebé no se le elige nombre hasta que tiene al menos una semana. La razón es que como tantos bebés mueren en los primeros días de vida, que no tenga nombre hace todo más facil si el bebé no sobrevive.

Los indios no tienen sexo nunca. Quiero decir, sí tienen, pero muy poco. Primero, tienen que esperar hasta casarse. Es muy común encontrar indios de 25, 27 años y vírgenes. Entonces se los ve o súper infantiles o frustrados o pajeros. Imaginen que tienen acceso al porno pero no la ponen nunca. Se enferman. Tanto, que las violaciones en India son muy, muy frecuentes.

Como si esto no fuera poco, la realidad de muchísimos hombres de la India rural es viajar a las ciudades para trabajar y volver a su pueblo sólo una vez o dos al año. El resto del tiempo trabajan sin descanso. Y no la ponen nunca.

Toda la familia ahorra una cantidad desmesurada de plata para la boda de la hija mujer. La prioridad es casar a la hija mujer y padres y hermanos deben trabajar y endeudarse hasta la manija para la boda y los regalos con los que la hija será recibida por su nueva familia. Entre el vestido, la comida para tanta gente, las flores, el oro y demás, la familia puede endeudarse de por vida.

La mujer que queda viuda puede ser expulsada de la familia, pero si tienen suerte y sus parientes políticos  la quieren, pueden ofrecerle casarse con un hermano del muerto u otro hombre de la familia.

Los indios desayunan, almuerzan y cenan lo mismo: lentejas con arroz. Los olores a comida son siempre los mismos, sean las ocho de la mañana o la una de la tarde.

Los indios se pintan el pelo de naranja cuando tienen canas. Naranja fuego. Les queda un tanto desagradable pero ellos adoran.

A medida que recuerde más cosas les iré contando pues sé que les re interesa (?).

Se pensaron que iba a pasar un post sin hablar de pobres? ILUSOS. Motia Khan anda muy bien, (bueno, muy bien en el sentido positivo e inocente, claro) y la escuela funciona cada día mejor. Tenemos dos chicos que necesitan ser operados, uno pues nació con las piernas torcidas y no puede caminar bien y otra, de diez años, que fue atropellada por un auto cuando tenía siete años y se descaderó, pero como no tenían las 20000 rupias que necesitaban para la operación, la niña quedó así y hoy renguea y no se puede sentar. Los vamos a llevar a ambos a un traumatólogo a ver qué se puede hacer. Ya les contaré.

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Delhi Metro

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gente no china protegiéndose del smog y el polvo.

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En Moscú casi me suicido.

Meses atrás, buscando pasajes para Roma, vimos que había uno barato pero con 14 hs de escala en Moscú a la vuelta. Me pareció genial tener la posibilidad de salir del aeropuerto y ver la plaza roja y alrededores durante todo el día. Estaba entusiasmadísima. Andrés me preguntó si estaba segura, si no me parecía complicado y cansador salir del aeropuerto a las 6am en una ciudad desconocida con mi madre y mi hija. Dije que no, que la aventura y la mar en coche.

Estando en Roma Julia arrancó con caprichos propios de su edad, sumado a que una noche antes del viaje estaba con fiebre y dolor de garganta. El pronóstico del tiempo en Moscú dictaba lluvia y frío. Mala Suerte.

Nos bajamos del avión en uno de los tres aeropuertos de Moscú, que está al norte de la ciudad y se llama Шереметьево (Sheremetyevo). Eran las 4:40 am y no habíamos dormido ni veinte minutos. Yo la pasé mal por la turbulencia y porque mi vecina de asiento tomó tanto vodka que el olor que destilaba era nauseabundo. La azafata le tuvo que decir que ya no había más (o algo así, pues hablaban en ruso) y la señora gritaba hirviendo de la rabia. Se tomó un litro de vodka.

Dejé a mi madre y a julia con las cosas en un bar del aeropuerto donde el 99% de la gente estaba tomando alcohol y me fui a buscar un ATM para poder sacar plata porque no aceptaban más que rublos. Nadie hablaba inglés. Ni siquiera en el box de información. Me empecé a preocupar.

Decidí cambiar y fui a una ventanilla. Andrés me había dicho que un euro eran cincuenta rublos. Le di veinte euros a la rusa y me dio 300 rublos. No me daban los números, aún con un cambio malísimo me tenían que dar al menos novecientos. Me quejé y la mina sin siquiera mirarme ni disculparse me dio el resto.

Volví al bar y mi vieja se fue al baño. Mientras le daba el jarabe para la fiebre a julia pasó un tipo con cara de que trabajaba secuestrando gente para traficar sus órganos. Me miró y agarró mi mochila como para llevársela pero una de las tiras se trabó y se le escapó de la mano, lo que me dio tiempo para saltar como loca gritándole. No insistió y se fue caminando, como si nada hubiese pasado. La gente impávida chupando cerveza. Yo sin entender nada.

A las ocho amaneció y nos tomamos el tren que llega al Metro para ir a la plaza roja. Tren divinísimo y nuevo. Por suerte termina en la estación de subte así que no había manera de confundirnos. Cuando bajamos yo quise preguntar qué metro nos dejaba en “kremlin, red square” y NADIE nos contestaba. éramos dos perdidas con una bebé dormida en brazos y bolsos en medio de una masa robotizada que ignoraba nuestras palabras. Saben lo que es que NADIE te conteste? Es desesperante. “Priviet! English?” Nada. Allá a las cansadas una chica nos hizo seña y dijo que en tres estaciones debíamos bajar. Así hicimos.

Salimos por la escalera mecánica más larga y soviética que vi en mi vida. Llovía y el cielo estaba gris suicidio.

Nos metimos en un café al lado del metro y pedimos capuccino con un tiramisú delicioso. “Va mejorando”, pensé. Acto seguido Julia se largó a llorar y la empleada del café nos empezó a gritar señalando la puerta, entendimos algo como “si no se calla se van”. No lo podíamos creer. Nos fuimos.

Caminamos bajo la lluvia y a la cuadra le dije a mi vieja que listo, que nos fuéramos a un hotel y pasáramos el día ahí, que mala suerte pero no podíamos con la lluvia, la bebé con fiebre y las mochilas. Andrés nos buscó hoteles cercanos pero a unos precios ridículos. Volvimos al bar donde nos maltrataron. Pensamos. OK, volvemos al aeropuerto y pagamos 1500 rublos cada una para el vip de aeroflot, así dormíamos un rato hasta nuestro vuelo. Mala suerte. Chau plaza roja, Kremlin y a puta madre que te parió.

Volvimos al metro y a preguntar cuál nos llevaba al aeropuerto. La única chica que contestó nos dijo que tomáramos el subte donde iba ella y bajáramos en la tercera estación OK, como en la ida. Bajamos. Tomamos el tren rojo hermoso. Todo iba bien.

Nos quedamos dormidas en el tren y me pareció que el viaje fue más largo. Como una hora y media más largo. Entre la confusión horaria y el cansancio, caminé con mi hija dormida en brazos hasta el aeropuerto sin sospechar lo peor:

Ese no era nuestro aeropuerto.

Fui a información y pregunté en ingles qué aeropuerto era. No sabían inglés ni había nadie que pudiese hablar. Igual yo lo sabía. Estaba en el aeropuerto equivocado y no podia hablar con nadie. Había tomado el metro equivocado y el tren equivocado.

Me tire al piso a llorar. lloré con las manos en la cara. lloré por mi hija que dormía afiebrada, por mi madre, que sin entender nada estaba comiendose ese garrón por mis ganas de aventura. Lloré por la hostilidad de toda esa gente que ni siquiera se detenía a ver por qué alguien lloraba así. Dos pilotos indios se agacharon a consolarme. Me dijeron que ese aeropuerto era Domodedovo y que estaba al sur de la ciudad, Sheremetyevo estaba al norte. Que no me tomara taxi porque no eran confiables e iba a tardar mucho por el trafico. “Tenés que volver al centro de Moscú en el tren, tomarte el metro otra vez hasta la estación de trenes que va a tu aeropuerto y volver a tomar el tren correcto”

Eran las 3pm.

Un taxista con pinta de asesino serial nos quiso llevar por 3500 rublos. Dije que no. Cien kilómetros en un auto con ese tipo ni loca. Otra vez tren. Ahí un chico ruso tipo modelo de revista me dijo qué hacer y me explicó todo. Igual cuando llegamos estaba tan cansada y eran las 4pm, así que decidí tomar un taxi desde la ciudad hasta el aeropuerto. La parada oficial no nos daba bola entonces recurrimos a un tipo que nos ofrecía llevarnos. Yo tenía 1500 rublos. Me dijo que quería dos mil. Me largué a llorar de nuevo. Eso suponía tener que buscar un ATM o volver a cambiar y ni siquiera sabía donde hacerlo, mi madre sostenía a mi hija que seguía dormida, sin comer y sin cambiarse de pañal en seis horas. Lloré tanto que el tipo me dijo que OK, que aceptaba 1500. Le pregunté en cuanto tiempo llegaríamos y dijo una hora.

Una hora después habíamos hecho apenas unas veinte cuadras. el trafico era tan insufrible que íbamos mas lento que la gente de a pie. eran las cinco de la tarde, estaba sin comer, sin batería y era muy probable que no llegara a horario al aeropuerto. Iba a perder mi vuelo y tener que quedarme ahí en esa ciudad horrorosa una noche o más. No podía ni pensar en tener que pasar por más problemas ni quedarme en esa ciudad tan agresiva.

Entre el llanto reaccioné y saque una toallita de bebé de la cartera. Abrí la ventanilla y saqué la mano con la toallita, moviéndola en señal de que llevaba a un enfermo. Al taxista le empece a gritar en inglés que se apurara, que tocara bocina, que hiciera algo que mi hija estaba enferma. El tipo me gritaba “this is Russia” como diciendo que nada iba a funcionar. Nosotras seguíamos gritando y Julia lloraba, ese auto era un loquero. El tipo, al borde del infarto, se abrió paso por la banquina y una hora de sufrimiento después, llegamos al aeropuerto. Con mi madre nos abrazábamos y el taxista nos miraba aturdido. Pobre tipo, le cagamos el día.

Llegamos corriendo y después de mil malos tratos por parte de absolutamente todos los empleados rusos, subimos al avión. A mi lado se sentó un indio. Me dijo “buenas noches, si quiere puedo cambiarle el asiento para que esté más cómoda con su bebé”

Sonreí. Casi estaba en casa.

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una estación de metro. vaya a saber uno cual.

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hombre ruso. malo.

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un tanto dificil de leer

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hermoso tren. capaz no era el que tenia que tomar. capaz.

Juguetes

Ayer estaba por salir a buscar a julia al jardín y, como cada día, metí en una bolsa golosinas, galletitas y alguna cosa extra para los chicos que viven en la obra en construcción. Mamila me vio agarrar juguetes de Julia y me preguntó por qué me los llevaba. Respondí que eran para los chicos de la obra y muy seria me dijo que no podía sacarle los juguetes a mi hija, que ese peluche era suyo. Yo le respondí que sí, pero que casi ni lo usaba y lo metí en la bolsa.

Llegué al jardín y Sipu, mi chofer de cyclerickshaw, llamó a los niños con un grito para que yo le diera las cosas. Sipu me ayuda a comunicarme con ellos porque no hay manera de pedirle a nadie que hable inglés que me haga de traductor. Los indios de clase alta no quieren comunicarse con esta gente. me miran como si estuviera loca por hablarle a las mujeres y niños. Son de Bihar, son malos, son chorros, no son confiables. Eso es lo que ellos quieren creer para no tener que mirarlos, la realidad es que son esclavos.

¿Qué se puede hacer por ellos? No mucho. No existe denunciar por trabajo esclavo, ni siquiera pedir que los dueños del proyecto les compren uniformes acordes para trabajar en una obra. Yo no aspiro a más que un ratito diario de sorpresa porque siempre les doy algo diferente. Un día chocolates y jugo, otro pulseras y esmaltes de uñas que ya no uso (desde que llegué a india no me las pinto más), otro libros para colorear y crayones, otros juguetes y así. Entonces les doy la bolsa y ya tenemos un ritual que es que cierran los ojos y meten las manitas a ver si adivinan lo que hay. Después los abren y comprueban si habían acertado. Ese momento es perfecto y equivale a una ampolla de morfina directo en mi sistema.

Ayer hablando con una amiga me di cuenta de que nunca jamás le compro cosas a Julia. Tiene poquísimos juguetes, todos entran, cómodos, en un canasto de esos para la ropa sucia. Trajimos algunos de Argentina y la mayoría los heredó del niño que vivía antes en esta casa. Ni a Andrés ni a mí nos gusta llenarla de juguetes, yo por mi pavor al derroche y andrés andá a saber por qué. No queremos que tenga de más, que su cuarto se caiga de cosas. Entonces no sé si se entretiene con cajitas y pavadas porque ella es así o porque tiene los juguetes más truchos y viejitos del mundo.

Más allá de nuestra política austera, le reconocí a Mamila que no está bien que le saque a mi hija los poquitos juguetes y ropa que tiene para dárselo a niños a los que sí les compro cosas nuevas.

“julia first, then the other children” (Julia primero y después los otros niños). Me dijo la muy Sai Baba.

 

Hoy les compré golosinas y unos libritos para practicar el abecedario. Cuando llegué me estaban esperando en la entrada de la obra. Pasó lo de siempre, metieron las manos en la bolsa y cuando la más grande, de unos ocho años,  vio los libritos le dijo algo a Sipu. Sipu no habla inglés, tuve que convencer a un vecino para que me haga el favor de traducir.

“la niña dice que su sueño es aprender las letras para escribir su nombre, que le encataría que le enseñes”

Nah. No puede ser. Parece una peli yankee golpe bajo. Falta que la nena tenga cáncer y ya estamos.

Me quedé más dura que Montaner en el living de Susana y la piba se dio cuenta. Le dijo otra cosa al viejo traductor. “dice que sólo su nombre, nada más. que si no se puede igual muchas gracias por todo”.

Vamos a ver cómo y dónde le enseño a estas dos las letras. Ella y su hermana, tendrán 8 y 6.

 

 

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Cosas al pasar

anoche enconté otra ONG que quiero ir a ver. Están un poco lejos, contrario a la que ya fui a ver y queda en Lajpat Nagar IV, a treinta rupias y quince minutos de viaje. Pero no puedo ir, el horario de visita es una muerte para ir con Julia y aún no tengo niñera.

Julia arranca el jardín el viernes. Hay que comprarle una mochilita. De solo pensarla con la mochila con sus cositas yendo al jardín me vuelvo loca de emoción.

Con andrés nos estamos llevando mejor que nunca. Está buenísimo reirte, llorar, discutir, pasear, descubrir un país con la persona con la que tuviste un hijo. No lo había disfrutado hasta ahora.

14: 03 – No hay internet. De nuevo. El problema es que Mamila sin querer desenchufó el router y ya no prende. Me quiero matar.
No quiero salir. Me puse a leer una novela sobre la india. Julia duerme.

14: 40 – Soy tan dependienta de internet. Aparte ahora más, que mis amigos están en internet. Igual a esta hora no están despiertos. Quiero hacer audios de whatsapp a mis amigas.

16: 10 Pude leer mucho y cambié de lugar algunos muebles. Otra vez mi casa vuelve a ser un refugio de todo lo malo. Desde Once no me sentía así. Cuando vivía en Once trabajaba todo el día, seis días por semana. Viajaba tres horas en colectivos llenos de tierra, cuando llovía me embarraba hasta las rodillas, me bajaba en un barrio horrible que adoraba. Cruzar la plaza a la noche, casi corriendo, esquivando borrachos y pibes chorros y llegar a mi casa, en el noveno piso. Mi casa de colores. Ahora me pasa un poco así. Hace quince días que vivo acá y llegar a la esquina y ver los balcones me da una sensación hermosa.

Ahora que lo recuerdo, a todos los tipos de mi vida los conocí gracias a internet. Menos a uno con el que estuve diez años.

Hoy no me siento tan bien. Pero sé que va a cambiar y que es lógico que mi ánimo fluctúe.
 
Terminé de leer otro capítulo de la novela. Me parece que el sur de la india es mejor que el norte. Puta madre. Igual quiero mucho a Delhi y ya la siento un poco mía. Por qué nunca quise a Ortiz de Ocampo y Cabello no lo sé. Bueno, sí, ese barrio no tenía alma.

Salí a dar una vuelta con julia y un nene que vendía cocos me pidió algo en hindi. – nice baby.
Se unió la madre. Tenía un bebé en brazos. El nene hablaba algo de inglés. La madre le pidió que me preguntara mi edad. Treinta, dije. Siempre digo treinta, no sé por qué, tengo treinta y uno. Más preguntas. Cuántos hijos tengo. Sólo esta. Se reían. Les dije que no estaba casada, que no quería casarme. Ella me miró y se rió. Habrá pensado que soy una grandulona boluda. Y sí. Tiene mi edad y ya tiene cuatro hijos. El primer hijo lo tuvo a los doce. Ya tiene nietos.
Me invitaron una especie de pretzel dulce que ya comí con Arjit. Se llama Jalebi. Es delicioso, pero este estaba saliendo de una bolsa toda mugrienta. Y bué. Todo ese momento estuvo muy bueno, hablando con el niño vendecocos que le hacía de traductor a la madre, yo pronunciando hindi ellos rièndose de mi pronunciación, los bebés jugando. En una la madre larga al bebé, le corre el shorcito rotoso y el bebé se recontra caga en el piso, ahí, al lado de mi pie. Me había preguntado cómo hacían las madres pobres con la caca de sus bebés. El de seguridad de la esquina se vino al humo a insultar a la mujer y al pibito por ensuciar la calle con caca de bebé. Le gritó muy mal. La mina, el bebé y el pibito levantaron el carro y se fueron rápido.
No me sorprendí. Acá nada es totalmente perfecto. Siempre pasa algo, ves algo que te amarga o te enoja. Está bien, me gusta que así sea. Para perfecto está París.

Volví a casa, vino andrés, trajo la internet. Estoy contenta. Mañana es feriado, vamos a salir a romper la india. Espero no nos rompa a nosotros.

 

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Parto

Mamila me venía asustando con el tema dengue, así que tenía que ir sí o sí al defence colony market a comprar repelente, más la carne que no había conseguido más pagar el cable.

Salí con Julia en el carrito otra vez, esta vez tomé el camino que va al mercado y no a la avenida. A las pocas cuadras no sabía para donde ir y cometí el error de preguntarle a unos tipos: “Sorry, defence colony market?” Y me señalaron que siguiera el camino en el que iba. seguí. A las dos cuadras el paisaje había cambiado, arrancaron los edificios hechos pelota, las vacas, las carpas con pibes desnudos jugando en charcos de agua sucia. Me doy vuelta, los tipos seguían ahí y me señalaron que iba bien.

Unas cuadras más y ya era obvio que no iba a llegar a ningún defence colony market. Montañas de basura, mucha gente (poquísimas mujeres) y puestos de comida. Era otro mercado, uno que no aparece en el mapa (vi el cartel y no recuerdo el nombre, voy a volver para averiguarlo).
Ahí estaba yo, vestida occidental y con un cochecito con bebé adentro.
En un momento paré de caminar para ver si Julia estaba bien. Le di un poco de agua y pensé que tenía que cambiar la cara de perdida por una cara de “sí, ando por acá con mi hija, qué problema hay?”
Tenía que averiguar para donde estaba el mercado pero nadie hablaba inglés. No me contestaban cuando les preguntaba. En una veo a tres adolescentes con celulares y les pregunto. Me dicen “left, right, left”.

En la esquina miré para mi izquierda y había un baño público. No tienen puertas, así que ves a todos los tipos meando uno al lado del otro. Miré para la derecha y vi una vaca chorreando sangre. Estaba pariendo. Así como quien no quiere la cosa la vaca con un par de quejidos y en menos de un minuto parió ahí nomás, entre la basura y un puesto de dosas. La sangre mezclada con líquido amniótico salpicó al puestero y a un viejito que no podía más con su vida. Ninguno se inmutó. La escena era parte de su cotidiano, no había por qué sentir nada especial. La vaca lamía al ternero, que no se levantaba. La bocina de un auto rickshaw me devolvió del trance y automáticamente seguí caminando sin mirar atrás. ¿Estaría vivo el ternero? ¿Alguien se iba a mover de su lugar para no enchastrarse con la sangre de la vaca? No lo sé, pero ya quería salir de ahí.
Me sentí una irresponsable por estar perdida en ese lugar con Julia. Sola no hubiese sido nada, pero no puedo exponerla así. Seguro ese mercado se va a convertir en conocido, pero ahora todo me parece tan crudo, tan violento y tan distinto a lo visto en mi vida que me inhibo más fácil.

Hice left Right left, seguí pasando por lugares de la muerte, muy parecidos a lo que se ve en un documental cuando muestran la pobreza en la India. Llegué a Defence Colony Market, compré repelente y en la misma farmacia pregunté si vendían rivotril sin receta. “Yes madam, how many?”

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