El parto de Sabiya

Esta mañana me vestí de oficinista porteña porque luego de pasar por el refugio tenía que ir a la corte a poner la cara por el caso del papá de Adeeb y Gulvesh. Resulta que este hombre tuvo una changa como conductor de una camioneta que transportaba carne de vaca, cosa que es ilegal. Él no lo sabía, igual ahora tiene que ir preso.

Cuando llegué al shelter el marido de Sabiya me interceptó desesperado rogándome que subiera, que su mujer tenía problemas con su parto. Cuando llegué  la vi tirada, agotada, el cordón largo la unía a su bebé que estaba a un costado, sobre el piso, apenas envuelta en una tela toda ensangrentada.

Me quedé quieta por unos segundos, observando esa escena que no había visto ni siquiera en mi propio parto, y luego pensé que no pasaba nada, que parir en el refugio es normal para ellos, que no había de qué preocuparse. Pero no, porque el padre estaba gritando y las otras mujeres corrían de acá para allá, y cuando me acerqué a la bebé vi que estaba un poco azul. La toqué y estaba fría.

Bajé los tres pisos corriendo y le dije a las francesas que teníamos que subir a ayudar a la mujer, que no podíamos dejarla sola. En el camino llamé a la ambulancia y nadie contestaba, entonces llamé a Samrita para que siguiera intentando mientras yo veía qué hacer.

Cortamos el cordón? Trataba de recordar todos los programas de Discovery Home and Health que vi sobre mujeres pariendo solas y no recordaba si era mejor cortar con cualquier cosa o dejar así hasta que llegue un médico. Las francesas decían que había que cortar, pero no teníamos ni hilo ni nada y las mujeres que asistieron el parto dijeron que mejor no hacerlo.

En medio de estas preguntas Mangla y Sagri la enderezaban y tiraban del cordón para que saliera la placenta. Una tiraba del cordón y la otra la agarraba de atrás y la sacudía para que reaccionara. Luego de unos segundos la vimos asomar: nunca había visto una placenta, fue asqueroso pero a la vez deseaba que saliera entonces seguía mirando. Mientras miraba como la placenta no terminaba de salir, movía el cuerpo de la bebé para sacarle el frío. Corrí la tela ensangrentada que lo cubría y lo arropé con la remera que tenía en mi cartera.

Finalmente llegó la ambulancia.

No piensen que vino una ambulancia con un médico ni nada de eso, no, es un carromato que transporta seres humanos acostados y el conductor es lo mismo que un taxista, sabe menos que nosotras de medicina.

Subimos a Sabiya y en la calle me encontré con Shalu, una amiga de Samrita que venía a ayudar. Le dije que fuera a la corte, que yo me iba al hospital.

La ambulancia una locura: la mujer con la placenta a medio salir, la bebé encima de ella, el marido sosteniendo a la bebé para que no se cayera, porque ella estaba inconsciente.

Cuando llegamos, enseguida cortaron el cordon umbilical y se llevaron a Sabiya. Los doctores y enfermeras dejaron a la bebé sobre una camilla y se fueron a atender otros casos. Me encontré en esa salita con la bebé apenas cubierta con mi remera y congelada. Salí a preguntar si alguien la iba a atender y me dijeron que estaban todos ocupados, que me fijara si respiraba y que podía agarrar alguna manta de por ahí y cubrirla.

Me cambié los guantes que tenía todos sucios ya por unos lindos y celestes, le saqué mi remera, apoyé a la bebé en la balanza y vi que pesaba 1,6 kilos.  la arropé con dos sabanitas que encontré limpias y la abracé. Era tan chiquita que no podía agarrarla bien, necesitaba de esas sábanas para no sentirme incómoda sosteniendo un cuerpo tan frágil. Recordé cuando tuve en brazos a Julia por primera vez, que no me había resultado tan difícil.

Paseé con la bebé de acá para allá, escuchando como las enfermeras hablaban de la social worker y muchas cosas más en un hindi que no entendí.

Una hora estuve con la bebé en brazos preguntando cuando la llevaríamos a que alguien la revise. Nada. Sabiya había perdido mucha sangre y no estaba bien, la médica me dijo que el marido no se podía mover de su lado, así que la bebé no tenía con quien ir hasta el Kalawati hospital, que está a dos cuadras.

Yo no quería llevarla sola, si algo le pasaba yo sería la responsable. Le rogué a la doctora que me prestara al padre cinco minutos para llegar juntos hasta la guardia de pediatría, luego lo mandaría de vuelta. Accedió y fuimos tan rápido como pudimos. Eran las once de la mañana.

Cómo odio caminar ese último pasillo que me lleva a la guardia. Será porque he visto cosas tan horribles ahí adentro que me da pánico entrar. Esta vez era demasiado importante llegar y no me dejé llevar por ese miedo que normalmente me agarra, crucé a todos los padres con sus hijos enfermos y me metí en el consultorio.

Allí todos me conocen, en cinco minutos la bebé estaba con oxígeno y en una camita con estufa, donde recuperó la temperatura enseguida. Le sacaron sangre y me mandaron a comprar pañales y ropa para abrigarla.

Otra vez estaba vistiendo a una bebe recién nacida. Esta vez no era mi bebé, pero igual era importante, una recién nacida que estaba a mi cuidado. Limpié el meconio y le puse el pañal que le quedaba enorme.

Así paso mi media tarde, entre el Lady Hardinge Hospital para ver a la madre y el Kalawati Hospital para estar con la bebé.

A las tres y pico me avisaron que la madre estaba mal, mandaron al padre a buscar ropa para ella al shelter y dijeron que probablemente necesitara una transfusión pero que no tenían sangre A- asi que estaban buscando un lugar que les done algunas unidades.

A la bebé la admitieron en el segundo piso, donde están todos los bebés recuperándose del dengue, en neo no había lugar. Estuve dos horas para que alguien le pusiera el tubo nasofaringeo, luego me mandaron a comprar agua y un recipiente para que yo le prepare leche de formula, porque todavía la bebé no podía succionar y la madre, inconsciente, no podría hacerse cargo de ella.

Allí fui y vine mil veces, ya sin tanta sonrisa con las enfermeras, quejándome de que la bebé tenia ocho horas de nacida y nadie le pasaba la puta leche por el tubo que tenia en la nariz. Pasé a ver a Sabiya y por quinta vez vi a las mismas parturientas sufrir y quejarse, de a dos por camilla. En un costado una paría y enchastraba a la de al lado. Nada cool ni dulce. Mujeres sufriendo, hacinadas y sin derecho ni a caminar para paliar el dolor de las contracciones. Prometí nunca volver a embarazarme.

A las cuatro de la tarde vino la mamá de Chenna, Sagri, a reemplazarme. Me alegró saber que ya me podía ir de ahí, que la bebé estaría bien y yo a tiempo en casa.

Pero, como era de esperarse, cuando fui a ver como estaba Sabiya la médica me dijo que la sangre que necesitaba la tenía que ir a buscar a la cruz roja. Le dije que ya me iba, que qué pasaba si yo no la podía ir a buscar.

“bueno, si se muere no es nuestra responsabilidad porque nadie trajo la sangre”

Me quería ir de ese antro del horror, odié a todas mis compañeras por estar en sus casas mientras yo estaba ahí anclada de un hospital a otro, sola, sin poder pedir a nadie que me reemplace.

Hablé con Andrés y me dijo lo obvio, si no iba a buscar la sangre la mujer podía morir. No tenia opción.

Fui con los papeles en un rickshaw a la cruz roja y cuando llegué me dijeron que si quería la sangre iba a tener que donar yo mi sangre en ese momento, que era la política de Cruz Roja, llevarse sangre y dejar la propia.

“Mire, si no me da la sangre rompo todo. Agarro un palo y rompo todo”

Me dieron la sangre inmediatamente y corrí al hospital. En el camino me encontré con Sagri, la bebé ya estaba ingresada en neonatología, el marido de Sabiya había vuelto del shelter, todo parecía encaminarse.

Dejé mi número de teléfono, prometí volver mañana a las dos de la tarde.

Llegué a casa pensando que si esto me pasaba hace un año, hubiese necesitado 0,50 de rivotril para asimilar toda la locura del día. En cambio, llegó Andrés de la oficina y nos fuimos a tomar algo con los otros expatriados del barrio.

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Budín de peras al masala

Este blog ya parece “Las Aventuras de Samrita y Agostina en Motia Khan” más que otra cosa. No importa pues eso demuestra mi virtuosismo y capacidad de cambiar el tema del blog cada dos meses.

Ayer nuestra misión era censar a los inmates (como les llaman a los habitantes del refugio) y llevar a Akash a inscribirse a su futura escuela. Eso y el trabajo de rutina. Pues bien, obvio siempre hay imprevistos, el de ayer fue una bebita de cinco meses de la cual no teníamos registro y que parecía recién nacida. La madre adicta. La mamá de Chenna fue la que nos avisó que esta bebita se estaba muriendo en el piso tres. No sólo la bebé respiraba con mucha dificultad y estaba deshidratada sino que la madre se la estaba llevando a una ciudad vecina donde se lleva a cabo un ritual hunduísta de ocho días. Cuestión que después de revisar a la bebé y de convencer a la familia de que no podían ir a ningun lado, terminamos los padres, la bebé y yo en el Sir Ganga Ram Hospital.

Los dejé con los médicos y me reuní con Samrita y Akash. Akash es uno de esos niños de las películas que nació en la mierda pero vaya a saber cómo solito hizo su propio camino para escapar de todo lo horrendo de su vida. Él mismo rogó a su madre para que lo mandara a la escuela. Soportó malos tratos de sus compañeros por ser de la tribu Pardhu (más abajo aún que los dalits), salió a vender globos a las esquinas cada día después de la escuela para mantenerse y poder seguir estudiando. Cuando abrimos la escuela él pidió estudiar con los más grandes, a pesar de ya estar asistiendo a una escuela formal. Le gusta leer, sueña con aprender a tocar la guitarra. En fin, un chico que merece toda nuestra atención y apoyo. Él nos dijo que quería ir a la escuela de Rama Krishna y no a otra porque en esta hay deportes, teatro, música y computación. Entonces ahí fuimos a buscar el boletín y el pase a la vieja escuela para hacer los trámites nuevos.

Cuando llegamos al ministerio de educación subimos al piso diecinueve e hicimos el pedido. Nos dijeron que no era posible que Akash fuese a la escuela Rama Krishna porque le correspondía una cercana a su domicilio y esa pertenecía a otro barrio. A todo esto yo sólo veía las caras tristes de Akash y Sam mientras el hombre hablaba en hindi. Cuando terminó, Sam me tradujo camino al ascensor. Listo, no se pudo.

Yo, chanta argentina, le dije que de ninguna manera nos íbamos a quedar con esa respuesta negativa. Había que insistir.

– Decile que se va a mudar a lo de su tía que vive cerca de Rama Krishna, a ver si así podemos anotarlo.

Ahí volvimos para atrás y de nuevo el hindi. Entendí que nos mandaban al piso ocho a hablar con un tal Mr. Chopra. fuimos.

El tal Mr Chopra estaba comiendo gajos de manzana con masala y no tenía ni media gana de que le rompiéramos las pelotas. Sam entró y explicó en hindi. El tipo cero onda. Ante la insistencia de Sam, nos hizo pasar a todos a su oficina y al verme a mí me habla en hindi todo animado mientras me mete un gajo de manzana casi de prepo en la boca.

– Dice que si vos estuviste el año pasado en Hanuman Mandir. que te conoce de ahí.

– Ah, siiii, estuve! mirá vos, quién será este tipo pero sí, estuve.

El tipo chocho conmigo y yo sin tener idea de quién era y de cómo me había reconocido siendo que fui a ese templo un día solo y durante una hora. Buena memoria el viejito.

– Sólo porque vienen con esta señorita les hago el favor de ingresarlo a la escuela que pide. Porque me encantó cantar con ella las rimas en inglés y su budín de peras al masala estaba delicioso.

Cuando Sam me tradujo me di cuenta de que no era yo, se había confundido de chica. Ni estuve en un slum cercano cantando rimas con él y los niños pobres ni mucho menos cociné ningún budín de peras. Pero no tenía otra que seguirle la corriente al viejo y desear que no me preguntara nada hasta conseguir su firma y el sello en nuestro papel.

Me hice la que no entendía mucho, sonreí con mis mejores caras y dejé que Sam hiciera el resto. Después el tipo le hizo prometer a Akash que iba a estudiar y a asistir todos los días lloviera o tronase. Akash respondió que sí, que esa era la escuela de sus sueños.

Al salir, caminamos los tres por el largo pasillo y cuando estábamos por llegar a las escaleras besamos el sello de “aprobado”.

– Sabés, Tina, que sin vos y sin el budín de peras nunca hubiésemos conseguido esto, no?

-Sabés Samrita que yo no soy la misma extranjera que el tipo recuerda. Así que salgamos ya de este recinto que si vuelve a preguntarme otra cosa estamos fritos.

Y así, riéndonos nos fuimos los tres, saltando en una pata y festejando. Akash no paraba de darnos las gracias y de mirar el sello como si fuera una ilusión óptica.

Y para terminar la jornada, así porque somos muy enfermas y adictas a dar buenas noticias, le dijimos que no va a tener que caminar las treinta cuadras desde el refugio hasta la escuela, que el trayecto lo va a hacer en una bici que ya tenemos para él. DO RO GA.

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La letra con sangre

La mañana del martes arrancó como siempre. A las nueve llegamos al refugio y dimos calcio, leche y avena a los menores de cinco. Curamos  algunas infecciones de oido, cortaduras, repartimos sales para las diarreas, una niña con parásitos, una madre que está esperando la esterilización y tenía que hacerse el riesgo quirúrgico en el hospital, la estimulación de Chenna. Cuando nos estábamos yendo una de nuestras voluntarias vio que le faltaban mil rupias de su mochila.

Primero revisé todo bien porque no es algo que pase a diario, de hecho no pasó nunca desde que trabajo en el shelter. Pero sí, efectivamente la plata no estaba y alguien la había agarrado. Hablamos con algunas madres y las sospechas apuntaban a Kajal y Sargi.

No estaban en el Motia Khan así que con Samrita nos tomamos un rickshaw y recorrimos las esquinas de las avenidas donde podían estar trabajando. No las encontramos. Sí encontramos a otra gente del refugio, pero de ellas nadie sabía nada.

Samrita estaba decepcionada, triste. Yo no. Si de algo me he dado cuenta en estos días es que mi experiencia de tantos años en Villa Fiorito y Budge me sirve muchísimo acá. Samrita, con sus 24 años y cero experiencia, se amarga con facilidad, se bloquea, no se cuida. Sin ella mi trabajo es inservible, porque no hablo hindi, pero ella sin mí hubiese abandonado el refugio a la semana. Somos un equipo sólido que funciona perfecto.

Esta mañana volvimos al shelter y luego de nuestro trabajo de rutina bajamos al hall de entrada y vimos a Kajal. Se acercó a Samrita y a mí y nos dijo que había sido ella, junto con Sarji y Lakshmi, quienes habían robado la plata. Llamamos a las otras dos y Samrita les dijo que estabamos decepcionadas y enojadas, que cómo íban a hacer una cosa así y todo lo que el sentido común dicta en este tipo de situaciones. Las familias se juntaban alrededor de la escena y empezaron a retar a las chicas, pero ni Samrita ni yo podíamos entender nada de lo que hablaban porque no usaban hindi sino su lengua materna, el marati. Tanto revuelo se armó que llamamos a Akash, un adolescente que queremos mucho, y le pedimos que nos tradujera. Todos estaban avergonzados por el robo y pedían explicaciones a las tres. En medio del griterío apareció el padre de Kajal, Rajesh. Inmediatamente a las tres les cambió la cara. Estaban aterradas. Rajesh nos pidió disculpas, dijo que él se iba a hacer responsable de lo que las chicas habían robado y se las llevó a un cuarto para hablar a solas con ellas. Se fue con las tres y trabó la puerta. Todos los demás quedamos afuera preguntándonos qué estaba pasando hasta que escuchamos los gritos. Akash corrió a los curiosos y nos dejó espiar por un agujero en la chapa: Rajesh sacó un palo que tenía escondido en el pantalón y las empezó a golpear.

Samrita estaba a punto del colapso, yo también estaba nerviosa pero no podía expresarlo, estaba con Chenna en brazos y tenía que mantenerme firme y mostrarme tranquila. Golpeamos fuerte la puerta, le gritamos que pare. Nada. Yo agarré a Samrita que estaba a punto del desmayo. Algunos hombres golpearon la puerta más fuerte y le pidieron a Rajesh que termine con el castigo. No había caso. Era Rajesh gritando en marati y cada tanto golpeando a alguna, luego a la otra y así. Nosotros afuera, espectadores de esa escena de horror. Fueron unos minutos muy tensos donde sentimos que habíamos desatado un desastre. ¿y si se le iba la mano con los golpes? ¿Y si alguna de las tres resultaba seriamente lastimada? ¿Y si luego de esto nos echaban?

Finalmente, después de minutos que parecieron horas, la puerta se abrió y salieron las tres, llorando y agarrándose las zonas donde Rajesh las había golpeado.

Entramos a las niñas a la escuela, y atrás venía Rajesh, ya más calmado. Samrita le dijo que no era necesario golpearlas, pero Rajesh contestó que así él castigaba este tipo de acciones. Que si no lo hacía ellas nunca iban a entender que estaba mal. Miré a Sam y le pedí que no lo insultara,  que no podemos pretender que ellos se manejen como nosotros querríamos. El hombre se fue un segundo y volvió con las mil rupias. Me las dio y le dije que no era necesario, que se las quedara. “No. Tenés que aceptarlas. Es un tema de honor. Nosotros somos escoria, nadie nos respeta, no hagas lo mismo. Esta conducta no está bien y quiero reparar el daño de mi hija.”

Agarré trescientas rupias y le dije que guardara el resto, que estábamos a mano. Aceptó y vi cómo le corrían las lágrimas. Se las limpió con el puño de la camisa y se fue.

Samrita terminó de echar a los curiosos, cerró la puerta del salón de clases y se largó a llorar. No la podíamos calmar. Le pedí a las maestras que la dejaran descargarse y me fui al piso de arriba con Chenna, que seguía a upa mío y ya había visto demasiado. Jugamos un rato hasta que Sam subió y seguimos atendiendo los casos pendientes.

Una madre ex adicta con una bebé diminuta, antipsicóticos para la mujer que tuvo el cuadro psiquiatrico la semana pasada, pedir fecha para una operación, desparasitar a un par de niños.

Terminamos.

Cerramos la puerta de la escuela, salimos al hall y en la entrada Sargi y Kajal se acercaron para ver si todavía seguíamos enojadas. Miramos a nuestro alrededor, la gente seguía con su vida. El grupo del poker jugaba al poker, las niñas se agrupaban en fila para trenzarse el pelo, los bebés jugaban con el agua y con los perros. Todo como siempre. Ese incidente que a nosotras nos volvió locas era una cosa más en un día como todos.

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Mujeres

Christelle limpiaba la quemadura de Muskan y la volvía a vendar mientras ella, en silencio, miraba su nuevo pañuelo amarillo. Chenna, en mis brazos, tomaba sus vitaminas y Marlenne untaba crema en la piel de la mujer que hace unos años su marido prendio fuego antes de matarse. Un día normal.

En eso entró una pareja, Meenama y Raju. Ella hermosa, él se veía un poco ridículo. Samrita nos tradujo lo que pasaba: Raju se cortó el brazo unos días atrás y en el hospital le cosieron la herida. Los puntos se le infectaron, el brazo estaba hinchado y lleno de pus y apenas Christelle se acercaba para lavar la herida este hombre se retorcía de dolor.

Samrita le explicó a Raju que Christelle tenía que limpiar la herida y sacar algo de pus, que se aguantara, pero Raju era incapaz de soportar el dolor. Entre Meenama y Samrita trataron de sostenerlo pero no había caso. Raju se largó a llorar como un bebé y se negaba a que se acercaran a su brazo.

Diez mujeres observando cómo este hombre que un día normal ni nos dirigiría la palabra escondía la cabeza en el pecho de su pareja. Se retorcía usando de pañuelo el saree de la mujer a la que engaña, a la que le pega cuando está borracho, la que tiene que tener sexo cuando él quiere, la que puede echar de su familia cuando se le de la gana.

Nos burlamos un poco de su llanto y Meenama lo consolaba. “No es un mal esposo. Y cuando me pega yo se la devuelvo”

Algunas de las mujeres de Motia Khan fueron abandonadas por sus maridos y sólo velan por el bienestar de sus hijos. Otras, muchas, soportan a las bestias con las que se juntaron porque no les queda otra, porque es parte de su cultura. Muchas se drogan y se abandonan porque no aguantan la vida que les tocó en suerte.

Es verdad que las mujeres de Motia Khan no son modositas y débiles. Es cierto que me resulta chocante verlas, a veces. Porque en lugar de ser tiernas damas vistiendo sarees de colores están sucias, gritan, se pelean y en su cara se nota que los años pasados no fueron fáciles. Porque para sobrevivir en el Motia Khan hay que ser fuerte y mucho más si sos mujer. Mucho más porque a nadie le interesa que hayas nacido, porque aparte del hambre hay que soportar el maltrato de los hombres y porque para llegar a la adolescencia sin haber sido violada es considerado un milagro.

Meenama es joven y no tiene hijos. Es despierta, atrevida y contestadora. No se calla y todos saben que con ella no se puede jugar. Aprovechando el momento le pregunté por qué no quería ser madre aún. Dijo que porque ya vio demasiadas mujeres sufrir por amor y por sus hijos. Que ella primero quiere asegurarse de que su pareja la vaya a acompañar y que tenga trabajo fijo.

Samrita terminó de traducir y las tres miramos a Raju, que sacó la cabeza escondida en el saree de Meenama y la miró sollozando: “me quiero ir”.

Ella largó un suspiro, le besó la frente y se lo llevó.

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Sin filtro

El despertador sonó a las 7 am pero ya estaba despierta chequeando argentina. Siempre que me levanto me fijo las  notificaciones pues las horas más importantes de mi país me las paso durmiendo.

Tomé un té, me puse protector solar y mi buzo favorito que compré en Sarojini Market, una especie de La Salada donde se encuentran gangas si uno sabe revolver montañas de porquerías.

Me pasó a buscar mi amiga colombiana y nos fuimos charlando hasta el Liceo Francés. Desde ahí salimos a Motia Khan los martes miercoles y jueves. Charlamos en la puerta del colegio y saludé a tres colombianos que vinieron especialmente a conocer el Motia Khan. Estaban nerviosos por lo que podrían encontrar.

9 am Llegamos al refugio y se nos amontonaron una horda de niños mayor a la usual. Por los feriados de Holi no íbamos desde el martes pasado. Samrita y los indios nos recomendaron no ir porque el ambiente se pone pesado entre el alcohol, la fiesta y los polvos tóxicos, así que estaban excitados de vernos después de una semana de ausencia.

Subimos al primer piso y arrancamos con la distribución de leche y avena. Yo, como siemre, tuve un largo rato a Chenna en brazos e hice toda la repartija de leche, los juegos y las idas y vueltas con ella a upa. La gente se acerca y te habla para contarte lo que le pasa, entonces llamo a Samrita, ella traduce y entre las dos tratamos de dar una respuesta o derivar al que pueda dar lo que esa persona necesita. Básicamente escuchamos y atendemos los pedidos mientras la médica de hoy revisaba a los enfermos.

Me acerqué a los voluntarios colombianos y les pregunté cómo estaban pues los vi un tanto shockeados. Les dije “hoy es un día tranquilo, un día lindo”.

No terminé de decir la frase y entró el viejo sin ojo de la mano de dos niños de unos diez años. Los dos lloraban. La niña se corrió el pañuelo que la cubría y vimos que tenía el torso quemado. Lo que entendimos es que se había quemado con té cuatro días atrás. El hermano estaba más nervioso que ella. Lloraba y la agarraba fuerte de la mano. La médica la revisó y le limpió la quemadura antes de ponerle una pomada y vendas. Me emocioné viendo a esa niña que estando quemada, dolorida y rodeada de gente, respondía cada caricia o cada gesto con una sonrisa. No sólo aguantaba una curación que a cualquiera de nosotros nos tendria llorando y a los gritos sino que se encargaba de responder cada mirada de los que se acercaban a hablarle en un idioma desconocido.

Yo preferí no acercarme porque no quería darle más trabajo del que ya tenía.

Cuando mi amiga terminó con la niña siguió con una infección urinaria y un par de casos más. Luego se fue con el resto de voluntarios y francesas. Samrita y yo bajamos a la escuela a estar un poco con los chicos y a entregar los primeros dos kits de bordado para Sarji y Kajal. A Kajal le encanta coser y es muy hábil para las manualidades. Aparte decidimos darle un incentivo porque cumplió tres meses de asistencia perfecta en la escuela. Sargi es más rebelde y hace unas semanas la vieron aspirando pegamento. Su madre la castigó por eso y Samrita y yo le dijimos que si no paraba la internaríamos en una clínica de rehabilitación.

Bordamos una hora, corregimos ejercicios, ubicamos ciudades indias en el mapa, armamos rompecabezas, jugamos a deletrear nombres.

Salimos a la calle y me encontré con la niña quemada. No tenía ropa limpia para cubrirse y las vendas podían caer así que le dejé mi buzo preferido de sarojini. Le quedaba como vestido.

Atendimos un par de demandas más y nos fuimos a almorzar y a planear los pasos que faltan para la guardería y la esterilización de unas madres que nos pidieron ayuda. Son seis y la ONG india Samarpan, por suerte, está de acuerdo en acompañarlas en el proceso. En la puerta del café al que fuimos vimos a unos niños de Motia Khan que se dedican a mendigar la mayor parte del día y a veces ni estamos al tanto de que existen porque se van del refugio antes de que nosotros lleguemos. Hay que hacer algo. Nos tapa la pila de pendientes.

Un eggwrap picantísimo y un café más tarde salimos para Hati basti, otro de los proyectos de Samarpan. Es a orillas del río Yamuna, entre árboles y miles de flores y huertas. El clima está hermoso. Tenemos que repartir pilas y pilas de ropa donada. Por suerte la escuela llegó hace cuatro años a este lugar y hoy en día no es un infierno como Motia Khan. Todos obedecen y eligen ropa con paciencia. Terminamos y volvemos a la ciudad por un camino angosto de tierra. Esquivamos elefantes y camellos.

Son las 4 de la tarde, camino hasta la estación del metro, mi estación preferida: Mandi House. Estoy agotada. Me arrastro hasta mi casa. Voy a servirme agua y veo que Mamila hizo mi plato favorito pero no tengo hambre. Quiero acostarme y dormir 4 horas seguidas. En lugar de hacerlo, me pongo a escribir este post. En cinco minutos se va la niñera y me llega la hora de ser madre. Antes, apreto send y separo un bolso de ropa y jueguetes para la nenita quemada. Mañana se lo llevo.

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Kajal con su kit de bordado

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La nenita quemada con mi buzo de sarojini

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niño de Motia Khan que pide en la puerta del subte

Vuelta al Ruedo

Acabo de llegar de mi primer día en Motia Khan y estoy tan pasada de revoluciones que tuve que servirme una tacita de clona pues era eso o dormir cuatro horas de siesta reparadora y no puedo hacerlo porque tengo que seguir trabajando desde casa. Ya sé, mis amigos, que cada post que hago cuento que me dispenso una pastilla, ustedes deben pensar que soy pastillera, pero yo sé que no me juzgarán. 0,25 de clona y un vaso de agua no se le niegan a nadie.

Este post arranca cuando tomé el rivo y lo escribiré mientras surte efecto así que muy probablemente empiece trágico y termine con una bella melodía de Thalia de fondo y muchas florecillas y cuentos de felicidad. Ya veremos.

Apenas bajé de la estación de Metro Ashram Marg me tomé un cyclerickshaw que por hacer 15 cuadras me quiso cobrar 150 rupias. Mi amor. Le pagué 50, que es mas de lo que debería ya que es Old Delhi y la gente paga nada. -Volví con poca occidentalidad residual, pensé.

Apenas entré fui a saludar a la escuela, donde me encantó ver chicos nuevos que empezaron en el mes de febrero y, sobre todo, ver que Sargi y Kajal andan muy bien con los símbolos en hindi y muy prolijas con el abecedario. También aprendieron algunas frases en inglés y van limpias y peinadas (kajal sobre todo).

Subí al tercer piso porque no me aguantaba las ganas de abrazar a Chenna. La vi sentada en el piso, raquítica y pelada. Las piernas dos palitos como siempre. Está bien, todos tuvieron el virus, por eso están relativamente más flacos que antes de irme a Buenos Aires. Apenas me vio me abrazó y no me soltó hasta que me fui y no sin mucho llanto. La madre volvió a decirme que me la traiga a casa, que ella no la quiere porque ya tiene dos más. Igual sé que a veces se pone celosa de que que Chenna sea tan cariñosa conmigo asi que no es para tomar tan en serio.

Hablamos con algunas madres, casi todas quieren operarse para no quedar más embarazadas así que ese será uno de los desafíos para este año.

Dos horas después nos fuimos con Samrita a la estación del metro y tomamos un café con comida deliciosa para tener nuestra reunión sobre los temas pendientes. Samrita arracó con:

– podemos empezar a hablar de las muertes

– Cuántas hubo?

– Algunas. Ancianos, dos sobredosis, una mujer en circunstancia dudosa pues sufría violencia familiar pero murió envenenada. Uno se quemó, niños desaparecidos que no se sabe si están muertos.

– …

– la mujer que murió tenía cinco hijos. dos de ellos son del actual marido que le pegaba y éste se los llevó a un slum cercano. los tres restantes eran de un matrimonio previo, su ex marido que se tiró a las vías del tren hace ocho años así que esos niños hoy necesitan un hogar ya que no pueden quedar solos en motia khan porque seria muy peligroso. Hay que ocuparse de eso.

-Ok. Kajal me contó que Sargi empezó a inhalar pegamento hace unos días.

– Sí, ya hablé con ella, vamos a darle una oportunidad porque la amenacé con que si no deja y se enfoca en la escuela la vamos a internar en un lugar para superar su adicción y no va a poder volver a MK por tres meses.

– Sé que Kajal y Sargi son muy buenas con el bordado y les divierte mucho. Para el lunes voy a traer kits de bordado para ellas como regalo por haber asistido estos meses a la escuela y por sus progresos. Kajal se lo merece y Sargi tiene que desviarse de las drogas. Aparte necesitamos modelos para que las niñas que todavía no se engancharon y asisten sólo a veces a la escuela, como Chulbuli, se copen.

Después de darle con un caño a World Vision, una ONG católica que sólo va a sacar fotos y a llevarse nuestro crédito, concluimos con la urgencia de la guardería. No puede pasar más tiempo mientras esperamos que tal empresa o tal otra nos la banque. Hay que arrancarla cuanto antes. cada día, cada mes que pasan los más chicos tirados por ahi, mendigando, sin tocar un juguete, sin recibir una caricia, es un mes perdido. Es nuestra prioridad.

Terminamos la reunión y me subí al metro aceleradísima. Estoy como si no hubiese dormido en cinco días.

Es que a a veces me olvido que Motia Khan no es precisamente Rincón de Luz. Veo las caras felices, las fotos de los chicos mostrando sus cuadernos completos y siento que están mejorando. Pero la realidad es que hay una hora en que nosotros nos vamos, las maestras terminan de enseñar, se hace de noche y todo vuelve a ser un infierno. Un infierno al que están acostumbrados, pero no por eso es menos horrendo.

Hay unos cincuenta niños que no entran en nuestros números pues mendigan todo el día. Se van tan temprano y vuelven tan tarde que nunca llegamos a verlos. Tenemos que llegar también a ellos.

Hay años de trabajo por delante.

Pero como aprendí acá, es importante entender que no se puede cambiar a la india. No voy a solucionar nada del desastre demencial que vive su gente. Hay que aceptar que no se puede todo. Hay que trabajar en lo posible y enfocarse en lo positivo para no quedar internado en un psiquiátrico.

Eso haré.

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Kajal

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nominada a foto mas cursi del año

gorda reflexiones

Hace tiempo, en el blog de un viajeronoturista, leí un post sobre la depresión post viaje. Básicamente cuenta que cuando volvés a casa luego de meses o años de estar lejos, te sentís raro, incómodo y con leves ganas de darte un escopetazo.

No es que me sienta así ahora, pero los primeros días fueron muy raros. Como ya dije, caminaba por las calles que eran mías y que adoraba y me sentía una extraña. Eso. Sentirme una extraña en Buenos Aires es triste. Sobre todo porque Delhi es hoy mi casa pero tampoco es del todo mi ciudad. Entonces eso me deja automaticamente sin un lugar que sea mío.

Creo que por eso hay gente que te dice que es “ciudadana del mundo” y como bien dice Sandy te los querés comer crudos, pero entiendo que hay algo de verdad en eso. Andrés tampoco tiene una ciudad, mi amigo Joey menos. Deambulan por el mundo, van donde haya trabajo o algo que les interese conocer y no se pueden quedar mucho tiempo en nunguna parte.

¿Quiero eso para mi vida? No lo sé. En Delhi no me voy a quedar a vivir, pero sé que si elijo volver a Argentina ya no voy a ser la misma Agos que se fue ese junio de 2014, ya soy otra, con ganas de ver cosas nuevas todo el tiempo, de moverme, de viajar. Ya no sé si pueda vivir en una casa grande con mi familia y un perro. Una casa armada con tiempo, con detalles, con muebles lindos y mil adornos como hace la gente que se queda en un lugar.

Sin dudas la vida nómada te da muchas satisfacciones. Eso de salir de tu casa y tener la certeza de que vas a vivir cosas emocionantes, distintas, complicadas y únicas es bastante adictivo una vez que pasó el miedo y rechazo inicial.

Pero yo soy muy gorda amigos y me aterra ir perdiéndolos. Y esta vida es de constantes pérdidas. Vivís despidiéndote. Llegás a un lugar y sabés que a Pepita le quedan seis meses así que tampoco da que te hagas super amiga, Juancito se queda dos años igual que vos así que hay que armar amistad aunque sea de la secta Los Niños de Dios y no tengas nada en común. Y Menganita se va el mes que viene así que casi que mejor ni la veo. Todo así.

Por suerte si algo he aprendido con el timpo es que todo pasa, las cosas se dan como se tienen que dar y que, al final, (al menos que esté en roma a punto de viajar para buenos aires que siempre se me muere un pariente) las cosas salen bien.

Al fin y al cabo ya estoy en esto. Ya no puedo volver atrás. Crucé la línea esa de la que hablan los viajerosnoturistas. Ahora sólo queda mirar para adelante y disfrutar de todo lo que me da está nueva vida y aprovechar que aunque me siento un poco extraña en buenos aires, gracias a los audios de whatsapp y a mi twitter querido, con mi familia y amigos no ha pasado ni un día.

Anoche tenía que despedirme de mi familia y me sentí tan bajón que finalmente accedí a tomarme 0.25 de rivotril. Veinte minutos después mi vida era una fiesta, todo fluía y el mundo era hermoso y fácil. Dormí plácidamente y cuando desperté me encontré con una foto de mi compañera de Motia Khan, Sophie,  nacida en congo, con padres belgas y que desde que se casó ha vivido de país en país. Inmediatamente recordé lo que siempre me dice, que esta vida es genial si te lo tomás con humor y alegría. Así que, como dice la ohlalá, voy a soltar, a relajarme y que sea lo que la vida quiera.

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lo que creció chennita no tiene nombre. es por la pichicata que le estamos dando.

PD: Ya conocí a muchos lectores que estuvieron en casa o que encontré por ahí y ya tienen su calendario. Gracias a todos por la buenísima onda. Aun quedan calendarios así que hay tiempo de pedirlos escribiendo a labonaerense@gmail.com. Todo lo que recaudemos con los calendarios que venda acá en argentina será destinado a la guardería de Motia Khan, para que los bebés y niñitas como Chenna tengan un lugar de juego y cuidados mientras sus hermanos estudian.