No aclarés que oscurece

Durante el embarazo me compré varios libros alusivos. De la lectura de todos ellos saqué una conclusión inesperada: me quedo con los más pelotudos.

Sí, esos que te dicen cuántos centímetros mide el bebé cada semana, cuándo vas a sentir la primera patadita, qué ejercicio te alivia el dolor de espalda y te tira opciones de nombres pretenciosos con sus respectivos significados.

Amo y venero esos libros.

Porque vieron que también están los que prometen contarte LA VERDAD absoluta, esa verdad que nadie antes había dicho y te está siendo negada a vos, pobre embarazada.

Estos libros te informan que la mayoría de los embarazos resultan de un error, del reloj biológico que te obligó a enchufarle un pibe al primero que tocó la puerta, que en verdad es porque estabas frustrada con tu carrerucha y querías sentirte útil en la vida o notaste que se te estaba por piantar el novio y lo quisiste retener, cual Soraya Montenegro con Luis Fernando.

Te cuentan que cuando nazca el pobre bebé tu vida va a ser un infierno, tu suegra y tu madre te van a romper las pelotas sin descanso, tu marido probablemente se vaya de casa, no vas a dormir más, te vas a deprimir, tu hijo llorará descontrolado todo el día y vas a tener que olvidarte de tus aspiraciones profesionales para siempre. Eso, claro, si no entrás en el 5% de las mujeres que recurren al infanticidio.

Les agradezco la información, pero no me rompan los huevos, gracias, ya tengo suficiente. De todo eso, en caso de que sea así, ya me iré enterando, no necesito que con una panza gigante con un signo de interrogación adentro me estén sumando el estrés de tener que plantearme por qué carajo me embaracé. Déjenme ver ropita y pensar nombres en paz, que en pocos meses me voy a tener que internar en el infierno que me están describiendo.

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