El hombre bobo

Cuándo estaba embarazada temía morir de pánico ante el hecho inminente de tener un ser humano que yo había creado, que llegaría al mundo y dependería casi completamente de mí. No entendía cómo iba a poder cuidar a un bebé, como toleraría un cambio tan drástico. Y tuve meses y meses para pensarlo, para acostumbrarme al hecho. Sólo que ése ser que se movía adentro de mi panza fue un cuerpo extraño para mí. Como conté antes, si bien quería a la idea de mi hija, la sentía un poco un alien invasor al que no sabía si iba a amar.

Cuando la vi, nos miramos como sin saber quiénes éramos, recuerdo perfecto sus ojos de no entender nada, yo estaba igual. Cuando me la dieron la besé y vaya a saber qué hormona ayudó, pero empezó la sensación de felicidad constante y de ahí al completo enamoramiento que crece día a día.

Antes de parir deseaba que alguien cuidara a mi hija en diciembre para irme una semana de vacaciones sola. ¿Total? Con casi un año está bien dejarla con mi vieja unos días.
Hoy me mato de risa, ni loca la dejo ni siquiera un día entero. Es como si me amputaran algo, no puedo estar alejada de ella demasiado tiempo, apenas mis horas de trabajo o un rato con amigos, pensando, siempre, que en un rato la veré.

Entonces me pregunto: ¿Cómo hacen los hombres que rajan? ¿Qué se les pasa por la mente cuando deciden abandonar de alguna manera a sus niños?
Tiran “necesito aire”, “la rutina me cansa”, “yo esperaba otra cosa de mi vida”, “quiero irme de mochilero a Centroamérica”, “necesito tiempo para asimilar esto de la paternidad” con total naturalidad, como si un hijo fuera un cursito de idiomas al que les da paja ir.
Los hay que escapan sin dejar rastro, emulando a cualquier especie que se les ocurra que acostumbre a reproducirse y abandonar inmediatamente a la hembra para inseminar a otra. hay otros más osados que se quedan a medias: llamando desde lejos, escapando un tiempo a vivir un poco la vida de antes, los fines de semana. Entonces se creen los grandes padres porque están los sábados con su hijito, porque les compran la camiseta del Barcelona y alientan a Messi, porque les pasan más cuota de la que deberían. Después están los que abandonan desde la casa, que siempre tienen laburo que hacer o están demasiado molidos como para levantarse a la noche.

Todo lo que ellos no hacen lo aporta la madre, que no se separa, que nunca tuvo esa opción ni la consideró. Que cambió su vida, que no tiene el mismo cuerpo, que entrega, que vive para su cría.

No lo entiendo y me da pena. Es verdad que a nosotras nos queda el bardo, la panza y la poca vida social. Pero lo que estos hombres se pierden es lo más increíble de tener un hijo: es esa primera sonrisa de la mañana, es la primera vez que hace ese nuevo gesto, es notar que ya se sienta solita, carcajadas jugando con el agua cuando los bañamos. La rutina de criar a ese nuevo ser y aprender de él.

Así que, con todo el amor y el sarcasmo, una servidora les desea a los hombres bobos un feliz día.

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El mar de los padres

El momento donde te despertás de un salto porque sabés que se pasó la hora de tu hijo, que no se despertó a comer, y querés ver que esté bien.

Ahora lo controlo más y doy un par de vueltas en la cama antes de ir a su cuarto a ver si vive.
Lo que no puedo hacer aún es seguir durmiendo. Son las siete y media y se durmió anoche a las diez. ¿Qué pasó con la toma de las cinco y pico? No lo sé, pero me levanté a tocarla y vive.

Este finde lloré con todo. Igual ahora lloro con la publicidad de un jabón para bebés, con la del anses, si veo un viejo con boina, un caballo tirando de un carro, un perro sin amo, bebé con mocos colgando, padres separados de sus hijos y bebés sufriendo directamente se me tuerce el corazón y me tengo que esconder en un baño a llorar desconsoladamente.

No puedo ver películas de gente sufriendo, sobre todo si envuelven a niños o a cincuentones con bigote.
Por más que intento, me convertí en la densa que comenta “ay, sacá eso que es de sufrir”, “en esa muere la chica, no? Cambiá de canal” y que entona las canciones de todos los canales infantiles a toda hora con cara de boba buscando la carcajada de mi hija, hasta no obtenerla no paro y cuando se ríe sigo para ver cuanto dura.

Y después pretendo que alguien piense que soy sexy.

Cada vez me convenzo más de que debo relajarme y disfrutar de este nuevo bando al que pertenecemos los padres, donde a todos nos pasa parecido y está buenísimo que nos riamos de eso. Porque sí, la caca domina nuestra vida, pero después vas a buscar a tu hijo a su camita y te agarra la cara, te sonríe y sentís esa felicidad absoluta que nunca antes habías sentido. O volvés del trabajo corriendo con cara de gil enamorado pensando en cómo te va a recibir.
Así que voto por chapotear, relajados y felices, en el mar de los padres embobados. (a menos, claro, que pase un hombre con boina, ahí se pudre todo).