Cinco meses de vida

Julia es tranquila porque vos sos tranquila y le trasmitís paz.

Eso me dicen cada vez que cuento que mi hija duerme bastante bien de noche y no llora casi nunca.
Otra que me dicen mucho es la del embarazo tranquilo, generalmente lo dice la gente que no me conoce o no me vio durante mi embarazo.

Cuando lo escuchaba antes de parir vaticinaba una bebita llorona e histérica, porque así soy yo, o así era, antes de que me cubriera el halo sedante de la maternidad. Es verdad que cambié mucho, pero durante mi embarazo fui una loca panicosa que no paraba de quejarse y lamentar absolutamente todo.

Como ya conté antes, no planeé el embarazo. Me costó mucho hacerme la idea de ser madre. Me encantaba mi vida como estaba, no me estaba sonando ninguna alarma biológica ni nada del estilo.
Cuando me relajé, un segundo, mi abuela entró en la fase final de su leucemia y con cinco meses de embarazo la acompañé en sus últimas horas, le sostuve la mano hasta que murió. Fue lo más duro que me tocó vivir hasta ese día. Mi abuela querida. No pude irme de su lado porque sentí que era un momento tan difícil el que tenía que atravesar, que irme de esa habitación era algo cobarde. Cuando murió salí y estaba mi viejo totalmente desbordado. Me dijo que no iba a poder superarlo.

Y no pudo.

Ése fin de semana vi a mi padre por última vez. Me llevó al tren, le di un beso así nomás sin sospechar que ya no lo vería más, que iba a morir una semana después de un infarto sin saber que era nieta y no nieto, como me habían dicho. Él quería una nena y soñaba con tenerla con él, cuidarla, hacer la siesta juntos.
Mi viejo murió con 54 años. Tantas cosas no le dije.
Mis otras pérdidas fueron con tiempo, cáncer, que es tan hijo de puta con la persona pero permite a los que se quedan despedirse, hacerse una idea de lo que se viene, recuperar algo del tiempo perdido.
No pude hacer nada de eso con mi padre.
Me dejé cuidar por él como nunca antes durante los poquitos meses que me vio embarazada. Me hacía mi comida preferida, dormía en un colchón a mis pies para que yo durmiera en su lado de la cama, me cuidaba con tanto amor.

Todavía mi cabeza no entiende que Julia no lo va conocer, que él no la ve tan linda y risueña, que no va a sanar todas las heridas de su vida jugando con ella y sintiendo su cariño.

Y es tan triste, una herida que no sana, la tapo para que no se vea.

Tuve ataques de pánico desde que murió mi viejo hasta el nacimiento de Julia y traté de parecer lo más normal que me era posible cuando por dentro estaba desencajada.

Julia nació y es una beba tranquila, dulce, simpática y no llora nunca.

A veces pienso (aunque no debe ser así, pero me gusta pensarlo igual), que ella es la bebita que yo necesitaba, que me trajo la paz y la alegría, que me hizo todo más fácil.

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