Afuera

Apenas cerré la puerta miré las llaves. No eran las mías. Me había quedado afuera con Julia.

Una boba salida al farmacity a comprar pañales y una crema antiarrugas y mi noche se había ido al cuerno. Tenía una tarjeta vieja en la billetera, traté de abrir. Julia lloraba mientras yo luchaba con la tarjeta, salieron los vecinos a ayudarme. Destornillador, sacar la tapa: imposible. Me sentía una pelotuda, ¿como me pasó? Seguía intentando. Nada.

Bajé, llamé a amigos de Andrés a ver si alguno tenía sus llaves. No sé si se las llevó o se las dejó a quién, pero no era una posibilidad llamar, vive en Sudán del Sur y ni su padre ni sus amigos más cercanos sabían nada de sus llaves. El juego de repuesto lo tiene la ex niñera alcohólica y chorra.

Bajé al palier, me senté en el sillón a pensar. Julia paseando por el hall del edificio y yo ni bola, en la mía, sintiéndome una tarada, mal dormida, pensando en llamar a un cerrajero para que me abra y me faje.

El abuelo de Julia me pasó un cerrajero que le dijo que cobraba 150 una apertura fácil y de ahí para arriba. Acepté.

Esperé. A la media hora llegó. Subimos y estuvo media hora laburando mientras yo, sentada en el piso, miraba el horizonte, luchando con Julia, a esa altura toda cagada y vomitada.

Se abrió la puerta y le pregunté cuánto le debía. Me dijo que le faltaba asegurarse de que cerrará bien la puerta, siguió trabajando y yo mientras le serví agua y puse a Julia en la bañera, en su sillita. No estaba feliz, estaba con sueño y sin comer: molesta.

A los pocos minutos me grita “señora, ya está”. Voy y le vuelvo a preguntar cuanto le debía.

– son mil setecientos pesos. (Con cara de vergüenza por estarme afanando a mano armada)

Fue terminar de decirlo y yo colapsé. Entré en un estado de llanto junto con Julia, que lloraba a gritos desde el baño. Yo iba y volvía llorando a mares. Lo único que le decía era como no me había avisado, que es imposible esa suma. No enojada, no puteando: triste, desilusionada, abatida.

Me metí en el baño y Julia me tiraba los brazos para que yo la sacara de la bañera. Volví y el tipo, nervioso, me dijo que me cobraría por una cerradura normal, que me tranquilice, que eran 900. Encima me quería hacer creer que era un amor. Volví al baño. Me gritaba desde la puerta de entrada que perdone, que me calme, que la bebé lloraba. Yo volví con 800 y le dije que no tenía más. Ahora pienso y no tendría que habérselos dado, pero en ese momento me salió eso. No le lloré el precio, no lo mandé a la mierda, lloraba porque sí. Le di la plata y se fue pidiendo perdón. No me importó nada de lo que me dijo, le cerré la puerta apenas pude.

Volví a Julia, la bañé rápido, lo más rápido que pude, la saqué, la abrigué y me senté en el piso con ella a llorar. Llamé a mi madre. Llamé al abuelo de Julia. Corté con ambos y seguí llorando. Lloré mil cosas. la soledad, la impotencia, el cansancio. Abrazada a Julia llore hasta que me calmé. Se durmió y la acosté.

Bajé apretando las llaves, con el rímel corrido y la cara hinchada. Le conté así nomás a Martín, el de seguridad, y le pedí un cigarrillo. Me dio tres.

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El mar de los padres

El momento donde te despertás de un salto porque sabés que se pasó la hora de tu hijo, que no se despertó a comer, y querés ver que esté bien.

Ahora lo controlo más y doy un par de vueltas en la cama antes de ir a su cuarto a ver si vive.
Lo que no puedo hacer aún es seguir durmiendo. Son las siete y media y se durmió anoche a las diez. ¿Qué pasó con la toma de las cinco y pico? No lo sé, pero me levanté a tocarla y vive.

Este finde lloré con todo. Igual ahora lloro con la publicidad de un jabón para bebés, con la del anses, si veo un viejo con boina, un caballo tirando de un carro, un perro sin amo, bebé con mocos colgando, padres separados de sus hijos y bebés sufriendo directamente se me tuerce el corazón y me tengo que esconder en un baño a llorar desconsoladamente.

No puedo ver películas de gente sufriendo, sobre todo si envuelven a niños o a cincuentones con bigote.
Por más que intento, me convertí en la densa que comenta “ay, sacá eso que es de sufrir”, “en esa muere la chica, no? Cambiá de canal” y que entona las canciones de todos los canales infantiles a toda hora con cara de boba buscando la carcajada de mi hija, hasta no obtenerla no paro y cuando se ríe sigo para ver cuanto dura.

Y después pretendo que alguien piense que soy sexy.

Cada vez me convenzo más de que debo relajarme y disfrutar de este nuevo bando al que pertenecemos los padres, donde a todos nos pasa parecido y está buenísimo que nos riamos de eso. Porque sí, la caca domina nuestra vida, pero después vas a buscar a tu hijo a su camita y te agarra la cara, te sonríe y sentís esa felicidad absoluta que nunca antes habías sentido. O volvés del trabajo corriendo con cara de gil enamorado pensando en cómo te va a recibir.
Así que voto por chapotear, relajados y felices, en el mar de los padres embobados. (a menos, claro, que pase un hombre con boina, ahí se pudre todo).