El parto de Sabiya

Esta mañana me vestí de oficinista porteña porque luego de pasar por el refugio tenía que ir a la corte a poner la cara por el caso del papá de Adeeb y Gulvesh. Resulta que este hombre tuvo una changa como conductor de una camioneta que transportaba carne de vaca, cosa que es ilegal. Él no lo sabía, igual ahora tiene que ir preso.

Cuando llegué al shelter el marido de Sabiya me interceptó desesperado rogándome que subiera, que su mujer tenía problemas con su parto. Cuando llegué  la vi tirada, agotada, el cordón largo la unía a su bebé que estaba a un costado, sobre el piso, apenas envuelta en una tela toda ensangrentada.

Me quedé quieta por unos segundos, observando esa escena que no había visto ni siquiera en mi propio parto, y luego pensé que no pasaba nada, que parir en el refugio es normal para ellos, que no había de qué preocuparse. Pero no, porque el padre estaba gritando y las otras mujeres corrían de acá para allá, y cuando me acerqué a la bebé vi que estaba un poco azul. La toqué y estaba fría.

Bajé los tres pisos corriendo y le dije a las francesas que teníamos que subir a ayudar a la mujer, que no podíamos dejarla sola. En el camino llamé a la ambulancia y nadie contestaba, entonces llamé a Samrita para que siguiera intentando mientras yo veía qué hacer.

Cortamos el cordón? Trataba de recordar todos los programas de Discovery Home and Health que vi sobre mujeres pariendo solas y no recordaba si era mejor cortar con cualquier cosa o dejar así hasta que llegue un médico. Las francesas decían que había que cortar, pero no teníamos ni hilo ni nada y las mujeres que asistieron el parto dijeron que mejor no hacerlo.

En medio de estas preguntas Mangla y Sagri la enderezaban y tiraban del cordón para que saliera la placenta. Una tiraba del cordón y la otra la agarraba de atrás y la sacudía para que reaccionara. Luego de unos segundos la vimos asomar: nunca había visto una placenta, fue asqueroso pero a la vez deseaba que saliera entonces seguía mirando. Mientras miraba como la placenta no terminaba de salir, movía el cuerpo de la bebé para sacarle el frío. Corrí la tela ensangrentada que lo cubría y lo arropé con la remera que tenía en mi cartera.

Finalmente llegó la ambulancia.

No piensen que vino una ambulancia con un médico ni nada de eso, no, es un carromato que transporta seres humanos acostados y el conductor es lo mismo que un taxista, sabe menos que nosotras de medicina.

Subimos a Sabiya y en la calle me encontré con Shalu, una amiga de Samrita que venía a ayudar. Le dije que fuera a la corte, que yo me iba al hospital.

La ambulancia una locura: la mujer con la placenta a medio salir, la bebé encima de ella, el marido sosteniendo a la bebé para que no se cayera, porque ella estaba inconsciente.

Cuando llegamos, enseguida cortaron el cordon umbilical y se llevaron a Sabiya. Los doctores y enfermeras dejaron a la bebé sobre una camilla y se fueron a atender otros casos. Me encontré en esa salita con la bebé apenas cubierta con mi remera y congelada. Salí a preguntar si alguien la iba a atender y me dijeron que estaban todos ocupados, que me fijara si respiraba y que podía agarrar alguna manta de por ahí y cubrirla.

Me cambié los guantes que tenía todos sucios ya por unos lindos y celestes, le saqué mi remera, apoyé a la bebé en la balanza y vi que pesaba 1,6 kilos.  la arropé con dos sabanitas que encontré limpias y la abracé. Era tan chiquita que no podía agarrarla bien, necesitaba de esas sábanas para no sentirme incómoda sosteniendo un cuerpo tan frágil. Recordé cuando tuve en brazos a Julia por primera vez, que no me había resultado tan difícil.

Paseé con la bebé de acá para allá, escuchando como las enfermeras hablaban de la social worker y muchas cosas más en un hindi que no entendí.

Una hora estuve con la bebé en brazos preguntando cuando la llevaríamos a que alguien la revise. Nada. Sabiya había perdido mucha sangre y no estaba bien, la médica me dijo que el marido no se podía mover de su lado, así que la bebé no tenía con quien ir hasta el Kalawati hospital, que está a dos cuadras.

Yo no quería llevarla sola, si algo le pasaba yo sería la responsable. Le rogué a la doctora que me prestara al padre cinco minutos para llegar juntos hasta la guardia de pediatría, luego lo mandaría de vuelta. Accedió y fuimos tan rápido como pudimos. Eran las once de la mañana.

Cómo odio caminar ese último pasillo que me lleva a la guardia. Será porque he visto cosas tan horribles ahí adentro que me da pánico entrar. Esta vez era demasiado importante llegar y no me dejé llevar por ese miedo que normalmente me agarra, crucé a todos los padres con sus hijos enfermos y me metí en el consultorio.

Allí todos me conocen, en cinco minutos la bebé estaba con oxígeno y en una camita con estufa, donde recuperó la temperatura enseguida. Le sacaron sangre y me mandaron a comprar pañales y ropa para abrigarla.

Otra vez estaba vistiendo a una bebe recién nacida. Esta vez no era mi bebé, pero igual era importante, una recién nacida que estaba a mi cuidado. Limpié el meconio y le puse el pañal que le quedaba enorme.

Así paso mi media tarde, entre el Lady Hardinge Hospital para ver a la madre y el Kalawati Hospital para estar con la bebé.

A las tres y pico me avisaron que la madre estaba mal, mandaron al padre a buscar ropa para ella al shelter y dijeron que probablemente necesitara una transfusión pero que no tenían sangre A- asi que estaban buscando un lugar que les done algunas unidades.

A la bebé la admitieron en el segundo piso, donde están todos los bebés recuperándose del dengue, en neo no había lugar. Estuve dos horas para que alguien le pusiera el tubo nasofaringeo, luego me mandaron a comprar agua y un recipiente para que yo le prepare leche de formula, porque todavía la bebé no podía succionar y la madre, inconsciente, no podría hacerse cargo de ella.

Allí fui y vine mil veces, ya sin tanta sonrisa con las enfermeras, quejándome de que la bebé tenia ocho horas de nacida y nadie le pasaba la puta leche por el tubo que tenia en la nariz. Pasé a ver a Sabiya y por quinta vez vi a las mismas parturientas sufrir y quejarse, de a dos por camilla. En un costado una paría y enchastraba a la de al lado. Nada cool ni dulce. Mujeres sufriendo, hacinadas y sin derecho ni a caminar para paliar el dolor de las contracciones. Prometí nunca volver a embarazarme.

A las cuatro de la tarde vino la mamá de Chenna, Sagri, a reemplazarme. Me alegró saber que ya me podía ir de ahí, que la bebé estaría bien y yo a tiempo en casa.

Pero, como era de esperarse, cuando fui a ver como estaba Sabiya la médica me dijo que la sangre que necesitaba la tenía que ir a buscar a la cruz roja. Le dije que ya me iba, que qué pasaba si yo no la podía ir a buscar.

“bueno, si se muere no es nuestra responsabilidad porque nadie trajo la sangre”

Me quería ir de ese antro del horror, odié a todas mis compañeras por estar en sus casas mientras yo estaba ahí anclada de un hospital a otro, sola, sin poder pedir a nadie que me reemplace.

Hablé con Andrés y me dijo lo obvio, si no iba a buscar la sangre la mujer podía morir. No tenia opción.

Fui con los papeles en un rickshaw a la cruz roja y cuando llegué me dijeron que si quería la sangre iba a tener que donar yo mi sangre en ese momento, que era la política de Cruz Roja, llevarse sangre y dejar la propia.

“Mire, si no me da la sangre rompo todo. Agarro un palo y rompo todo”

Me dieron la sangre inmediatamente y corrí al hospital. En el camino me encontré con Sagri, la bebé ya estaba ingresada en neonatología, el marido de Sabiya había vuelto del shelter, todo parecía encaminarse.

Dejé mi número de teléfono, prometí volver mañana a las dos de la tarde.

Llegué a casa pensando que si esto me pasaba hace un año, hubiese necesitado 0,50 de rivotril para asimilar toda la locura del día. En cambio, llegó Andrés de la oficina y nos fuimos a tomar algo con los otros expatriados del barrio.

12038454_10153611186499659_511932082564611637_n

Ser padres hoy / Hong Kong con hija de dos

Llegamos a Hong Kong el sábado a la mañana y apenas me senté en un banco a esperar las valijas me encontré con una lata de leche.

De todas las ciudades que conozco, ésta es la más opuesta a Delhi: ordenada, limpia, sin pobres, silenciosa, tímida. Uno camina por las calles de Hong Kong y desearía quedarse a vivir. No sé si eso pasa en Delhi, al menos no si te quedás pocos días, en general querés huir despavorido, llorar, sacar un pasaje a Suecia y olvidar que India existe en el mapa.

Cuestión que acá estamos y la estamos pasando genial. En otro post les contaré especialmente las curiosidades de este lugar porque hay miles, pero hoy hablaré de nuestra jornada en Disneyland y Kaoloon.

A las diez de la mañana salimos bañados y listos a tomarnos el bondi que nos deja en la estación de subte. Ni hablar que el bondi llega a horario y está más limpio que nosotros. El subte lo mismo. No te dejan comer ni tomar ni absolutamente nada en ningún transporte público. Tampoco se puede fumar en casi ningún lado.

Sigo.

Llegamos a Disneyland y apenas cruzamos la puerta vimos un tsunami de adultos sacados pidiéndole autógrafos a mickey como si el ratón fuera verdadero y no un chino disfrazado. Yo no sé qué le ocurre a esta gente pero el 80% de los adultos se habia comprado todo el merchandising disponible en el parque y se sacaban fotos desesperados con cuanto macaco encontraban.

Julia ya demostraba signos de desgano y en el único momento que esbozó una mínima sonrisa fue luego de comernos 30 minutos de cola para sacarnos foto con el ratón mickey.

Los juegos estaban buenos pero para julia era lo mismo sentarse en las tazas locas que ver el canal rural, así que pronto decidimos que mejor la dormíamos y comíamos algo.

El choque de vivir en un país donde la excepción es comer carne a venir acá, donde se comen ABSOLUTAMENTE TODO SER VIVO QUE SE LES CRUZA, es fuerte. Todos los platos llevan carne. Hasta el plato vegetariano viene en una base de caldo de pescado. Esta gente es tremenda. Me extraña que conserven a sus mascotas vivas. Así como uno puede comprarse un paquete de papas fritas o galletitas dulces ellos manducan una pata de pavo al paso. O calamar prensado. También les gusta comer patas de gallina en sangre de pato, ponele. Y mucho intestino. Lo más lindo es que no les importa camuflar nada, acá te muestran el pollo con la cabeza y le enchufan un tomate seco en la boca a modo de lengua afuera. Y en los mercados podés sentarte en unos antros de perdición llenos de palanganas con agua donde elegís el bicho que querés y lo matan ahí a la vista para cocinártelo. En fin, la estoy pasando un poco como el orto en materia de comida.

Volviendo a disney, después del cuarto o quinto juego que Julia ignoró olímpicamente la bajamos del Mei tai (nuestra salvación, compren uno si su hijo es como julia que no usa cochecito) y la dejamos que hiciera lo que quisiera. ¿fue a abrazar a la cenicienta? ¿a la zona de Toy Story a treparse al señor cara de papa? No, mi hija se puso a jugar con los tachos de basura. Semejante parque y ella muerta de risa abriendo y cerrando tooodos los tachos que se iba encontrando.

En fin, después de un rato de elegir juegos que nos interesaran a nosotros, emprendimos la retirada junto con 100000 chinos.

Y ahí arrancó el desastre.

Cuando nos subimos al subte le dimos el ipad a julia para que no nos rompiera las pelotas y en la combinación, cuando lo guardamos para cambiarnos de tren, se desató un berrinche sin precedentes que quedará en los anales de nuestra historia. El subte lleno y Julia llorando, pegándonos, pataleando y pegando unos alaridos que además de quererla revolear por la ventana nos moríamos de verguenza. NADA la calmaba. nada. Ni yo, ni cantarle, ni dejarla tranquila. Cuando la dejábamos en el piso se retorcía como poseída sólo para luego levantarse a darnos patadas. Chucky el muñeco asesino era Gandhi en comparación.

La gente nos miraba de reojo pues los niños de acá son muy juiciosos. Nosotros aguantando.

Un rato después, cuando pasó la tormenta, Julia arrancó con sus chistes y sus imitaciones como si nada hubiese pasado. Nosotros pensamos en volver al hotel pero decidimos que no, que no nos íbamos a rendir tan fácil. seguimos viaje hasta Kowloon, donde subimos al piso 101 de un edificio para comer en uno de los tres restaurantes que tienen vista al skyline de hong kong. Imaginen lo lujosos que son esos restaurantes y ahora imaginen lo andrajosos que estábamos nosotros luego de un día de acá para allá y el reciente berrinche. Obvio dos restaurantes nos dijeron que no había lugar y el tercero no la careteó y alegó que no aceptaban niños.

Ustedes pensaron que nos volvimos al hotel? No, preguntamos a todo ser humano que se nos cruzó y luego de que 999 no entendieran inglés, uno nos díjo dónde podíamos ver el show de luces y el skyline y allí fuimos. Lo vimos y luego subte de nuevo hasta Mong Kok donde comimos y nos volvimos al hotel en bondi.

LLegamos hace un rato, después de casi 13 horas afuera, y estoy escribiendo mientras Andrés y Julia duermen. Tener un hijo de dos años no es fácil, irse de vacaciones con tu hijo de dos años es más difícil que no irse. Lo bueno es que nos fuimos, lo bueno es que caminamos 13 horas y que volveremos llenos de anécdotas graciosas, penosas, divertidas. Lo bueno es que somos padres juntos.

10006360_10152925992624659_8864902835779956034_n

latita de leche

10373723_10152925992104659_2223143039224717769_n

elige tu propia cena

10906349_10152925991624659_950659423648832543_n

tenes treinta años, mami

30122014-DSC_2255

pidiendole autografo a un muñeco de felpa

30122014-DSC_2314

máxima diversión en las tazas locas

30122014-DSC_2260

10431712_10152925433344659_6723966486687841848_n

julia jugando con los tachos de basura

En Moscú casi me suicido.

Meses atrás, buscando pasajes para Roma, vimos que había uno barato pero con 14 hs de escala en Moscú a la vuelta. Me pareció genial tener la posibilidad de salir del aeropuerto y ver la plaza roja y alrededores durante todo el día. Estaba entusiasmadísima. Andrés me preguntó si estaba segura, si no me parecía complicado y cansador salir del aeropuerto a las 6am en una ciudad desconocida con mi madre y mi hija. Dije que no, que la aventura y la mar en coche.

Estando en Roma Julia arrancó con caprichos propios de su edad, sumado a que una noche antes del viaje estaba con fiebre y dolor de garganta. El pronóstico del tiempo en Moscú dictaba lluvia y frío. Mala Suerte.

Nos bajamos del avión en uno de los tres aeropuertos de Moscú, que está al norte de la ciudad y se llama Шереметьево (Sheremetyevo). Eran las 4:40 am y no habíamos dormido ni veinte minutos. Yo la pasé mal por la turbulencia y porque mi vecina de asiento tomó tanto vodka que el olor que destilaba era nauseabundo. La azafata le tuvo que decir que ya no había más (o algo así, pues hablaban en ruso) y la señora gritaba hirviendo de la rabia. Se tomó un litro de vodka.

Dejé a mi madre y a julia con las cosas en un bar del aeropuerto donde el 99% de la gente estaba tomando alcohol y me fui a buscar un ATM para poder sacar plata porque no aceptaban más que rublos. Nadie hablaba inglés. Ni siquiera en el box de información. Me empecé a preocupar.

Decidí cambiar y fui a una ventanilla. Andrés me había dicho que un euro eran cincuenta rublos. Le di veinte euros a la rusa y me dio 300 rublos. No me daban los números, aún con un cambio malísimo me tenían que dar al menos novecientos. Me quejé y la mina sin siquiera mirarme ni disculparse me dio el resto.

Volví al bar y mi vieja se fue al baño. Mientras le daba el jarabe para la fiebre a julia pasó un tipo con cara de que trabajaba secuestrando gente para traficar sus órganos. Me miró y agarró mi mochila como para llevársela pero una de las tiras se trabó y se le escapó de la mano, lo que me dio tiempo para saltar como loca gritándole. No insistió y se fue caminando, como si nada hubiese pasado. La gente impávida chupando cerveza. Yo sin entender nada.

A las ocho amaneció y nos tomamos el tren que llega al Metro para ir a la plaza roja. Tren divinísimo y nuevo. Por suerte termina en la estación de subte así que no había manera de confundirnos. Cuando bajamos yo quise preguntar qué metro nos dejaba en “kremlin, red square” y NADIE nos contestaba. éramos dos perdidas con una bebé dormida en brazos y bolsos en medio de una masa robotizada que ignoraba nuestras palabras. Saben lo que es que NADIE te conteste? Es desesperante. “Priviet! English?” Nada. Allá a las cansadas una chica nos hizo seña y dijo que en tres estaciones debíamos bajar. Así hicimos.

Salimos por la escalera mecánica más larga y soviética que vi en mi vida. Llovía y el cielo estaba gris suicidio.

Nos metimos en un café al lado del metro y pedimos capuccino con un tiramisú delicioso. “Va mejorando”, pensé. Acto seguido Julia se largó a llorar y la empleada del café nos empezó a gritar señalando la puerta, entendimos algo como “si no se calla se van”. No lo podíamos creer. Nos fuimos.

Caminamos bajo la lluvia y a la cuadra le dije a mi vieja que listo, que nos fuéramos a un hotel y pasáramos el día ahí, que mala suerte pero no podíamos con la lluvia, la bebé con fiebre y las mochilas. Andrés nos buscó hoteles cercanos pero a unos precios ridículos. Volvimos al bar donde nos maltrataron. Pensamos. OK, volvemos al aeropuerto y pagamos 1500 rublos cada una para el vip de aeroflot, así dormíamos un rato hasta nuestro vuelo. Mala suerte. Chau plaza roja, Kremlin y a puta madre que te parió.

Volvimos al metro y a preguntar cuál nos llevaba al aeropuerto. La única chica que contestó nos dijo que tomáramos el subte donde iba ella y bajáramos en la tercera estación OK, como en la ida. Bajamos. Tomamos el tren rojo hermoso. Todo iba bien.

Nos quedamos dormidas en el tren y me pareció que el viaje fue más largo. Como una hora y media más largo. Entre la confusión horaria y el cansancio, caminé con mi hija dormida en brazos hasta el aeropuerto sin sospechar lo peor:

Ese no era nuestro aeropuerto.

Fui a información y pregunté en ingles qué aeropuerto era. No sabían inglés ni había nadie que pudiese hablar. Igual yo lo sabía. Estaba en el aeropuerto equivocado y no podia hablar con nadie. Había tomado el metro equivocado y el tren equivocado.

Me tire al piso a llorar. lloré con las manos en la cara. lloré por mi hija que dormía afiebrada, por mi madre, que sin entender nada estaba comiendose ese garrón por mis ganas de aventura. Lloré por la hostilidad de toda esa gente que ni siquiera se detenía a ver por qué alguien lloraba así. Dos pilotos indios se agacharon a consolarme. Me dijeron que ese aeropuerto era Domodedovo y que estaba al sur de la ciudad, Sheremetyevo estaba al norte. Que no me tomara taxi porque no eran confiables e iba a tardar mucho por el trafico. “Tenés que volver al centro de Moscú en el tren, tomarte el metro otra vez hasta la estación de trenes que va a tu aeropuerto y volver a tomar el tren correcto”

Eran las 3pm.

Un taxista con pinta de asesino serial nos quiso llevar por 3500 rublos. Dije que no. Cien kilómetros en un auto con ese tipo ni loca. Otra vez tren. Ahí un chico ruso tipo modelo de revista me dijo qué hacer y me explicó todo. Igual cuando llegamos estaba tan cansada y eran las 4pm, así que decidí tomar un taxi desde la ciudad hasta el aeropuerto. La parada oficial no nos daba bola entonces recurrimos a un tipo que nos ofrecía llevarnos. Yo tenía 1500 rublos. Me dijo que quería dos mil. Me largué a llorar de nuevo. Eso suponía tener que buscar un ATM o volver a cambiar y ni siquiera sabía donde hacerlo, mi madre sostenía a mi hija que seguía dormida, sin comer y sin cambiarse de pañal en seis horas. Lloré tanto que el tipo me dijo que OK, que aceptaba 1500. Le pregunté en cuanto tiempo llegaríamos y dijo una hora.

Una hora después habíamos hecho apenas unas veinte cuadras. el trafico era tan insufrible que íbamos mas lento que la gente de a pie. eran las cinco de la tarde, estaba sin comer, sin batería y era muy probable que no llegara a horario al aeropuerto. Iba a perder mi vuelo y tener que quedarme ahí en esa ciudad horrorosa una noche o más. No podía ni pensar en tener que pasar por más problemas ni quedarme en esa ciudad tan agresiva.

Entre el llanto reaccioné y saque una toallita de bebé de la cartera. Abrí la ventanilla y saqué la mano con la toallita, moviéndola en señal de que llevaba a un enfermo. Al taxista le empece a gritar en inglés que se apurara, que tocara bocina, que hiciera algo que mi hija estaba enferma. El tipo me gritaba “this is Russia” como diciendo que nada iba a funcionar. Nosotras seguíamos gritando y Julia lloraba, ese auto era un loquero. El tipo, al borde del infarto, se abrió paso por la banquina y una hora de sufrimiento después, llegamos al aeropuerto. Con mi madre nos abrazábamos y el taxista nos miraba aturdido. Pobre tipo, le cagamos el día.

Llegamos corriendo y después de mil malos tratos por parte de absolutamente todos los empleados rusos, subimos al avión. A mi lado se sentó un indio. Me dijo “buenas noches, si quiere puedo cambiarle el asiento para que esté más cómoda con su bebé”

Sonreí. Casi estaba en casa.

1912451_10152760014799659_3755909620137924603_n

una estación de metro. vaya a saber uno cual.

1959245_10152760025319659_1917243767465559874_n

hombre ruso. malo.

10342884_10152760013909659_7838630758307579945_n

un tanto dificil de leer

10686798_10152760013489659_1000211434246069159_n

hermoso tren. capaz no era el que tenia que tomar. capaz.

Parto

Mamila me venía asustando con el tema dengue, así que tenía que ir sí o sí al defence colony market a comprar repelente, más la carne que no había conseguido más pagar el cable.

Salí con Julia en el carrito otra vez, esta vez tomé el camino que va al mercado y no a la avenida. A las pocas cuadras no sabía para donde ir y cometí el error de preguntarle a unos tipos: “Sorry, defence colony market?” Y me señalaron que siguiera el camino en el que iba. seguí. A las dos cuadras el paisaje había cambiado, arrancaron los edificios hechos pelota, las vacas, las carpas con pibes desnudos jugando en charcos de agua sucia. Me doy vuelta, los tipos seguían ahí y me señalaron que iba bien.

Unas cuadras más y ya era obvio que no iba a llegar a ningún defence colony market. Montañas de basura, mucha gente (poquísimas mujeres) y puestos de comida. Era otro mercado, uno que no aparece en el mapa (vi el cartel y no recuerdo el nombre, voy a volver para averiguarlo).
Ahí estaba yo, vestida occidental y con un cochecito con bebé adentro.
En un momento paré de caminar para ver si Julia estaba bien. Le di un poco de agua y pensé que tenía que cambiar la cara de perdida por una cara de “sí, ando por acá con mi hija, qué problema hay?”
Tenía que averiguar para donde estaba el mercado pero nadie hablaba inglés. No me contestaban cuando les preguntaba. En una veo a tres adolescentes con celulares y les pregunto. Me dicen “left, right, left”.

En la esquina miré para mi izquierda y había un baño público. No tienen puertas, así que ves a todos los tipos meando uno al lado del otro. Miré para la derecha y vi una vaca chorreando sangre. Estaba pariendo. Así como quien no quiere la cosa la vaca con un par de quejidos y en menos de un minuto parió ahí nomás, entre la basura y un puesto de dosas. La sangre mezclada con líquido amniótico salpicó al puestero y a un viejito que no podía más con su vida. Ninguno se inmutó. La escena era parte de su cotidiano, no había por qué sentir nada especial. La vaca lamía al ternero, que no se levantaba. La bocina de un auto rickshaw me devolvió del trance y automáticamente seguí caminando sin mirar atrás. ¿Estaría vivo el ternero? ¿Alguien se iba a mover de su lugar para no enchastrarse con la sangre de la vaca? No lo sé, pero ya quería salir de ahí.
Me sentí una irresponsable por estar perdida en ese lugar con Julia. Sola no hubiese sido nada, pero no puedo exponerla así. Seguro ese mercado se va a convertir en conocido, pero ahora todo me parece tan crudo, tan violento y tan distinto a lo visto en mi vida que me inhibo más fácil.

Hice left Right left, seguí pasando por lugares de la muerte, muy parecidos a lo que se ve en un documental cuando muestran la pobreza en la India. Llegué a Defence Colony Market, compré repelente y en la misma farmacia pregunté si vendían rivotril sin receta. “Yes madam, how many?”

20140719-175250-64370024.jpg

El ojo del amo

Madre mía lo perjudicada que queda una luego del parir.

El último mes ya vas desmejorando, retenés líquidos, no das más, te haces pis encima. Y si te toca en verano, como a mí, tenés que valerte de una pinza de la caja de herramientas y cortar los anillos y las pulseras que, descarada, pensaste que podrías seguir usando.

Ahora bien, NADA, NADA se compara con el después del parto. A mí se me vinieron diez años encima. Muchas arrugas en la cara, el colgajo, los kilos de más y las tetas que dejan de ser tuyas, y no sirven para ser el último bastión de la sensualidad, como cuando estabas embarazada, ya son el dispenser y están anuladas. Hasta te da vergüenza, cuando salís sola, que algún desubicado te diga “qué melone’ mami” porque son el alimento de tu criaturita.

Ahora bien, a lo largo de este camino de recuperación estamos solas. Nuestro bebé ya está afuera, sólo nosotras tenemos el cuerpo distinto, manoseado, público. La angustia de los cambios, el cansancio, el nuevo rol: todo es nuestro.

Hay días que me levanto y me siento tan fea y boba que tengo que aplicar la técnica salvadora que consiste en ir a la casa de mi amigo Miguel. Charlamos y el se ríe de mis chistes, me festeja todo, me pide consejos. Me dice que estoy casi como antes si no fuera por un poco de panza que me sobra pero que estoy re flaca, incluso mejor que antes porque estaba muy abajo del peso que me queda bien.

No se imaginan lo que significa eso para mí. Lo es todo. Vuelvo con el ego por las nubes, con una sonrisa, buenísimo humor.
Eso solo, ese ratito me cambia el día. Es el único hombre de mi vida que hace maravillas para mi autoestima. Mi hermano me hace reír y el padre de Julia soluciona cada problema que tengo, está cada vez que necesito algo, que me ahogo en un vaso de agua o que no sé cómo resolver cualquier cosa, fácil o complicada. Él resuelve todo.
No sé por qué necesito tanto de lo primero. ¿Apenas unas palabras valen más que el tiempo, que la ayuda incondicional? No creo que valgan más, pero esa empatía, sentirme aún divertida, graciosa y linda para alguien, aunque sea mi amigo desde hace diez años, es el mejor alimento para mi alicaído ego.

Sé que sólo es cuestión de tiempo para sentirme más confiada, segura y encontrar la nueva yo, que no es ni esta que soy ahora ni la de antes de embarazarme, pero, en el camino, me aferro a lo que me hace remar con más fuerza: mi hija, mi trabajo y los migueles que encuentre en el camino.

¿Cuál es el almohadoncito de plumas de su ego?

20130709-133721.jpg

Mariah te amo y amo cada gramo de grasa post mellizos.

El momento después

Me quedé con ganas de hablar de un momento increíble y es cuando tu bebé acaba de salir de la panza. Ya sea como en mi caso, por cesárea, o por parto normal, creo que debe ser lo mismo.

Cuando te separás de tu hijo por primera vez. Y ya no importa absolutamente nada si te abrieron y cómo te coserán, si tenés episiotomía, que falta la placenta, que la sangre, nada. De pronto vos no sos más importante y todo lo que importa en tu mundo está envueltito ahí, en los brazos de la enfermera.

A mí me la acercaron y me dijeron “dale un besito” y yo hice caso y la besé, sin pensar demasiado, sin llorar, sin entender nada. Cuando se la llevaron recuerdo que lo único que quería era saber que estuviera bien y sana y tenerla de vuelta.

Más allá de conectar o no al toque, de amarlo o de no entender nada, es algo primario, animal: te importa más que tu propia vida. Y te incorporás, y podés todo gracias a que tu cuerpo, todo tu organismo está trabajando para que vos cuides a ese ser que sin vos se muere.
Yo estuve tres días sin dormir, extasiada, feliz, nunca tuve mejor humor en mi vida.

¿Cómo vivieron ese momento ustedes?

20130527-103557.jpg

El chascoparto

Elegimos una obstetra que era un amor, pero con mil pacientes. Nos recomendó hacer un curso preparto más largo del que cubría la obra social, para conocer mejor a las parteras. Conocimos a tres, nos parecieron copadas y, al menos a mí, me transmitían seguridad.

Era el día D. Siete de enero. El día de la fecha probable de parto. Arranqué con contracciones fuertes mientras compraba dos kilos de helado. Pedía los gustos más cochinos entre contracción y contracción.
Esa tarde a las cinco tenía obstetra. Cuando llegué y me revisó, me dijo que tenía dos centímetros de dilatación. ¿Es suficiente como para salir corriendo a la clínica? No. Igual ella me mandó a hacerme un monitoreo y me dijo que probablemente Julia se venía en pocas horas.

Llegué a la clínica y el monitoreo daba contracciones de trabajo de parto. Ya me podía quedar internada. Llamé a mi partera, no atendía.

No podíamos internarnos sin mi partera, así que pasaba las contracciones en el hall de la Trinidad. Y no, no es un lugar cómodo para relajarse y respirar. Cuarenta minutos después llego una chica que no pasaba los ventipico y no sólo no era ninguna de las parteras que conocí sino que nunca había oído de ella. La vi y sentí que estaba sola. No había chance de que me sintiera cómoda con ella. Estaba más perdida que yo.

Y así ingresé a la sala de preparto y conmigo cuarenta personas que iban y venían, me tenían atada, monitoreando a Julia, pero con esa excusa yo ni moverme podía cuando venían las contracciones. Iban y venían, yo no podía siquiera incorporarme ante cada contracción. me retorcía en la camilla. La partera me hizo tacto. Seguía con dos centímetros.

No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que tipo diez de la noche llegó mi obstetra y otra vez tacto: “seguís con dos centímetros, bueno, esto no avanza, y la gordita ya está molesta, yo recomiendo cesárea, si no capaz estás toda la noche y no dilatás, viste”

Y acepté. Y me arrepentí a los cinco minutos, pero ya me estaban abriendo al medio.

En menos de quince minutos estaba viendo a Julia saliendo de mi panza. Y si, fue lindo, me bajaron la tela para que la vea salir.

Pero me quedé con la sensación de que estaban todos chochos por haber terminado de laburar a las diez y media y poder irse a su casa.

En ese momento me dediqué a disfrutar, pero ahora, que pasaron meses, pienso por qué no me quedé en casa, pasando las contracciones tranquila, con Andrés y mi vieja, con mis gatos, mirando tele en los descansos. Por qué me dejé apurar, por qué no defendí mis tiempos. ¿Es cierto que Julia estaba ya sufriendo? Nunca lo voy a saber. Porque no me lo explicaron bien, sólo me lo dijeron sin mostrarme nada. Era así. Palabra santa.

Entonces entendí lo importante de exigir un parto respetado. Sin dudas, en mi próximo parto, primero voy a escuchar a mi cuerpo, y después a mi doctor.