Mujeres

Yo quería un varón. Entre otras cosas por lo obvio: son más pegados a la madre, veía a mi cuñada y a Dante, mi sobrino, y los dos se miraban realmente enamorados el uno del otro, me parecían más fáciles que las nenas en términos prácticos.

Pero la razón más fuerte era el miedo a una hija.

Por suerte en la eco de la translucencia me dijeron que era muy probable que fuera varón, y cuando lo contaba todos me decían “ah, entonces es varón, porque se ve enseguida, aparte si no no te lo hubiese dicho”
Listo, era varón y no pensé más nada.

En la semana veintitrés, con todo el dolor que tenía por la reciente muerte de mi abuela y mi viejo, vamos al scan fetal Andrés y mi madre y yo. Luego de decirnos que el embarazo iba bien y bla bla bla, nos preguntan si queremos saber el sexo, a lo que contesto: “ya sabemos, es varón” y la técnica responde: “noooo, es una nena”.

Todo lo que vino después no me importó; mi madre y Andrés con sonrisa de oreja a oreja, la mujer explicando en la pantalla que ahí estaba el clítoris, que no deberían haberme dicho nada en la semana catorce, etc. Yo no escuchaba nada. Era hija, como quería mi viejo, y se había muerto pensando que era varón.
Era hija y yo siempre me llevé como el culo con las mujeres, y en especial con mi madre. Era hija y era obvio, nada me podía salir bien.

Sentí aversión por esa panza, por esa criatura que se formaba adentro. Sentí bronca. Lloré con rabia y con angustia. Para esa bebé lo mejor del mundo iba a ser su padre y yo una loca insoportable como lo fue mi madre para mí, una jodida que nunca me dejó en paz. De ser lo más importante para mi bebito pasé a ser la pesada madre de una niña.

Así pasaron los días, yo no ocultaba mi malestar y en mi familia trataban de tranquilizarme. Hasta qué una mañana fría que salí a comprar ropita de bebé como ejercicio para adaptarme a esa bebita que tenía adentro, me acordé de una anécdota de cuando era chiquita.

No recuerdo con precisión, sólo sé que fue para un cumpleaños mío, tal vez cumplía seis. En casa no había nada de plata, mi viejo estaría sin laburo o algo, pero no tenían para regalos y yo lo sabía, igual nunca pedía nada. No esperé un regalo, tan chiquita me di cuenta de que mejor no hablaba del tema, o al menos así lo recuerdo.
Esa mañana de cumpleaños, cuando desperté, encontré que mi muñeca tenía un vestido de princesa. Lo recuerdo vagamente, pero era hermoso. Era el vestido más perfecto, ningún vestido de muñeca tenía tanto detalle, era el vestido que toda niña que gustase de ese tipo de cosas pudiera desear. Tenía hasta un ramo con florecitas de colores.
Mi vieja había usado la tela de su propio vestido de novia para hacerme ese regalo. Por las noches, mientras nosotros dormíamos, cortó, cosió y decoró el vestido más perfecto del universo, porque ella hace esas cosas.

Y pensé que con mi madre peleé, lloré, sufrí, me reí, viví todo. Mi madre fue lo peor de mi vida y lo mejor a la vez, está en todos mis recuerdos, en mi presente y ahora, que también soy madre, no concibo un segundo sin ella y estamos más unidas que nunca.

Ser madre de una mujer es saber que ese vínculo será más complejo, es un desafío, pero es el premio mayor. Es criar a una mujer, con todo lo maravilloso y lo estresante, pero es para toda la vida. Un varón también, claro, somos sus madres, pero por alguna razón, a mis treinta, veo a las mujeres tan interesantes y únicas que me siento afortunada por estar criando a una.

Y a vos, papelito, te rompí tanto los huevos y vos a mí, nos peleamos tanto. Pero es mirarme y saber exactamente que me pasa, es escucharte cruzar la puerta y la tranquilidad, es ponerte todo al hombro y estar conmigo a pesar de tu duelo, es tanto, sos tan grande. Algunos son más, otros menos en mi vida, vos sos todo.

20130626-081321.jpg

El momento después

Me quedé con ganas de hablar de un momento increíble y es cuando tu bebé acaba de salir de la panza. Ya sea como en mi caso, por cesárea, o por parto normal, creo que debe ser lo mismo.

Cuando te separás de tu hijo por primera vez. Y ya no importa absolutamente nada si te abrieron y cómo te coserán, si tenés episiotomía, que falta la placenta, que la sangre, nada. De pronto vos no sos más importante y todo lo que importa en tu mundo está envueltito ahí, en los brazos de la enfermera.

A mí me la acercaron y me dijeron “dale un besito” y yo hice caso y la besé, sin pensar demasiado, sin llorar, sin entender nada. Cuando se la llevaron recuerdo que lo único que quería era saber que estuviera bien y sana y tenerla de vuelta.

Más allá de conectar o no al toque, de amarlo o de no entender nada, es algo primario, animal: te importa más que tu propia vida. Y te incorporás, y podés todo gracias a que tu cuerpo, todo tu organismo está trabajando para que vos cuides a ese ser que sin vos se muere.
Yo estuve tres días sin dormir, extasiada, feliz, nunca tuve mejor humor en mi vida.

¿Cómo vivieron ese momento ustedes?

20130527-103557.jpg