Desahogo

Me senté en el sillón blanco de mi suegra a jugar con Julia y a esperar que se hiciera la hora de salir al aeropuerto. No podía disfrutar del todo porque me esperaban catorce horas en un avión con mi hija de dos años. Mi hija particularmente rompebolas.

Ya había ido a Tiger a comprar los regalitos que me faltaban, ya había pasado por Sephora a por el pintacejas para imitar las cejas tupidas de las indias. Estaba todo bien.

En eso veo que mi hermano me escribe por whatsapp un “Gor, estás?”

Cada vez que mi hermano me escribe un Gor Estás? es porque o bien un integrante de mi familia está en terapia intensiva o bien ya feneció.

Escuché su audio pensando que iba a llegar el momento donde me dijera “nah, mentira”, pero ese momento nunca llegó. Mi abuela estaba grave y había que operarla de urgencia.

Parecía un chiste. Estaba yo sentada en el mismo sillón de la misma casa donde hace dos años me enteré -también por mi hermano- de que mi viejo estaba muerto.

Me qudé sin poder llorar ni hablar con nadie. Sin poder terminar la valija. La leche de Julia hervía en el fuego y yo ni cuenta que me di. Unos minutos más tarde otro audio y ya la abuela se había ido.

Otra vez. Otra vez la distacia me impedía despedirme de mi abuela como me había pasado ya con mi viejo. Otra vez catorce horas de avión sin entender cómo fue que quedamos tan pocos en cuestión de dos años.

Llegué al aeropuerto llena de bronca pero sin llorar. Tampoco es que podía soltarme mucho con una niña de dos años que sólo quiere jugar y correr.

El viaje fue un infierno. No sé cómo hice para entretener durante nueve horas a Julia. En un momento me venció el sueño y cuando  abrí los ojos ella ya no estaba. Salí corriendo y la encontré en primera clase, sacándole las medias a un gordo que babeaba la almohada.

Cuando llegamos decidí que no quería verla y que no iba a llorar. No tenía ganas de nienguna de las dos cosas.

Me dormí temprano y al otro día salí a tomarme el tren para Capital.

Qué espantoso sentirse raro entre lo conocido. Estaba en ese tren que tomé tantas veces durante toda mi vida e igual me sentía una extraña. Sonaba Arjona de fondo y un pibe sudado se tropezó y se me vino encima con todo y superpancho y me manchó la pollera. Yo cerré los ojos y tarareé una canción india. Sí, me sentía una extraña en mi tren, en mi Provincia de Buenos Aires, en mi país.

Me bajé en Once y mi cabeza estaba por estallar. ¿Cómo es que ese antro de perdición alguna vez me pareció cosmopolita e interesante? Es muy horrendo y gris. Y sí, claro que Delhi es peor, pero Delhi es nuevo y diferente a todo lo que haya conocido. Esto era feo y repetido. Sin gracia. Entonces empecé a caminar hacia la casa de mi amiga Nati pensando para qué había venido, que no estaba lista para ver a nadie.

Cuando estaba por llegar a Corrientes vi al mismo viejo que hace años y años lustra botas en la esquina. Tenía la mirada cansada, pero aún así me reconoció y movió la cabeza a modo de saludo. “que tal mihijita” Me dijo, y ese fue el golpe de gracia.  Lo saludé, terminé de cruzar la avenida y me agaché contra una pared mugrienta. Me acomodé, apoyé la mochila en el piso y me tapé la cara con las palmas, así como para llorar a todo culo. Que alivio sentí. Lloré al viejo hecho mierda, lloré a mi abuela, lloré la injusticia de mi padre muerto y lloré por sentirme una extraña en Mi buenos aires querido. Lloré con ruido aprovechando la impunidad que sólo Once a la noche puede dar.

Cuando terminé me puse de pie y seguí caminando hasta llegar a la casa de mi amiga. Me abrió la puerta mi Pacita y nos abrazamos como si no hubiese pasado ni un día, ni la india ni ninguna muerte.

ahí, en ese preciso momento, sentí que había llegado a casa.