Me tienen re podrida las etapas.

Ya ni pienso en lo que viene, sólo sé que será peor que el presente. Que rompa todo y se tire palomita del sillón es menos doloroso que berrinches tirada en el suelo del supermercado porque no le compro tal juguete y esto suena infinitamente más tolerable que un planteo adolescente.
A esta altura una no habla mucho de los hijos, al menos no como durante el primer año. Ya sabemos que todo pasa, que cada vez es más difícil pero los amamos con más intensidad. Cada día aprendemos a disfrutar más de sus besos y a quejarnos menos de sus enchastres.

El ejercicio constante de la paciencia, la tolerancia y el buen humor.

Mi amiga Javiera, hoy, sobre nuestros hijos que ahora caminan:

Los primeros momentos del niño deambulando son desesperantes. Como todo, el final ya es sabido: el tiempo pasa y la cosa afloja o uno se acostumbra. Cuando Gilda arrancó a caminar yo tenía la sensación de que si la ponía en el Monumental lo cruzaba de lado a lado. Tal su ambición por andar, andar y andar. IMPARABLE. Lo único bueno es que es un paso transicional entre bebés, y niños. Caminar es muy parte aguas. A partir de ahora todo es más: hablan más y tocan todo, pero de a poco empiezan también a concentrarse, a jugar solos, inventar cositas. En cuanto a mí, Intento ser militante del NO, pero me puede, me supera. Hubo siniestro con destrucción total de mi colección de cuadernos bonitos. Perdí los capuchones de todas mis fibras finitas y tuve que tirarlas. Despedí con dolor mis papeles de origami. Decoró con rayas asimétricas los estantes de la biblioteca. La casa es un hospital de campaña para libros mutilados. Y tesoros que guardé x años están totalmente arruinados. Me cuestan los límites, no porque no quiera sino porque no doy abasto. Tiene suerte.

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Quisquillosos

Todos los martes cuando suena el timbre del primer recreo vienen dos de mis alumnas a charlar “a solas” conmigo. Esto sucede hace tres años y hablamos de todo un poco: de telenovelas mexicanas, de los chicos de les gustan, de Julia y de los problemas que tienen. Una de ellas, J, hace tiempo me viene contando de la situación que vive en su casa. Su padre era violento con su mamá y recién este año pudieron sacarlo de la casa y vivir tranquilas con su mamá, sin violencia.

Hace un par de semanas en nuestras charlas J se quejó de que su mamá no la quiere y la pone a limpiar y no está nunca y la reta. Años atrás yo hubiese pensado “que mala, pobre j” pero esta vez fue diferente: yo también soy madre.

Entonces le dije que su mamá trabaja todo el día y que ellas tienen que entender que está cansada y las quiere mucho y tienen que adaptarse a la situación y ayudar en la casa, colaborar con lo que puedan.

Mi alumna se quedó atónita. Esperaba que yo le diera la razón y no pasó. Al final me la dio ella a mí y se corrió un poco de la postura dramática.

Me consta que su madre las adora a ella y a sus hermanas y hace lo imposible para que tengan lo que necesitan. Soportó malos tratos hasta que pudo independizarse y trabaja de sol a sol para darles todo lo que tienen.

Ahora lo veo del lado de la madre, antes hubiese pensado que esa madre no hacía lo suficiente.

Ahora escucho historias de gente sin hijos quejándose de sus padres y responsabilizandolos de todo lo malo que ellos hacen, de que no tienen un buen laburo, de que no pueden salir de una relación, de no poder enfrentar situaciones. ¿Hasta cuándo podemos culpar a nuestros padres de todo lo malo que nos pasa?
Ahora esos discursos me parecen cobardes e infantiles y estos hijos me resultan ingratos y quisquilosos.

“Mi viejo nunca me leyó para dormir”

Y, tal vez porque llegaba muerto de laburar catorce horas para darte de comer, tarambana.

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Es como estar enamorado

Ayer una compañera de trabajo me preguntó, en chiste, si le recomendaba la maternidad. Yo le dije que claro, pero que también le deseaba muchos años de próspera vida de soledad.

No soy de evangelizar la maternidad, no hago apología, pero ayer me insistieron y tuve que poner un ejemplo.

Estar enamorado, y sobre todo la primera etapa del enamoramiento, es de las cosas más intensas que nos pueden pasar. Lo recuerdo como algo que me partía al medio, me angustiaba perderme un día sin ver a mi amor, verlo mal era desgarrador, andaba todo el día pelotuda pensando en nosotros. Una especie de ceguera, porque una, loca enamorada, ve todo lo bueno del ser amado. Minimiza incomodidades, características indeseables se convierten en nimiedades: “le encanta el fútbol y ve todos los partidos que encuentra en la tele, no es divino? Me encanta su estilo hetero/bardero”, “Es un colgado, no limpia nunca, pero bueno, es que esta cansado de tanto laburo”, “tiene pulgas en la casa, pero porque recoge perritos de la calle”

Bueno, meses más tarde queres inocularle veneno al segundo partido del día, nadás en la mugre de su casa y descubrís, con poca sonrisa, que tu chico no solo tiene pulgas sino también piojos y te los acaba de contagiar.

Pero mientras dura ese enamoramiento es genial y te vuelve mejor persona. Bueno, con los hijos es así. Se siente muy parecido pero mejor y sostenido en el tiempo, o sea, la pelotudez llegó para quedarse.

Y a pesar de que el enamoramiento pasa y generalmente termina mal y nos lastima, es mejor vivirlo que guardarse para no sufrir, ¿no? Bueno, un hijo te revoluciona la vida y te cambia absolutamente todo, pero la recompensa paga cada sacrificio con creces.

Y lo digo hoy, sin dormir por la fiebre de Julia, con 40 horas de baby tv encima y la casa hecha un asco.

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Yo, la mejor de todas

Hace unos días volvía de la casa de mi madre con Julia en brazos, entre un mar de gente, andenes, paradas de colectivos, avenidas atestadas.

Pensé por un segundo: ¿qué pasa si me tropiezo y me caigo? Porqué puede pasar que alguien me empuje, que pise mal y me vaya al piso con piba y todo.

Por alguna razón que desconozco sé que no me va a pasar, que vamos a estar bien.
Desde qué nació mi hija toda mi paranoia, mi hipocondria y derrotismo bajaron a niveles casi nulos. Estoy negativa a veces, sufro con lo que le podría pasar y lo que le va a pasar indefectiblemente, pero todo eso mientras no estoy con ella. Cuando estoy con Julia cerca soy la más capaz de las mujeres sobre la faz de la tierra. Siento que sé absolutamente todo lo que le pasa, si tiene frío, calor, si hacer tal cosa está bien o la va a poner de mal humor. Sé si salir o no, si va a estar contenta o molesta, si quiere más teta o ya fue suficiente. Cuando voy con ella por la calle me siento en una película donde somos solo las dos en la vida y todo nos sale bien. Nunca antes experimenté esta confianza en mí, tan incuestionable. Todo va a estar bien y, si no, voy a hacer lo que haga falta para que estemos lo mejor posible.
Más allá de lo cursi que suena, está bueno. Antes podía llegar a deprimirme por una pelea con un novio, compañero de trabajo, amigo. Ahora no les voy a decir que nada me importa, pero todo, TODO, está en segundo plano. No entiendo como antes me ahogaba en un vaso de agua, desesperada por bobadas que se solucionaban luego o no tanto, pero no valía la pena perder tiempo. La veces que estuve días y días sin dormir o llorando desconsoladamente por un hombre. sí, ¡por un hombre! Lo escribo y no puedo creerlo.
Y ahora siento que puedo mucho más que antes y que soy todo lo fuerte que sea necesario.
Toda mi fuerza me la da Julia, ser responsable de su bienestar. Si algo le pasa mi vida se viene abajo. Todo depende de nosotras dos y es genial y terrible a la vez.

Igual, puedo decir que nunca, hasta ahora, me sentí tan mujer maravilla.

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El mar de los padres

El momento donde te despertás de un salto porque sabés que se pasó la hora de tu hijo, que no se despertó a comer, y querés ver que esté bien.

Ahora lo controlo más y doy un par de vueltas en la cama antes de ir a su cuarto a ver si vive.
Lo que no puedo hacer aún es seguir durmiendo. Son las siete y media y se durmió anoche a las diez. ¿Qué pasó con la toma de las cinco y pico? No lo sé, pero me levanté a tocarla y vive.

Este finde lloré con todo. Igual ahora lloro con la publicidad de un jabón para bebés, con la del anses, si veo un viejo con boina, un caballo tirando de un carro, un perro sin amo, bebé con mocos colgando, padres separados de sus hijos y bebés sufriendo directamente se me tuerce el corazón y me tengo que esconder en un baño a llorar desconsoladamente.

No puedo ver películas de gente sufriendo, sobre todo si envuelven a niños o a cincuentones con bigote.
Por más que intento, me convertí en la densa que comenta “ay, sacá eso que es de sufrir”, “en esa muere la chica, no? Cambiá de canal” y que entona las canciones de todos los canales infantiles a toda hora con cara de boba buscando la carcajada de mi hija, hasta no obtenerla no paro y cuando se ríe sigo para ver cuanto dura.

Y después pretendo que alguien piense que soy sexy.

Cada vez me convenzo más de que debo relajarme y disfrutar de este nuevo bando al que pertenecemos los padres, donde a todos nos pasa parecido y está buenísimo que nos riamos de eso. Porque sí, la caca domina nuestra vida, pero después vas a buscar a tu hijo a su camita y te agarra la cara, te sonríe y sentís esa felicidad absoluta que nunca antes habías sentido. O volvés del trabajo corriendo con cara de gil enamorado pensando en cómo te va a recibir.
Así que voto por chapotear, relajados y felices, en el mar de los padres embobados. (a menos, claro, que pase un hombre con boina, ahí se pudre todo).