Rutina

Hoy pasó lo que le pasa a cualquier occidental en una ciudad como esta: el colapso nervioso.

Mi madre no aguantó más, no supo ya de dónde sacar buen humor y positivismo y me dijo todo lo que piensa de este país. Que lo odia, que piensa que me equivoqué, que soy terca y por eso no me vuelvo, que nadie en su sano juicio puede querer vivir acá, que soy una inconsciente por exponer a mi hija a todo esto. Que nadie puede ser feliz en una ciudad donde el smog no te deja ver el cielo celeste, donde hay bebés tirados en cada esquina, donde los viejos están abandonados a su suerte, donde todo el mundo sufre, donde el caos reina y todo es un mar de gente.

Me sentí mal por ella, triste porque la entiendo y porque no supe ser más firme y pedirle que nos viéramos en Roma.

Me angustié y me quise tirar en el sillón a llorar lo que exraño a mis amigos, lo que me cuesta que se venga el invierno mientras todos en Buenos Aires piensan en el verano. Me quise hacer un bollo y llorar hasta quedarme dormida y mañana será otro día.

Pero mi hija seguía a puro “yellow, green, párpl, blú, nana, ápl”. Entonces me tiré al piso a pintar con ella y a preguntarle qué color es este y cuál este otro y qué es esto y la canción de los gatitos.

Cuando vi que ya era la hora, así toda sucia como estaba, le cambié el pañal, le calenté su mamadera y se la tomó tirada en la cama conmigo. Después se levantó y yo atrás suyo, apagando las luces del comedor y respondiendo al upa.

Entonces, con las luces de afuera, las que quedaron de Diwali, le canté la canción de cada noche mientras la miraba, con todos sus rulos en los ojos, haciendo fuerza inútil porque el sueño la vencía. Me quedé cantándole un rato más, y antes de quedarse dormida, como siempre, me dio un besito en el cuello.

la acosté.

Y pienso en las rutinas que a veces me agobian pero siempre me ordenan y me obligan a salir del drama. Porque, la verdad, no es para tanto. Todo va a estar bien. Y porque hoy me doy el gusto de dormir con ella.

20130823-174415.jpg

Yo le miento al pediatra ¿y usted?

Mi hija tiene un pediatra amoroso y relajado. Lo puedo llamar cuando quiero, me atiende y me despeja dudas, me tranquiliza. Aún así le miento descaradamente.
¿Por qué? No lo sé, pero le miento. Podría bancarme mis posturas y cuestionar las suyas, de hecho podría contarle lo que hago, la madre soy yo y hago lo que quiero, pero me aburre, prefiero mantener estas pequeñas mentiritas.

Aquí algunos ejemplos:

Pediatra: mamá le diste la vacuna de la gripe, no?
Agos: claro, sí, el mes pasado.
Realidad: de haragana no la llevé en su momento y ahora no hay y paja mortal.

Pediatra: a la hora de la comida nada de cuchara, que ella coma con los dedos, tiene que experimentar con las manos, la textura de la comida.
Agos: ok, buenísimo.
Realidad: ¿venís a limpiar vos el enchastre? Ni en pedo lo hago, come con cuchara y se acabó, qué experimentar ni experimentar.

Pediatra: nada de nebu, vapor. Baños de vapor tres veces por día durante diez minutos.
Agos: ok, tres veces por día.
Realidad: la reputisima madre, me embola estar en el baño sufriendo de esa manera tres veces por día, el frizz que te queda en el pelo es un horror, en mi baño cuando prendo la luz se prende el extractor y tengo que estar a oscuras con la niña y mucha paja, lo hago una vez x día a lo sumo jiji.

Pediatra: jueguen juntas en el piso, no más de quince minutos diarios de tele.
Yo: no, claro que no, juegos y música.
Realidad: lo único que le falta a Julia es picarse con jeringa de baby tv, está siempre de fondo y me permite bañarme, cocinar, vivir.

Pediatra: a la noche si llora te levantás y le hablás, la tranquilizás pero no la lleves a tu cama.
Yo: ok, le hablo y me vuelvo a acostar.
Realidad: todo ocurre en estado de zombie total, lo que sé es que me despierto con la pibita al lado mío.

Y en esto la máquina de la verdad de chiche gelblung colapsaría, tamaña mentira es digna de una reprimenda.

Pediatra: entonces eso es lo que puede comer. Nada más. Y sobre todo, NADA DE PAN.

20130902-123335.jpg

Es como estar enamorado

Ayer una compañera de trabajo me preguntó, en chiste, si le recomendaba la maternidad. Yo le dije que claro, pero que también le deseaba muchos años de próspera vida de soledad.

No soy de evangelizar la maternidad, no hago apología, pero ayer me insistieron y tuve que poner un ejemplo.

Estar enamorado, y sobre todo la primera etapa del enamoramiento, es de las cosas más intensas que nos pueden pasar. Lo recuerdo como algo que me partía al medio, me angustiaba perderme un día sin ver a mi amor, verlo mal era desgarrador, andaba todo el día pelotuda pensando en nosotros. Una especie de ceguera, porque una, loca enamorada, ve todo lo bueno del ser amado. Minimiza incomodidades, características indeseables se convierten en nimiedades: “le encanta el fútbol y ve todos los partidos que encuentra en la tele, no es divino? Me encanta su estilo hetero/bardero”, “Es un colgado, no limpia nunca, pero bueno, es que esta cansado de tanto laburo”, “tiene pulgas en la casa, pero porque recoge perritos de la calle”

Bueno, meses más tarde queres inocularle veneno al segundo partido del día, nadás en la mugre de su casa y descubrís, con poca sonrisa, que tu chico no solo tiene pulgas sino también piojos y te los acaba de contagiar.

Pero mientras dura ese enamoramiento es genial y te vuelve mejor persona. Bueno, con los hijos es así. Se siente muy parecido pero mejor y sostenido en el tiempo, o sea, la pelotudez llegó para quedarse.

Y a pesar de que el enamoramiento pasa y generalmente termina mal y nos lastima, es mejor vivirlo que guardarse para no sufrir, ¿no? Bueno, un hijo te revoluciona la vida y te cambia absolutamente todo, pero la recompensa paga cada sacrificio con creces.

Y lo digo hoy, sin dormir por la fiebre de Julia, con 40 horas de baby tv encima y la casa hecha un asco.

20130822-125329.jpg

Preguntitas sobre dios

Casi como una provocación, creo yo, últimamente varias personas me han hecho la famosa pregunta:

¿la vas a bautizar a Julia?

¿Acaso piensan que con la maternidad y la onda más familiera que pegué también se me pegó la fe en dios?
Siguen:

¿pero por qué? Al menos hacelo por tu familia, tomalo como una tradición.

Por mi familia ya tuve que padecer muchos años, sin poder negarme, una religión impuesta que se me presentaba como la verdad absoluta.

Cuando tenía seis o siete años, mi amiga Valeria, criada testigo de Jehová, me habló del diablo. Estábamos sentadas en un jardín con árboles, un día perfecto de verano. Me dijo que el diablo estaba en todas partes, y cuando objeté que yo no veía nada me contestó: “es que es invisible. Puede estar arriba de ese árbol, mirándonos y queriendo hacernos mal, por eso hay que rezar y pedirle a dios.”

Yo entré en pánico. Todavía tengo la imagen de ese árbol y pensar al diablo, maligno, sentado en una rama. Imaginen el terror de pensar que cualquier cosa que hacés, si no la ve dios la ve el diablo y ese diablo es malo y dios si no hacés bien todo te manda con el malo a que ardas en un lugar un toque tremendo como te pintan al infierno.

hablarle de la idea del diablo y del infierno a un niño me parece uno de los daños más terribles que podemos hacerle. Es asegurarle una infancia llena de miedos.

Muchos años tuve terror a la charla de esa tarde con Valeria y lo que escuchaba de mis parientes católicos. Incluso tuve mucho miedo luego, cuando ya no lo creía, el miedo había dejado su huella.

No fue hasta mis trece años, cuando fui a una escuela católica que empece a cuestionarme la existencia de ese dios, que pregunté y no me supieron contestar más que con “la fe no se cuestiona, se siente” ¿? Qué manga de delincuentes.
Por suerte encontré mejores respuestas en libros y me consagré atea a los catorce.
Atea militante al principio y por muchos años, ahora soy atea tranqui, digamos que no saco el tema en una reunión familiar.

Pero ayer en el tren una niña de unos cuatro le preguntaba a su madre cosas sobre dios y yo escuchaba, con ganas de meterme y al final decidí que no. Una de las preguntas fue: “mamita por qué debo rezar si no quiero?” “Porque es la cura de todos los males, hija, si no rezas, te vas al infierno.”

Que pena me dio. Una niña tan despierta, con tantas ganas de saber, tan de chiquita se le pide que calle todo, que no pregunte más, que haga poco, lo que dice un libro viejo escrito por unos cuantos tipos. Se le habla de dios como una verdad, como que se tiene que abrigar en invierno o tal cosa no la puede comer porque le hace mal. Así, como si nada.
Ojalá pueda en algún momento cuestionarse y se le muestre otra opción para que ella elija con la que se queda.
Mi hija tendrá todas las opciones y ella va a elegir. Si elige a dios, estará bien para mí y la voy a acompañar de la mejor manera.

¿Escucharon esta canción? Si no, háganme el inmenso favor y si sí, ¡que genio este tipo, por el amor de Darwin!