Como en los viejos tiempos

Ayer visitamos a una amiga que tiene una bebé de un año, Antonia, y otra en camino. Antonia heredó y recibió desde su nacimiento muchísimos juguetes. El playroom de la casa parece disneylandia. Tiene hasta un mini pelotero. Me dan ganas de tirarme a la alfombra a hacer castillos de lego, jugar con el carrito de las compras o con la mesa interactiva, es genial.

Ahora bien, mi hija juega con tapers. La verdad no ha recibido muchos juguetes y yo le compro sólo los que me indica el pediatra. Cada consulta me dice “bueno, ahora le puede interesar jugar con una pelota y autitos” ok, voy a once y compro una pelota y una gallina con ruedas y listo. Disculpen pero he comprado juguetes de marca, lindos, hermosos y Julia sólo quiere jugar con la caja. Nah. Hace una semana en lugar de entrar a una juguetería entré a isadora y me compré pulseras y collares y se las presto para jugar. Es genial. El top five de objetos amados por Julia es:

El frasquito de ferramin (hierro)
Esmalte rojo
Pulseras de colores
Cajita de tic tacs
Taper chiquito

Todos los demás juguetes le aburren y no la entretienen más de diez segundos. Ahora, con el esmalte puede estar toda la tarde.

El otro día hablaba con una amiga de que Julia y su relación con los frasquitos me recuerda las historias de mis abuelos maternos que jugaban con huesitos de vaca o carreteles de hilo, o peor, los paternos, que jugaban a esconder monedas de los alemanes durante la guerra.

Hablando de juguetes, una amiga me pasó este link y por dios, si no lo vieron aún, deben verlo, es genial.

Girl power

Estamos en días difíciles, el papá de Julia está en Libia en una misión humanitaria con médicos sin fronteras y nosotras acá, todo el tiempo juntas, sin descanso, los únicos momentos que tengo niñera o abuelos son para reemplazarme mientras trabajo, el resto es mamá y Julia y viene siendo intenso.

Desde el día que se fue Andrés, Julia está con mocos, hace más de dos semanas, pero a la vez, en este tiempo cambió muchísimo y es otra Julia, mucho más interactiva.

Primero ya se sienta firme y derechita. Disfruta mucho de los baños, tenemos la rutina del baño antes de su hora de dormir y estamos un rato largo chapoteando con sus juguetitos.
Ahora come. Zapallo, zanahoria. No le gusta mucho la manzana pero toma el jugo y adora las galletitas de agua.
Cuando no estoy pasa horas sin tomar leche, se ve que esperando por mí, hasta que no da más y cede. Me recibe tirándome los brazos y totalmente eufórica. Está muy pegote y lo entiendo, no ve otra cara que la mía, pobre hija.
Ama a mi gato mayor, Camilo, y lo pellizca, él se deja y se tira panza arriba para que ella lo acaricie.
Y acá va lo mejor de todo: ahora la puedo dejar en el piso, con su mantita y sus juguetes mientras yo cocino, lavo, corrijo, twitteo, escribo o lo que sea. Siempre que estemos en la misma habitación ella se queda.

Nunca tuve problema con su sueño porque ella duerme mucho y yo duermo poquísimo (con cinco horas estoy perfecta) pero, hijita, me salvás la vida con esas cuatro siestas diarias.

En fin, eso que pensé que sería trágico viene dándose muy bien, cansador, pero bien, me baño menos, pero bien. No está nada mal, me gusta. Falta que nos recuperemos del resfrío y días lindos primaverales y estamos.

Girl power, little mother.

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Duérmete niña (pero conmigo)

Aprendí lo que era el colecho una de las primeras noches con Julia en casa. Me dolía la herida de la cesárea y cada vez que me incorporaba a buscar a Julia a su moisés veía las estrellas. Y ya me habían cortado el chorro de ketrolac que me mantuvo en un limbo de drogadicción los primeros días. Me acosté con Julia y, la verdad, no quería devolverla a su camita. O sea, era una bebita minúscula, tierna, no se movía mucho, se quedaba donde la apoyara, no tiraba del pelo ni baboseaba la nariz, como ahora.
En twitter, una gurú de la maternidad, Muma, me contó por primera vez las bondades del colecho.
Que es seguro dormir mamá con bebé, que hay que poner algo entre el bebé y el padre sobre todo antes de los tres meses, que una descansa mejor y el bebé también.

Leer sitios melosos me dieron luz verde a la fiesta del colecho. Dormirme con mi hija toda chiquita y darle la teta entre sueños, sin tener que levantarme. Incluso tenía el ok del pediatra.
Pero a los dos meses de vida de Julia, una noche, se quedó dormida temprano y la acosté como en una siesta, en su Moisés. Desde esa noche nunca más colechamos. A mi hija le gusta dormir en su cama, en su cuarto. Tengo que aceptarlo. Duerme mejor, de corrido, se despierta mas descansada. cuando duerme conmigo lloriquea, como si estuviese incomoda. duermo mejor yo también, debo aceptarlo, porque me estiro tranquila sin temor a tirarla de la cama.

A mi hija no le gusta tanto dormir conmigo, pero igual a veces me valgo de artimañas como fiebre, dolor de encías y mocos para traermela a la cama y dormir cachete con cachete.

¿Ustedes pudieron colechar? Miren esta imagen sobre el babysutra del colecho. ¿No es tierno?

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Yo, la mejor de todas

Hace unos días volvía de la casa de mi madre con Julia en brazos, entre un mar de gente, andenes, paradas de colectivos, avenidas atestadas.

Pensé por un segundo: ¿qué pasa si me tropiezo y me caigo? Porqué puede pasar que alguien me empuje, que pise mal y me vaya al piso con piba y todo.

Por alguna razón que desconozco sé que no me va a pasar, que vamos a estar bien.
Desde qué nació mi hija toda mi paranoia, mi hipocondria y derrotismo bajaron a niveles casi nulos. Estoy negativa a veces, sufro con lo que le podría pasar y lo que le va a pasar indefectiblemente, pero todo eso mientras no estoy con ella. Cuando estoy con Julia cerca soy la más capaz de las mujeres sobre la faz de la tierra. Siento que sé absolutamente todo lo que le pasa, si tiene frío, calor, si hacer tal cosa está bien o la va a poner de mal humor. Sé si salir o no, si va a estar contenta o molesta, si quiere más teta o ya fue suficiente. Cuando voy con ella por la calle me siento en una película donde somos solo las dos en la vida y todo nos sale bien. Nunca antes experimenté esta confianza en mí, tan incuestionable. Todo va a estar bien y, si no, voy a hacer lo que haga falta para que estemos lo mejor posible.
Más allá de lo cursi que suena, está bueno. Antes podía llegar a deprimirme por una pelea con un novio, compañero de trabajo, amigo. Ahora no les voy a decir que nada me importa, pero todo, TODO, está en segundo plano. No entiendo como antes me ahogaba en un vaso de agua, desesperada por bobadas que se solucionaban luego o no tanto, pero no valía la pena perder tiempo. La veces que estuve días y días sin dormir o llorando desconsoladamente por un hombre. sí, ¡por un hombre! Lo escribo y no puedo creerlo.
Y ahora siento que puedo mucho más que antes y que soy todo lo fuerte que sea necesario.
Toda mi fuerza me la da Julia, ser responsable de su bienestar. Si algo le pasa mi vida se viene abajo. Todo depende de nosotras dos y es genial y terrible a la vez.

Igual, puedo decir que nunca, hasta ahora, me sentí tan mujer maravilla.

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El mar de los padres

El momento donde te despertás de un salto porque sabés que se pasó la hora de tu hijo, que no se despertó a comer, y querés ver que esté bien.

Ahora lo controlo más y doy un par de vueltas en la cama antes de ir a su cuarto a ver si vive.
Lo que no puedo hacer aún es seguir durmiendo. Son las siete y media y se durmió anoche a las diez. ¿Qué pasó con la toma de las cinco y pico? No lo sé, pero me levanté a tocarla y vive.

Este finde lloré con todo. Igual ahora lloro con la publicidad de un jabón para bebés, con la del anses, si veo un viejo con boina, un caballo tirando de un carro, un perro sin amo, bebé con mocos colgando, padres separados de sus hijos y bebés sufriendo directamente se me tuerce el corazón y me tengo que esconder en un baño a llorar desconsoladamente.

No puedo ver películas de gente sufriendo, sobre todo si envuelven a niños o a cincuentones con bigote.
Por más que intento, me convertí en la densa que comenta “ay, sacá eso que es de sufrir”, “en esa muere la chica, no? Cambiá de canal” y que entona las canciones de todos los canales infantiles a toda hora con cara de boba buscando la carcajada de mi hija, hasta no obtenerla no paro y cuando se ríe sigo para ver cuanto dura.

Y después pretendo que alguien piense que soy sexy.

Cada vez me convenzo más de que debo relajarme y disfrutar de este nuevo bando al que pertenecemos los padres, donde a todos nos pasa parecido y está buenísimo que nos riamos de eso. Porque sí, la caca domina nuestra vida, pero después vas a buscar a tu hijo a su camita y te agarra la cara, te sonríe y sentís esa felicidad absoluta que nunca antes habías sentido. O volvés del trabajo corriendo con cara de gil enamorado pensando en cómo te va a recibir.
Así que voto por chapotear, relajados y felices, en el mar de los padres embobados. (a menos, claro, que pase un hombre con boina, ahí se pudre todo).