El chascoparto

Elegimos una obstetra que era un amor, pero con mil pacientes. Nos recomendó hacer un curso preparto más largo del que cubría la obra social, para conocer mejor a las parteras. Conocimos a tres, nos parecieron copadas y, al menos a mí, me transmitían seguridad.

Era el día D. Siete de enero. El día de la fecha probable de parto. Arranqué con contracciones fuertes mientras compraba dos kilos de helado. Pedía los gustos más cochinos entre contracción y contracción.
Esa tarde a las cinco tenía obstetra. Cuando llegué y me revisó, me dijo que tenía dos centímetros de dilatación. ¿Es suficiente como para salir corriendo a la clínica? No. Igual ella me mandó a hacerme un monitoreo y me dijo que probablemente Julia se venía en pocas horas.

Llegué a la clínica y el monitoreo daba contracciones de trabajo de parto. Ya me podía quedar internada. Llamé a mi partera, no atendía.

No podíamos internarnos sin mi partera, así que pasaba las contracciones en el hall de la Trinidad. Y no, no es un lugar cómodo para relajarse y respirar. Cuarenta minutos después llego una chica que no pasaba los ventipico y no sólo no era ninguna de las parteras que conocí sino que nunca había oído de ella. La vi y sentí que estaba sola. No había chance de que me sintiera cómoda con ella. Estaba más perdida que yo.

Y así ingresé a la sala de preparto y conmigo cuarenta personas que iban y venían, me tenían atada, monitoreando a Julia, pero con esa excusa yo ni moverme podía cuando venían las contracciones. Iban y venían, yo no podía siquiera incorporarme ante cada contracción. me retorcía en la camilla. La partera me hizo tacto. Seguía con dos centímetros.

No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que tipo diez de la noche llegó mi obstetra y otra vez tacto: “seguís con dos centímetros, bueno, esto no avanza, y la gordita ya está molesta, yo recomiendo cesárea, si no capaz estás toda la noche y no dilatás, viste”

Y acepté. Y me arrepentí a los cinco minutos, pero ya me estaban abriendo al medio.

En menos de quince minutos estaba viendo a Julia saliendo de mi panza. Y si, fue lindo, me bajaron la tela para que la vea salir.

Pero me quedé con la sensación de que estaban todos chochos por haber terminado de laburar a las diez y media y poder irse a su casa.

En ese momento me dediqué a disfrutar, pero ahora, que pasaron meses, pienso por qué no me quedé en casa, pasando las contracciones tranquila, con Andrés y mi vieja, con mis gatos, mirando tele en los descansos. Por qué me dejé apurar, por qué no defendí mis tiempos. ¿Es cierto que Julia estaba ya sufriendo? Nunca lo voy a saber. Porque no me lo explicaron bien, sólo me lo dijeron sin mostrarme nada. Era así. Palabra santa.

Entonces entendí lo importante de exigir un parto respetado. Sin dudas, en mi próximo parto, primero voy a escuchar a mi cuerpo, y después a mi doctor.

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