El parto de Sabiya

Esta mañana me vestí de oficinista porteña porque luego de pasar por el refugio tenía que ir a la corte a poner la cara por el caso del papá de Adeeb y Gulvesh. Resulta que este hombre tuvo una changa como conductor de una camioneta que transportaba carne de vaca, cosa que es ilegal. Él no lo sabía, igual ahora tiene que ir preso.

Cuando llegué al shelter el marido de Sabiya me interceptó desesperado rogándome que subiera, que su mujer tenía problemas con su parto. Cuando llegué  la vi tirada, agotada, el cordón largo la unía a su bebé que estaba a un costado, sobre el piso, apenas envuelta en una tela toda ensangrentada.

Me quedé quieta por unos segundos, observando esa escena que no había visto ni siquiera en mi propio parto, y luego pensé que no pasaba nada, que parir en el refugio es normal para ellos, que no había de qué preocuparse. Pero no, porque el padre estaba gritando y las otras mujeres corrían de acá para allá, y cuando me acerqué a la bebé vi que estaba un poco azul. La toqué y estaba fría.

Bajé los tres pisos corriendo y le dije a las francesas que teníamos que subir a ayudar a la mujer, que no podíamos dejarla sola. En el camino llamé a la ambulancia y nadie contestaba, entonces llamé a Samrita para que siguiera intentando mientras yo veía qué hacer.

Cortamos el cordón? Trataba de recordar todos los programas de Discovery Home and Health que vi sobre mujeres pariendo solas y no recordaba si era mejor cortar con cualquier cosa o dejar así hasta que llegue un médico. Las francesas decían que había que cortar, pero no teníamos ni hilo ni nada y las mujeres que asistieron el parto dijeron que mejor no hacerlo.

En medio de estas preguntas Mangla y Sagri la enderezaban y tiraban del cordón para que saliera la placenta. Una tiraba del cordón y la otra la agarraba de atrás y la sacudía para que reaccionara. Luego de unos segundos la vimos asomar: nunca había visto una placenta, fue asqueroso pero a la vez deseaba que saliera entonces seguía mirando. Mientras miraba como la placenta no terminaba de salir, movía el cuerpo de la bebé para sacarle el frío. Corrí la tela ensangrentada que lo cubría y lo arropé con la remera que tenía en mi cartera.

Finalmente llegó la ambulancia.

No piensen que vino una ambulancia con un médico ni nada de eso, no, es un carromato que transporta seres humanos acostados y el conductor es lo mismo que un taxista, sabe menos que nosotras de medicina.

Subimos a Sabiya y en la calle me encontré con Shalu, una amiga de Samrita que venía a ayudar. Le dije que fuera a la corte, que yo me iba al hospital.

La ambulancia una locura: la mujer con la placenta a medio salir, la bebé encima de ella, el marido sosteniendo a la bebé para que no se cayera, porque ella estaba inconsciente.

Cuando llegamos, enseguida cortaron el cordon umbilical y se llevaron a Sabiya. Los doctores y enfermeras dejaron a la bebé sobre una camilla y se fueron a atender otros casos. Me encontré en esa salita con la bebé apenas cubierta con mi remera y congelada. Salí a preguntar si alguien la iba a atender y me dijeron que estaban todos ocupados, que me fijara si respiraba y que podía agarrar alguna manta de por ahí y cubrirla.

Me cambié los guantes que tenía todos sucios ya por unos lindos y celestes, le saqué mi remera, apoyé a la bebé en la balanza y vi que pesaba 1,6 kilos.  la arropé con dos sabanitas que encontré limpias y la abracé. Era tan chiquita que no podía agarrarla bien, necesitaba de esas sábanas para no sentirme incómoda sosteniendo un cuerpo tan frágil. Recordé cuando tuve en brazos a Julia por primera vez, que no me había resultado tan difícil.

Paseé con la bebé de acá para allá, escuchando como las enfermeras hablaban de la social worker y muchas cosas más en un hindi que no entendí.

Una hora estuve con la bebé en brazos preguntando cuando la llevaríamos a que alguien la revise. Nada. Sabiya había perdido mucha sangre y no estaba bien, la médica me dijo que el marido no se podía mover de su lado, así que la bebé no tenía con quien ir hasta el Kalawati hospital, que está a dos cuadras.

Yo no quería llevarla sola, si algo le pasaba yo sería la responsable. Le rogué a la doctora que me prestara al padre cinco minutos para llegar juntos hasta la guardia de pediatría, luego lo mandaría de vuelta. Accedió y fuimos tan rápido como pudimos. Eran las once de la mañana.

Cómo odio caminar ese último pasillo que me lleva a la guardia. Será porque he visto cosas tan horribles ahí adentro que me da pánico entrar. Esta vez era demasiado importante llegar y no me dejé llevar por ese miedo que normalmente me agarra, crucé a todos los padres con sus hijos enfermos y me metí en el consultorio.

Allí todos me conocen, en cinco minutos la bebé estaba con oxígeno y en una camita con estufa, donde recuperó la temperatura enseguida. Le sacaron sangre y me mandaron a comprar pañales y ropa para abrigarla.

Otra vez estaba vistiendo a una bebe recién nacida. Esta vez no era mi bebé, pero igual era importante, una recién nacida que estaba a mi cuidado. Limpié el meconio y le puse el pañal que le quedaba enorme.

Así paso mi media tarde, entre el Lady Hardinge Hospital para ver a la madre y el Kalawati Hospital para estar con la bebé.

A las tres y pico me avisaron que la madre estaba mal, mandaron al padre a buscar ropa para ella al shelter y dijeron que probablemente necesitara una transfusión pero que no tenían sangre A- asi que estaban buscando un lugar que les done algunas unidades.

A la bebé la admitieron en el segundo piso, donde están todos los bebés recuperándose del dengue, en neo no había lugar. Estuve dos horas para que alguien le pusiera el tubo nasofaringeo, luego me mandaron a comprar agua y un recipiente para que yo le prepare leche de formula, porque todavía la bebé no podía succionar y la madre, inconsciente, no podría hacerse cargo de ella.

Allí fui y vine mil veces, ya sin tanta sonrisa con las enfermeras, quejándome de que la bebé tenia ocho horas de nacida y nadie le pasaba la puta leche por el tubo que tenia en la nariz. Pasé a ver a Sabiya y por quinta vez vi a las mismas parturientas sufrir y quejarse, de a dos por camilla. En un costado una paría y enchastraba a la de al lado. Nada cool ni dulce. Mujeres sufriendo, hacinadas y sin derecho ni a caminar para paliar el dolor de las contracciones. Prometí nunca volver a embarazarme.

A las cuatro de la tarde vino la mamá de Chenna, Sagri, a reemplazarme. Me alegró saber que ya me podía ir de ahí, que la bebé estaría bien y yo a tiempo en casa.

Pero, como era de esperarse, cuando fui a ver como estaba Sabiya la médica me dijo que la sangre que necesitaba la tenía que ir a buscar a la cruz roja. Le dije que ya me iba, que qué pasaba si yo no la podía ir a buscar.

“bueno, si se muere no es nuestra responsabilidad porque nadie trajo la sangre”

Me quería ir de ese antro del horror, odié a todas mis compañeras por estar en sus casas mientras yo estaba ahí anclada de un hospital a otro, sola, sin poder pedir a nadie que me reemplace.

Hablé con Andrés y me dijo lo obvio, si no iba a buscar la sangre la mujer podía morir. No tenia opción.

Fui con los papeles en un rickshaw a la cruz roja y cuando llegué me dijeron que si quería la sangre iba a tener que donar yo mi sangre en ese momento, que era la política de Cruz Roja, llevarse sangre y dejar la propia.

“Mire, si no me da la sangre rompo todo. Agarro un palo y rompo todo”

Me dieron la sangre inmediatamente y corrí al hospital. En el camino me encontré con Sagri, la bebé ya estaba ingresada en neonatología, el marido de Sabiya había vuelto del shelter, todo parecía encaminarse.

Dejé mi número de teléfono, prometí volver mañana a las dos de la tarde.

Llegué a casa pensando que si esto me pasaba hace un año, hubiese necesitado 0,50 de rivotril para asimilar toda la locura del día. En cambio, llegó Andrés de la oficina y nos fuimos a tomar algo con los otros expatriados del barrio.

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Parto

Mamila me venía asustando con el tema dengue, así que tenía que ir sí o sí al defence colony market a comprar repelente, más la carne que no había conseguido más pagar el cable.

Salí con Julia en el carrito otra vez, esta vez tomé el camino que va al mercado y no a la avenida. A las pocas cuadras no sabía para donde ir y cometí el error de preguntarle a unos tipos: “Sorry, defence colony market?” Y me señalaron que siguiera el camino en el que iba. seguí. A las dos cuadras el paisaje había cambiado, arrancaron los edificios hechos pelota, las vacas, las carpas con pibes desnudos jugando en charcos de agua sucia. Me doy vuelta, los tipos seguían ahí y me señalaron que iba bien.

Unas cuadras más y ya era obvio que no iba a llegar a ningún defence colony market. Montañas de basura, mucha gente (poquísimas mujeres) y puestos de comida. Era otro mercado, uno que no aparece en el mapa (vi el cartel y no recuerdo el nombre, voy a volver para averiguarlo).
Ahí estaba yo, vestida occidental y con un cochecito con bebé adentro.
En un momento paré de caminar para ver si Julia estaba bien. Le di un poco de agua y pensé que tenía que cambiar la cara de perdida por una cara de “sí, ando por acá con mi hija, qué problema hay?”
Tenía que averiguar para donde estaba el mercado pero nadie hablaba inglés. No me contestaban cuando les preguntaba. En una veo a tres adolescentes con celulares y les pregunto. Me dicen “left, right, left”.

En la esquina miré para mi izquierda y había un baño público. No tienen puertas, así que ves a todos los tipos meando uno al lado del otro. Miré para la derecha y vi una vaca chorreando sangre. Estaba pariendo. Así como quien no quiere la cosa la vaca con un par de quejidos y en menos de un minuto parió ahí nomás, entre la basura y un puesto de dosas. La sangre mezclada con líquido amniótico salpicó al puestero y a un viejito que no podía más con su vida. Ninguno se inmutó. La escena era parte de su cotidiano, no había por qué sentir nada especial. La vaca lamía al ternero, que no se levantaba. La bocina de un auto rickshaw me devolvió del trance y automáticamente seguí caminando sin mirar atrás. ¿Estaría vivo el ternero? ¿Alguien se iba a mover de su lugar para no enchastrarse con la sangre de la vaca? No lo sé, pero ya quería salir de ahí.
Me sentí una irresponsable por estar perdida en ese lugar con Julia. Sola no hubiese sido nada, pero no puedo exponerla así. Seguro ese mercado se va a convertir en conocido, pero ahora todo me parece tan crudo, tan violento y tan distinto a lo visto en mi vida que me inhibo más fácil.

Hice left Right left, seguí pasando por lugares de la muerte, muy parecidos a lo que se ve en un documental cuando muestran la pobreza en la India. Llegué a Defence Colony Market, compré repelente y en la misma farmacia pregunté si vendían rivotril sin receta. “Yes madam, how many?”

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Cinco meses de vida

Julia es tranquila porque vos sos tranquila y le trasmitís paz.

Eso me dicen cada vez que cuento que mi hija duerme bastante bien de noche y no llora casi nunca.
Otra que me dicen mucho es la del embarazo tranquilo, generalmente lo dice la gente que no me conoce o no me vio durante mi embarazo.

Cuando lo escuchaba antes de parir vaticinaba una bebita llorona e histérica, porque así soy yo, o así era, antes de que me cubriera el halo sedante de la maternidad. Es verdad que cambié mucho, pero durante mi embarazo fui una loca panicosa que no paraba de quejarse y lamentar absolutamente todo.

Como ya conté antes, no planeé el embarazo. Me costó mucho hacerme la idea de ser madre. Me encantaba mi vida como estaba, no me estaba sonando ninguna alarma biológica ni nada del estilo.
Cuando me relajé, un segundo, mi abuela entró en la fase final de su leucemia y con cinco meses de embarazo la acompañé en sus últimas horas, le sostuve la mano hasta que murió. Fue lo más duro que me tocó vivir hasta ese día. Mi abuela querida. No pude irme de su lado porque sentí que era un momento tan difícil el que tenía que atravesar, que irme de esa habitación era algo cobarde. Cuando murió salí y estaba mi viejo totalmente desbordado. Me dijo que no iba a poder superarlo.

Y no pudo.

Ése fin de semana vi a mi padre por última vez. Me llevó al tren, le di un beso así nomás sin sospechar que ya no lo vería más, que iba a morir una semana después de un infarto sin saber que era nieta y no nieto, como me habían dicho. Él quería una nena y soñaba con tenerla con él, cuidarla, hacer la siesta juntos.
Mi viejo murió con 54 años. Tantas cosas no le dije.
Mis otras pérdidas fueron con tiempo, cáncer, que es tan hijo de puta con la persona pero permite a los que se quedan despedirse, hacerse una idea de lo que se viene, recuperar algo del tiempo perdido.
No pude hacer nada de eso con mi padre.
Me dejé cuidar por él como nunca antes durante los poquitos meses que me vio embarazada. Me hacía mi comida preferida, dormía en un colchón a mis pies para que yo durmiera en su lado de la cama, me cuidaba con tanto amor.

Todavía mi cabeza no entiende que Julia no lo va conocer, que él no la ve tan linda y risueña, que no va a sanar todas las heridas de su vida jugando con ella y sintiendo su cariño.

Y es tan triste, una herida que no sana, la tapo para que no se vea.

Tuve ataques de pánico desde que murió mi viejo hasta el nacimiento de Julia y traté de parecer lo más normal que me era posible cuando por dentro estaba desencajada.

Julia nació y es una beba tranquila, dulce, simpática y no llora nunca.

A veces pienso (aunque no debe ser así, pero me gusta pensarlo igual), que ella es la bebita que yo necesitaba, que me trajo la paz y la alegría, que me hizo todo más fácil.

El momento después

Me quedé con ganas de hablar de un momento increíble y es cuando tu bebé acaba de salir de la panza. Ya sea como en mi caso, por cesárea, o por parto normal, creo que debe ser lo mismo.

Cuando te separás de tu hijo por primera vez. Y ya no importa absolutamente nada si te abrieron y cómo te coserán, si tenés episiotomía, que falta la placenta, que la sangre, nada. De pronto vos no sos más importante y todo lo que importa en tu mundo está envueltito ahí, en los brazos de la enfermera.

A mí me la acercaron y me dijeron “dale un besito” y yo hice caso y la besé, sin pensar demasiado, sin llorar, sin entender nada. Cuando se la llevaron recuerdo que lo único que quería era saber que estuviera bien y sana y tenerla de vuelta.

Más allá de conectar o no al toque, de amarlo o de no entender nada, es algo primario, animal: te importa más que tu propia vida. Y te incorporás, y podés todo gracias a que tu cuerpo, todo tu organismo está trabajando para que vos cuides a ese ser que sin vos se muere.
Yo estuve tres días sin dormir, extasiada, feliz, nunca tuve mejor humor en mi vida.

¿Cómo vivieron ese momento ustedes?

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El chascoparto

Elegimos una obstetra que era un amor, pero con mil pacientes. Nos recomendó hacer un curso preparto más largo del que cubría la obra social, para conocer mejor a las parteras. Conocimos a tres, nos parecieron copadas y, al menos a mí, me transmitían seguridad.

Era el día D. Siete de enero. El día de la fecha probable de parto. Arranqué con contracciones fuertes mientras compraba dos kilos de helado. Pedía los gustos más cochinos entre contracción y contracción.
Esa tarde a las cinco tenía obstetra. Cuando llegué y me revisó, me dijo que tenía dos centímetros de dilatación. ¿Es suficiente como para salir corriendo a la clínica? No. Igual ella me mandó a hacerme un monitoreo y me dijo que probablemente Julia se venía en pocas horas.

Llegué a la clínica y el monitoreo daba contracciones de trabajo de parto. Ya me podía quedar internada. Llamé a mi partera, no atendía.

No podíamos internarnos sin mi partera, así que pasaba las contracciones en el hall de la Trinidad. Y no, no es un lugar cómodo para relajarse y respirar. Cuarenta minutos después llego una chica que no pasaba los ventipico y no sólo no era ninguna de las parteras que conocí sino que nunca había oído de ella. La vi y sentí que estaba sola. No había chance de que me sintiera cómoda con ella. Estaba más perdida que yo.

Y así ingresé a la sala de preparto y conmigo cuarenta personas que iban y venían, me tenían atada, monitoreando a Julia, pero con esa excusa yo ni moverme podía cuando venían las contracciones. Iban y venían, yo no podía siquiera incorporarme ante cada contracción. me retorcía en la camilla. La partera me hizo tacto. Seguía con dos centímetros.

No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que tipo diez de la noche llegó mi obstetra y otra vez tacto: “seguís con dos centímetros, bueno, esto no avanza, y la gordita ya está molesta, yo recomiendo cesárea, si no capaz estás toda la noche y no dilatás, viste”

Y acepté. Y me arrepentí a los cinco minutos, pero ya me estaban abriendo al medio.

En menos de quince minutos estaba viendo a Julia saliendo de mi panza. Y si, fue lindo, me bajaron la tela para que la vea salir.

Pero me quedé con la sensación de que estaban todos chochos por haber terminado de laburar a las diez y media y poder irse a su casa.

En ese momento me dediqué a disfrutar, pero ahora, que pasaron meses, pienso por qué no me quedé en casa, pasando las contracciones tranquila, con Andrés y mi vieja, con mis gatos, mirando tele en los descansos. Por qué me dejé apurar, por qué no defendí mis tiempos. ¿Es cierto que Julia estaba ya sufriendo? Nunca lo voy a saber. Porque no me lo explicaron bien, sólo me lo dijeron sin mostrarme nada. Era así. Palabra santa.

Entonces entendí lo importante de exigir un parto respetado. Sin dudas, en mi próximo parto, primero voy a escuchar a mi cuerpo, y después a mi doctor.