Mujeres

Christelle limpiaba la quemadura de Muskan y la volvía a vendar mientras ella, en silencio, miraba su nuevo pañuelo amarillo. Chenna, en mis brazos, tomaba sus vitaminas y Marlenne untaba crema en la piel de la mujer que hace unos años su marido prendio fuego antes de matarse. Un día normal.

En eso entró una pareja, Meenama y Raju. Ella hermosa, él se veía un poco ridículo. Samrita nos tradujo lo que pasaba: Raju se cortó el brazo unos días atrás y en el hospital le cosieron la herida. Los puntos se le infectaron, el brazo estaba hinchado y lleno de pus y apenas Christelle se acercaba para lavar la herida este hombre se retorcía de dolor.

Samrita le explicó a Raju que Christelle tenía que limpiar la herida y sacar algo de pus, que se aguantara, pero Raju era incapaz de soportar el dolor. Entre Meenama y Samrita trataron de sostenerlo pero no había caso. Raju se largó a llorar como un bebé y se negaba a que se acercaran a su brazo.

Diez mujeres observando cómo este hombre que un día normal ni nos dirigiría la palabra escondía la cabeza en el pecho de su pareja. Se retorcía usando de pañuelo el saree de la mujer a la que engaña, a la que le pega cuando está borracho, la que tiene que tener sexo cuando él quiere, la que puede echar de su familia cuando se le de la gana.

Nos burlamos un poco de su llanto y Meenama lo consolaba. “No es un mal esposo. Y cuando me pega yo se la devuelvo”

Algunas de las mujeres de Motia Khan fueron abandonadas por sus maridos y sólo velan por el bienestar de sus hijos. Otras, muchas, soportan a las bestias con las que se juntaron porque no les queda otra, porque es parte de su cultura. Muchas se drogan y se abandonan porque no aguantan la vida que les tocó en suerte.

Es verdad que las mujeres de Motia Khan no son modositas y débiles. Es cierto que me resulta chocante verlas, a veces. Porque en lugar de ser tiernas damas vistiendo sarees de colores están sucias, gritan, se pelean y en su cara se nota que los años pasados no fueron fáciles. Porque para sobrevivir en el Motia Khan hay que ser fuerte y mucho más si sos mujer. Mucho más porque a nadie le interesa que hayas nacido, porque aparte del hambre hay que soportar el maltrato de los hombres y porque para llegar a la adolescencia sin haber sido violada es considerado un milagro.

Meenama es joven y no tiene hijos. Es despierta, atrevida y contestadora. No se calla y todos saben que con ella no se puede jugar. Aprovechando el momento le pregunté por qué no quería ser madre aún. Dijo que porque ya vio demasiadas mujeres sufrir por amor y por sus hijos. Que ella primero quiere asegurarse de que su pareja la vaya a acompañar y que tenga trabajo fijo.

Samrita terminó de traducir y las tres miramos a Raju, que sacó la cabeza escondida en el saree de Meenama y la miró sollozando: “me quiero ir”.

Ella largó un suspiro, le besó la frente y se lo llevó.

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Sobre dos mujeres que conocí en un viaje.

Una mañana me desperté en Sucre y decidí caminar sola sin rumbo, a ver dónde terminaba. Paseé por la zona del mirador de la recoleta, me senté a tomar un licuado y charlé con un francés al que todavía tengo en facebook, compré un aguayo a las puesteras, saqué fotos, no pude fumar por el soroche.

Casi sin aire, paré un mini bondi y luego de darle $ 1,50 bolivianos me senté y pregunté para dónde iba. Iba al mercado campesino. Me bajé y las vi: cientos de mujeres con sus hijos a cuestas vendiendo polleras, sombreros, tamarindo, anticucho, aguayos y mil cosas más. 

Claro que también había hombres, pero eran los menos. Fue ahí, ese tercer día en Bolivia, que me di cuenta del rol de la mujer en esa comunidad. 

Me acerqué a una puestera y pregunté por las polleras y gorros tipicos de Sucre. Me mostró lo que tenía y le pedí, en un quechua triste, que me diera unas tullmas. Me miró y me preguntó cómo sabía yo lo que era una tullma. Le dije que trabajaba con comunidad boliviana y peruana en buenos aires, que quería llevarme ropa de allí para mostrarle a mis alumnos. Se burló, me dijo que volviera cuando me creciera el pelo, que ella me enseñaría a hacerme las trenzas. Me solté el rodete con orgullo, tengo muchísimo pelo y en ese momento lo llevaba por la cintura. “ah! te lo tenias escondido! siéntate ahicito, te voy a trenzar”.

Mientras me hacia las trenzas yo no le hablaba, ya había perdido las esperanzas de que me respondieran. Los bolivianos no te dan bola. No les interesa hablar con vos ni caerte simpáticos para venderte más: les importás un pito como turista. Supongo que también están cansados del aluvión que quiere sacar la foto con el indígena colorido y subir a Facebook, justo al lado de la de pose boba en el salar. 

Pero ella me habló. Me preguntó sobre mis alumnos, me contó que tenía familia viviendo en flores y que ella había pensado en vivir en Argentina, pero que estaba muy arraigada a sus compañeras de puesto. que su marido, borracho, le pegaba casi todas las noches (apareció en un momento e hizo su gracia) y que ella solo vivía para sus hijos, para que ellos progresen y tengan una vida digna y mejor que la suya. Que en el mercado las mujeres se ayudan y se cuidan entre ellas. Están ahí desde las siete de la mañana y hasta las once de la noche. Comen, se peinan, se alimentan y alimentan a sus hijos, trabajan, viven ahi, en la calle. Viven en manada.

Por mucho que intenté, solo me cobro el bolso y las polleras, las tullmas y las trenzas fueron un regalo. de hecho me obligó a regatearle lo que le pagué. 

Un mes mas tarde, perdida en las calles de Guayaquil, pregunté una dirección a una chica joven con un bebé de unos ocho meses. Me contestó y me dijo que me acompañaba, que ella también iba para ese lado. Caminamos y ella sí, sin que yo le preguntara nada, me contó que la habían obligado a casarse, que su marido luego de nacido el bebé había cambiado mucho, que la engañaba con muchas mujeres, que no la dejaba trabajar y prácticamente ni le hablaba. yo venia pensando en mí, no le estaba prestando mucha atención, pensaba en que debería haberme quedado en la playa, que no me gustaba nada de lo que había para comer. Ella me miró y me dijo: “la acompaño, necesito charlar con alguien”

Ahi le hice preguntas, le di consejos, se asombró cuando le conté que tenia casi treinta y vivía sola y que en Buenos Aires las mujeres tratábamos mal a los hombres y ellos nos andaban atrás. No lo podía creer. Me dijo que yo tenía suerte, que entonces ella soñaba con irse con su hijo a Buenos Aires a comenzar una nueva vida.

Me subi al colectivo. Sabía que si le pedía, ella se quedaba más tiempo conmigo, pero no quise, no había por qué. Después me sentí mal,  podría haberla acompañado y escuchado un rato más. 

Nunca pude olvidarme de estas dos mujeres con hijos a cuestas, recuerdo que en ese momento me creí afortunada por tener mejor vida que ellas, podía viajar sola, decidir mi destino, no debía cargar con hijos en mi mochila. No me sentí identificada sino todo lo contrario: había un abismo entre nosotras.

Todo esto sin imaginar que un mes mas tarde iba a concebir a Julia y a unirme a ellas para siempre.

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