Sueño

Hay un momento en el que ya son las diez de la noche, o mis amigos se fueron o tengo mucho que hacer y necesito tiempo sola y la rutina es que con Julia a upa caliento la mamadera y nos vamos a mi cama. Entonces nos tiramos las dos, jugamos un rato y toma su leche hasta que ya no hay más nada. yo dejo la mamadera vacía en la mesa de luz y finjo estar dormida para no distraerla y que la venza el sueño. Cierro los ojos y la espío. Siempre es lo mismo: ella me mira con sus ojos enormes, me toca los párpados, me da besos, me dice mamá y balbucea en ese idioma que es tan de ella y me dice que quiere extender ese rato nuestro unos minutos más. Y siempre me hace reír y abro los ojos y nos miramos, muertas de risa por algo que no es gracioso pero tiene esa complicidad absoluta de los que se conocen con tan sólo mirarse.
Entonces recuerdo que ya es hora, que quiero ser yo sola por un rato y vuelvo a cerrar los ojos y ella se queda quieta. Y pienso todo lo que la adoro y lo inmenso que es que conozca el mundo de mi mano. Y siempre me invade el miedo de perderla, porque nada, nada va a ser lo mismo sin ella, porque el sólo hecho de que no esté más conmigo me supone la desesperación más primitiva. Y pienso que yo también me puedo ir de este mundo mañana y puedo dejarla sola y me vuelvo loca de miedo de sólo pensarlo.
Es ahí cuando se retuerce, da una vuelta, me toca la cara y escucho su quejido somnoliento. abro los ojos y esta riéndose, nos miramos una última vez, antes de que se duerma, y basta esa sonrisa para devolverme al estado de enamoramiento adolescente, de total felicidad y entrega. Todos los pensamientos negativos quedan allá lejos porque ella está acá, al lado mío, feliz y tranquila, y todo lo demás no me interesa.

Espero un minuto a que se duerma profundo, pienso en que haberla tenido fue la mejor decisión de mi vida y me levanto, despacio, para no despertarla.

24/7 365

Me empecé a sentir mal a eso de las cinco de la tarde y sé lo adjudiqué al calor y a haber ido y venido con Julia en la tela con sus trece kilos y poco.

Una hora más tarde había vomitado tres veces sin nada en el estómago: esto no se va a pasar ya. Tirada en el sillón, con Julia revoloteando alrededor pensé en llamar a un médico a domicilio, pero enseguida me di cuenta de que necesitaría una vía, reliveran, buscapina algo rápido que me saque ese malestar y me devuelva a mis tareas maternales.

Julia iba y venía y cuando reparaba en mí se acercaba, me daba un beso, me acariciaba y seguía jugando. De a ratos se enojaba y me trataba de levantar, llorando y haciendo capricho.

Me levanté a llamar a la emergencia y mientras hablaba con la chica y me decía que no iban a poder hacer mucho por mi antes de las cuatro horas, Julia llegaba a un nuevo récord y tiraba un vaso que estaba -hasta ese momento- en un lugar seguro. Corté el teléfono, la saqué de ahí y la encerré en el baño para preparar todo y rajar al cemic. Cuando tenía todo casi listo y me arrastraba de dolor escucho un ruido: Julia había roto un esmalte contra el piso. Todo desparramado y vidriecitos.

Nos fuimos.

Llegué al cemic fantasmeando por la calle, parecía un zombie. Me detuve en las escaleras: no había rampa de acceso. No lo pensé, cargué el carro con hija y todo y subí los veintipico escalones bajo la mirada del chico de seguridad. Ya me sentía una heroína soportando el dolor y haciéndome cargo de todo.
Me dijeron una hora y media de espera en la guardia. Dije que ok, que no tenía otra opción y liberé al monstruo. Diez minutos después escucho mi nombre: era mi turno.

Entré con Julia atada al cochecito, la doctora me revisó y Julia lloraba desde un rincón del consultorio. Me dijo: -tenes a alguien que venga por tu hija? No te puedo poner una vía así, con ella llorando.

Le dije que estaban viniendo, que por favor me pusiera la vía que me sentía mal y no daba más. Me dijo que sí, que vomitara en el cubo y se fue.

Julia no paraba de llorar, de querer zafarse. Yo le cantaba la canción de los miquitos y le tocaba la pierna, pero no había caso. Si paraba de cantar, al menos un segundo, se escuchaban los alaridos. Entró la enfermera, me puso la vía, le dio una galletita a Julia y se fue. Yo ya no podía más. En un momento me cansé de escucharla llorar, me levanté y la saqué del cochecito. Se pegó a mí y dejó de llorar. Me daba palmaditas en la espalda con una mano y con la otra comía la galleta. Me acariciaba mientras yo vomitaba. Aquello era tremendo pero de lo más tierno.

Me quedé así, jugando, soportando el dolor que antes me hubiese tenido retorciendome y quejándome. Me veía a mi misma cantando y dando vueltas por el consultorio con los cables colgando, Julia sin un zapato, pasada de pis, excitada, aquello era tragicómico.

Cuando quería flaquear pensaba en las mujeres solas de todo el mundo que estaban en peor situación que yo. Que valientes eran. Me emocioné pensando en como nunca salimos de este nuevo rol, que hasta el peor momento hay que vivirlo siendo madre.

En eso me distraigo, escuché un ruido familiar. La puerta se abre despacio y la veo, ahí, asomándose, siempre tan delicada. Mi madre había llegado corriendo, apurada, a socorrerme. Y ahí me solté y pude volver a pensar en mí. Ya estaba con mi madre.

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Recalculando

A veces le hago audios de whatsapp a mi amiga javiera (yo soy muy del audio de whatsapp) donde colapso y me quejo y lloro por todo lo que me pasa y ella me tranquiliza diciéndome que la maternidad nos obliga a recalcular todo el tiempo. Se hace dificilísimo respetar los planes, casi imposible, siempre surgen imprevistos y lo único que nos queda es recalcular y tomarnos todo con tranquilidad.

A veces soy relajada y me tomo todo de forma muy tranquila y otras me ahogo en un vaso de agua. Cuando me pierdo de algo divertidísimo que sé que me iba a levantar el astral y a darme energía por días y días y no lo puedo hacer, enloquezco. Eso me pasó el sábado pasado.

Tenía todo planeado: ir a trabajar, luego a la marcha del orgullo y luego a un cumpleaños. Todo sola, claro. Ir a la marcha es un programa que me encanta y que vengo haciendo hace años con Martín. Este año encima se sumaban leo y pauli. Fiesta loca subidos a la carroza tocándole el culo inflado a los travestis. Nada me divierte más que eso y bailar completamente pasada todas las canciones de lía crucet. Subir y bajar de las carrozas buscando la música que más nos gusta, sacarnos fotos con los personajes, buscar a Rita la salvaje, a sandy, cholulaje.

Bueno, mi mamá se enfermó y chau chau planes. Terminé volviéndome del trabajo a cuidar a Julia. Y comprobé, una vez más, que mi mamá puede enfermarse, el abuelo de Julia puede estar en el kantri, el papá de Julia puede sentirse frustrado e irse a laburar a África, pero yo, yo tengo que estar siempre. Todo lo demás lo puedo cancelar, pero a mi hija no puedo cancelarle. Es así, somos ella y yo y soy incondicional.
Me angustié.
Por suerte terminé recalculando y Javi hizo reunión de madres y bebés en su casa y la pasé muy bien, después me fui al cumpleaños igual, con Julia. Única mina con bebé, Una algarabía que no saben, pero nos quedamos y la pasamos bien.

Lleguamos a casa como a la una de la mañana y a pesar de todo me alegré de haber sido capaz de salir de la angustia y controlar el mal humor de no poder hacer lo que quiero cuando quiero, haber sido capaz de recalcular. Será el año que viene, hay muchas marchas por delante.

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Ser o no ser culposa

Soy culposa en todos los aspectos de mi vida: con mi familia, mi laburo, mis ex novios, mis amigos. Por alguna razón no me siento así con Julia en estos 16 meses que llevo desde que me enteré de su existencia.

No siento culpa por haber fumado cinco cigarrillos por día durante el embarazo.
Ni por no sentirme feliz cuando me enteré de que estaba embarazada
Ni por creer que no la iba a querer cuando naciera
Ni por no haberle dado la vacuna de la gripe porque se me pasó
No siento culpa ni me siento mala madre por no plancharle jamás la ropa
Ni por prender babytv apenas se levanta
Tampoco por abusar de la vitina y los fideos y no darle tantas verduras porque estoy cansada y no quiero cocinar
Ni por dormir con ella porque no tengo los huevos aún para pasarla a su cuarto
Ni por haber decidido separarme de su padre
No me siento culpable por no hacerle escuchar música clásica
Ni por desentenderme de mi rol materno apenas cruzo la puerta de la casa de mi madre

Tal vez sea porque ella aún no puede contarme con palabras como le parezco como madre, no puede quejarse de las decisiones que tomo ni mostrarme claramente su descontento, igual me siento más cerca de las madres no culposas que de las otras y me alegro de que así sea, me parece más sano para nuestra relación. La culpa lo tiene a uno paralizado en un limbo de mierda donde lo único que se puede hacer es lloriquear, padecer, lamentarse.

En esto me he convertido

Acá una pequeña lista de cosas patéticas que pensé que nunca haría y de las que no he podido escapar. La maternidad me hizo así, no puedo cambiar.

 

Festejarle el primer cumpleaños

Antes de ser madre no entendía a los padres que hacían cumpleaños para un bebé que todavía no es capaz de disfrutar de una reunión. ¿Para qué? ¿Para qué tanto gastadero de plata, torta, globos y la mar en coche? 

Ahora no sólo quiero celbrar con familia y amigos sino que quiero souvenirs, torta, cupcakes y si alguien no me para hago hasta servilletas con su cara. ¿Cómo para qué? Para ella, para mí, para todos porque exploto de amor y no me rompan las pelotas.

Poner su foto como fondo de pantalla en el celular

Ayer viajaba en bondi y miré al de al lado: tenía la foto de su hija como fondo de pantalla y dije: “q boludo” pero oh! yo también tengo a Julia como fondo. Y sí, la verdad ella es más linda que todos los fondos posibles, me la soba la playa de arenas blancas o las gotitas de agua, mejor una foto donde está regordeta y soriente, para qué voy a andar haciéndome la cool.

Sacarle decenas de fotos diarias

Otra cosa que no entendí hasta que fui madre. No, no son al pedo, no son todas iguales. En esta sale riéndose más, en esta con la ceja levantada, en esta haciendo puchero y todas las tengo que tener. No se borran a menos que estén  movidas.

Molestar a parientes y amigos mandando fotos de mi hija

es bien sabido que apenas le decís a un padre o madre “qué linda está tu hijo/a” éste va a responder mostrándote las últimas fotos, TODAS IGUALES, y mirándolas con baba chorreando de las comisuras explicándote que “acá está con hebillita mirala que linda le queda” “mirá acá comiendo pan, le re gusta el pan” “acá haciendo tortita, no se ve mucho porque se movió justo”. Y lo peor es que vas a tener que comentar cada foto, estamos sedientos de halagos, más te vale que comentes que salió un primor porque si no no vamos a parar.

Las tetas del pueblo

De esto ya hablé, si aún no las conocés es pura casualidad porque mis tetas son de todos y todas. Todavía estoy en esa etapa donde la alimento dondequieraqueesté. Transporte público, ascensor, casa de quién sea, plaza y largo etc. Esto va a cambiar y van a volver a ser mías, algún día, lo sé, pero todavía no.

La galletita húmeda

Me sonrojo, chicos, pero les tengo que contar que tampoco pude zafar de esto. Cuando Julia come galletitas y ya el piso es un regadero de migas y no sé que hacer con tanta mugre que estamos generando, me como la galletita húmeda que julia deja. Quiero cambiar.

El mensaje del bebé

Esto es lo más terrible que un padre puede hacer y hacerse. cuando hiciste esto te dan el diploma de boludo y si no tenés un compañero que te acompañe morirás solo o estás a años luz de volver a las filas del amor y es: mandar un mensaje como si lo escribiera tu hijo.

En todos sus formatos: mail, mensajito de texto, oral. Si hablás en nombre del bebé sos un boludo importante. Igual lo he hecho, confieso. He mandado y más de una vez un “hola abu, te extraño”, “hola tías, miren como me paro solita” seguido de foto ilustrativa.

 

Todos los puntos anteriores me parecían un horror antes de ser madre y los criticaba en los demás. Pero si algo aprendemos los padres día a día es que tenemos que tragarnos nuestros prejuicios y disfrutar de habernos convertido en tarados babosos y felices que vamos por la vida orgullosos de nuestra prole.

 

 

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Karma

A mis veinticinco años y después de convivir durante cuatro con mi novio, me separé y me mudé a Once. Me encantaba mi departamento, el barrio, la libertad de hacer lo que me daba la gana. Laburaba muchas horas y luego salía con amigos hasta tarde, miraba temporadas de series de un tirón, hacia reuniones en casa casi todos los días, escuchaba barry white y cantaba a los gritos con una botella de gin como micrófono. Tenía un gato y una pecera gigante. Fue muy divertido.
Recuerdo que solía comentar con mis amigas lo desubicado que me parecía ver en Twitter a las madres solteras que hacían lo mismo que yo porque, hola, tenían hijos. “Están de levante en Twitter, salen a lo loco, hacen vida de solteras y tienen un bebé. Cualquiera.”

No saben lo que me gustaba criticarlas, tildándolas de locas y patéticas.

Si iba a una fiesta y veía a una, no faltaba mi comentario malicioso: “seguro le enchufó el crío a los padres y vino”.

Tener un hijo y una vida de soltera no me parecía lógico ni correcto.

Dos años después estoy en ese escenario que solía condenar. Tengo una hija y me separé de su padre. Vivo sola con ella y cada vez más tengo ganas de salir y divertirme con amigos, de tener mi espacio y correrme por un rato de mi rol de madre.
Y entiendo a todas esas mujeres a las que bardeaba, porque ya soy una de ellas.

Karma, que le dicen.

Update

Julia está hermosa y grande, saluda, hace “que linda manito”, gatea por toda la casa persiguiendo al pobre gato y come bien (como habrán notado).
Es primavera al fin, vienen los días lindos de paseos y de bicicleta por la ciudad. Yo ya tengo mi peso de antes del embarazo y me siento más cómoda en mi cuerpo.
Este es un blog que escribo para mí, a modo de crónica de mis días como madre y quiero que este post aparezca en el archivo a modo de recordatorio de estos días que son difíciles, aunque ustedes no entiendan la razón de mi tristeza.
Lo importante es que estoy fuerte y voy a salir adelante, como siempre. Esta vez no sola sino con mi hija.

Además de mi hija están mis amigos y mi familia, claro. Y en los peores momentos, cuando no quiero hablar con nadie, esta ella.

Gracias, tkm beyoncé.

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