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Me empecé a sentir mal a eso de las cinco de la tarde y sé lo adjudiqué al calor y a haber ido y venido con Julia en la tela con sus trece kilos y poco.

Una hora más tarde había vomitado tres veces sin nada en el estómago: esto no se va a pasar ya. Tirada en el sillón, con Julia revoloteando alrededor pensé en llamar a un médico a domicilio, pero enseguida me di cuenta de que necesitaría una vía, reliveran, buscapina algo rápido que me saque ese malestar y me devuelva a mis tareas maternales.

Julia iba y venía y cuando reparaba en mí se acercaba, me daba un beso, me acariciaba y seguía jugando. De a ratos se enojaba y me trataba de levantar, llorando y haciendo capricho.

Me levanté a llamar a la emergencia y mientras hablaba con la chica y me decía que no iban a poder hacer mucho por mi antes de las cuatro horas, Julia llegaba a un nuevo récord y tiraba un vaso que estaba -hasta ese momento- en un lugar seguro. Corté el teléfono, la saqué de ahí y la encerré en el baño para preparar todo y rajar al cemic. Cuando tenía todo casi listo y me arrastraba de dolor escucho un ruido: Julia había roto un esmalte contra el piso. Todo desparramado y vidriecitos.

Nos fuimos.

Llegué al cemic fantasmeando por la calle, parecía un zombie. Me detuve en las escaleras: no había rampa de acceso. No lo pensé, cargué el carro con hija y todo y subí los veintipico escalones bajo la mirada del chico de seguridad. Ya me sentía una heroína soportando el dolor y haciéndome cargo de todo.
Me dijeron una hora y media de espera en la guardia. Dije que ok, que no tenía otra opción y liberé al monstruo. Diez minutos después escucho mi nombre: era mi turno.

Entré con Julia atada al cochecito, la doctora me revisó y Julia lloraba desde un rincón del consultorio. Me dijo: -tenes a alguien que venga por tu hija? No te puedo poner una vía así, con ella llorando.

Le dije que estaban viniendo, que por favor me pusiera la vía que me sentía mal y no daba más. Me dijo que sí, que vomitara en el cubo y se fue.

Julia no paraba de llorar, de querer zafarse. Yo le cantaba la canción de los miquitos y le tocaba la pierna, pero no había caso. Si paraba de cantar, al menos un segundo, se escuchaban los alaridos. Entró la enfermera, me puso la vía, le dio una galletita a Julia y se fue. Yo ya no podía más. En un momento me cansé de escucharla llorar, me levanté y la saqué del cochecito. Se pegó a mí y dejó de llorar. Me daba palmaditas en la espalda con una mano y con la otra comía la galleta. Me acariciaba mientras yo vomitaba. Aquello era tremendo pero de lo más tierno.

Me quedé así, jugando, soportando el dolor que antes me hubiese tenido retorciendome y quejándome. Me veía a mi misma cantando y dando vueltas por el consultorio con los cables colgando, Julia sin un zapato, pasada de pis, excitada, aquello era tragicómico.

Cuando quería flaquear pensaba en las mujeres solas de todo el mundo que estaban en peor situación que yo. Que valientes eran. Me emocioné pensando en como nunca salimos de este nuevo rol, que hasta el peor momento hay que vivirlo siendo madre.

En eso me distraigo, escuché un ruido familiar. La puerta se abre despacio y la veo, ahí, asomándose, siempre tan delicada. Mi madre había llegado corriendo, apurada, a socorrerme. Y ahí me solté y pude volver a pensar en mí. Ya estaba con mi madre.

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