La historia de M

La relación se reduce a un minuto semanal de conversación telefónica donde mamá o papá le dicen “pórtate bien y hazle caso a la tía. Beso mijito”

Así años y años. Creciendo, caminando hacia la escuela, jugando con primos y vecinos.

Un día M tiene siete años y llega alguno de los dos padres de visita y decide volverse con él. Sin preguntas. Sin armar un bolso juntos, sin mucha preparación. Entonces se van a la terminal, se despiden de la familia así nomás y emprenden un viaje de treinta y pico de horas.

Obvio que M no se queja, nunca se queja, aguanta, como ya sabe que hay que hacer. Apenas con voz bajita le habla a su papá que quiere ir al baño y éste le contesta que tiene que esperar a la parada que haga el bus. M vuelve a dormirse.

Allá a las cansadas hace pis, come algo y siguen viaje. Horas. Larguísimas horas de silencio. Ni se anima a preguntar como será su nueva vida.

Cuando llegan, ambos bajan mareados, el calor los devuelve a la realidad: ya están en Buenos Aires.
Entonces empieza la nueva vida de M, que de vivir en su país, en su barrio con sus familiares y amigos, con su maestra, su escuela, se ve en otro lado, muy distinto a su barrio, a su entorno, hasta el clima es otro.

Las mujeres no andan con sus trajes típicos, en parte para evitar la discriminación, en parte porque la temperatura obliga a ropas más livianas.
La calle se inunda cuando llueve, los adolescentes se visten raro, hay un riacho sucio que larga olor feo.

De buenas a primeras hay que ir a la escuela. Si tienen suerte, los niños que vienen desde Bolivia o Perú, asisten a escuelas estatales donde la mitad de sus compañeros son de esos países. M tiene suerte y llega a nuestra escuela. Con toda su timidez. Sin hablar. No se anima, le da miedo, se asusta con tantos gritos. El patio es un griterío, en la clase cantan y hablan fuerte, se pelean. En Bolivia los niños en la escuela se portan muy bien, como nosotros cuando éramos chicos.

De a poco va entendiendo que esa es su nueva vida y deja de llorar por lo que perdió, por lo que extraña. A la noche recuerda el fresco de Potosí, mientras acá se mueren de calor y mosquitos.

Cuando sale de la escuela ayuda a la familia a coser puños en los buzos que después venden en la feria. Todos ayudan y él no se lo cuestiona: tienen que terminar el trabajo y todos los integrantes de la familia colaboran las horas que hagan falta.

Está cansado, no durmió bien. A la mañana se sube a un bus grande que lo deja en la esquina de su escuela nueva. Y le tocó una maestra dulce que le habla bien de su país. Y sus compañeros se parecen a el. Y los que no se parecen no lo discriminan. Algunos sí lo discriminan, pero siempre hay quien lo defienda.

Y así los días pasan y cada día sonríe un poquito más fácil.

20140411-103658.jpg

Anuncios

Sobre dos mujeres que conocí en un viaje.

Una mañana me desperté en Sucre y decidí caminar sola sin rumbo, a ver dónde terminaba. Paseé por la zona del mirador de la recoleta, me senté a tomar un licuado y charlé con un francés al que todavía tengo en facebook, compré un aguayo a las puesteras, saqué fotos, no pude fumar por el soroche.

Casi sin aire, paré un mini bondi y luego de darle $ 1,50 bolivianos me senté y pregunté para dónde iba. Iba al mercado campesino. Me bajé y las vi: cientos de mujeres con sus hijos a cuestas vendiendo polleras, sombreros, tamarindo, anticucho, aguayos y mil cosas más. 

Claro que también había hombres, pero eran los menos. Fue ahí, ese tercer día en Bolivia, que me di cuenta del rol de la mujer en esa comunidad. 

Me acerqué a una puestera y pregunté por las polleras y gorros tipicos de Sucre. Me mostró lo que tenía y le pedí, en un quechua triste, que me diera unas tullmas. Me miró y me preguntó cómo sabía yo lo que era una tullma. Le dije que trabajaba con comunidad boliviana y peruana en buenos aires, que quería llevarme ropa de allí para mostrarle a mis alumnos. Se burló, me dijo que volviera cuando me creciera el pelo, que ella me enseñaría a hacerme las trenzas. Me solté el rodete con orgullo, tengo muchísimo pelo y en ese momento lo llevaba por la cintura. “ah! te lo tenias escondido! siéntate ahicito, te voy a trenzar”.

Mientras me hacia las trenzas yo no le hablaba, ya había perdido las esperanzas de que me respondieran. Los bolivianos no te dan bola. No les interesa hablar con vos ni caerte simpáticos para venderte más: les importás un pito como turista. Supongo que también están cansados del aluvión que quiere sacar la foto con el indígena colorido y subir a Facebook, justo al lado de la de pose boba en el salar. 

Pero ella me habló. Me preguntó sobre mis alumnos, me contó que tenía familia viviendo en flores y que ella había pensado en vivir en Argentina, pero que estaba muy arraigada a sus compañeras de puesto. que su marido, borracho, le pegaba casi todas las noches (apareció en un momento e hizo su gracia) y que ella solo vivía para sus hijos, para que ellos progresen y tengan una vida digna y mejor que la suya. Que en el mercado las mujeres se ayudan y se cuidan entre ellas. Están ahí desde las siete de la mañana y hasta las once de la noche. Comen, se peinan, se alimentan y alimentan a sus hijos, trabajan, viven ahi, en la calle. Viven en manada.

Por mucho que intenté, solo me cobro el bolso y las polleras, las tullmas y las trenzas fueron un regalo. de hecho me obligó a regatearle lo que le pagué. 

Un mes mas tarde, perdida en las calles de Guayaquil, pregunté una dirección a una chica joven con un bebé de unos ocho meses. Me contestó y me dijo que me acompañaba, que ella también iba para ese lado. Caminamos y ella sí, sin que yo le preguntara nada, me contó que la habían obligado a casarse, que su marido luego de nacido el bebé había cambiado mucho, que la engañaba con muchas mujeres, que no la dejaba trabajar y prácticamente ni le hablaba. yo venia pensando en mí, no le estaba prestando mucha atención, pensaba en que debería haberme quedado en la playa, que no me gustaba nada de lo que había para comer. Ella me miró y me dijo: “la acompaño, necesito charlar con alguien”

Ahi le hice preguntas, le di consejos, se asombró cuando le conté que tenia casi treinta y vivía sola y que en Buenos Aires las mujeres tratábamos mal a los hombres y ellos nos andaban atrás. No lo podía creer. Me dijo que yo tenía suerte, que entonces ella soñaba con irse con su hijo a Buenos Aires a comenzar una nueva vida.

Me subi al colectivo. Sabía que si le pedía, ella se quedaba más tiempo conmigo, pero no quise, no había por qué. Después me sentí mal,  podría haberla acompañado y escuchado un rato más. 

Nunca pude olvidarme de estas dos mujeres con hijos a cuestas, recuerdo que en ese momento me creí afortunada por tener mejor vida que ellas, podía viajar sola, decidir mi destino, no debía cargar con hijos en mi mochila. No me sentí identificada sino todo lo contrario: había un abismo entre nosotras.

Todo esto sin imaginar que un mes mas tarde iba a concebir a Julia y a unirme a ellas para siempre.

20140130-153732.jpg

Conurbano mon amour

En el viaje de vuelta desde mi trabajo hasta lo de mi vieja venía pensando dos cosas. Una lo demacrada que estoy. Como si me hubiesen caído diez años encima. No sé, me voy a quedar así? Estoy arruinadísima.
Por suerte me concentré en el paisaje y me distraje, y me puse a pensar en lo que me gustaría compartir con mi hija cuando sea más grande.

Miren si llevo a mi hija a Bolivia y me dice que no le gusta. Me muero. O sea, Bolivia, belleza absoluta, cada piedra de La Paz dice mil cosas, cada chola con su hijo colgando de su Aguayo, los mercados, el alto, Sucre, los yungas, Villazón, Tupiza. Me encantaría que compartamos el amor por su cultura, por sus ciudades, por cada camino, que nos subamos a los buses sin miedo a que el conductor ebrio nos tire a todos por un barranco.

Quiero que mi hija hable francés y algo de quechua. Que escuché PInk Floyd y también adore a Gloria Trevi.

Pero lo que me daría una pena infinita no compartir con mi cholita es el conurbano. Quiero que entienda al conurbano, que lo recorra, que lo padezca, que lo disfrute. Que se pierda lo necesario, pero que sepa volver, que sienta esa pasión inentendible por sus calles, sus puentes, por un riachuelo podrido. ¿Por qué amamos al conurbano? No sé, porque es bardo y belleza, es ese novio que tus padres no pueden creer que ames, tiene el atractivo de lo rebelde, lo incorregible, lo que por más que intentes nunca vas a conocer ni a dominar. Es imponente. Y a mí me fascina.

O capaz es al revés y tengo que hacer que el conurbano ame a Julia. Por ahora se la vengo presentando, vamos a ver qué pasa.

20130619-080514.jpg

20130619-080539.jpg

20130619-080549.jpg

20130619-080557.jpg

20130619-080613.jpg

20130619-080623.jpg

20130619-080633.jpg

20130619-080641.jpg

20130619-080648.jpg

20130619-080701.jpg

20130619-080706.jpg