Suspiro Limeño

Me subí al avión contenta porque el clima estaba hermoso, el día soleado y mi despedida de buenos aires se dio tranquila. Vi mucho a mis amigas, pude pasar algo de tiempo con mi familia y si bien no hice mucha vida social por afuera de mi círculo íntimo, es lo que se puede con una hija de dos años. Aparte me da paja quejarme.

Ahora, con mi actitud viajeronoturista y todoestábien, creo que disfruté, aprendí y lo que no pude hacer lo haré la vez siguiente y chau.

Nos sentamos en nuestros asientos y en la ventanilla vimos a nuestra compañera de viaje, Rosario. Me sorprendió que en vez de poner cara de culo por ver que tendría que soportar patadas de una infante durante todo el dia, estaba super sonriente y no parecíamos molestarla.

Enseguida me dio charla y me contó que era su segunda vez en un avión. La primera había sido unas horas antes, desde Lima a Ezeiza. Su destino final era Madrid.

Le dije que Madrid era hermoso pues Andrés me contó y que seguro se iba a enamorar de Europa (?)

– voy sólo por unos días, el dos de marzo tengo que estar de vuelta en Lima.

Enseguida pensé que tenía los intestinos repletos de falopa, pero la veía tan serena que me incliné a que tal vez se pensaba quedar en Madrid (a hacer qué no sé pues España está un poco como el orto). Obvio no le pregunté por qué hacía semejante viaje para estar tan pocos días sino que hablamos de cualquier cosa mientras yo comenzaba a pensar que el avión se iba a caer y demas demencias que me suceden cuando viajo.

Ella completamente tranquila sacando fotos mientras yo repetía que ésta sería mi última vez, que las medidas de seguridad son al pedo porque si algo falla terminaríamos en el fondo del mar y que seguro éste es el avión que se cae etc.

Saqué mi cofre de la felicidad, corté 0.25 de la pastilla de rivotril de 2mg que mi santa madre me había tan gentilmente cedido y me la dispensé con un trago de agua. “querés un pedacito?” le dije y fue la primera de las veinte veces que le ofrecería fina y rica golosina de clona. Todas las veces me dijo que no y en una de ellas me contó la razón:

Resulta que a la pobre Rosario la revisaron cuatro veces al llegar a Ezeiza. Cuatro. No sólo le abrieron el bolso y sacaron una por una todas sus cosas sino que la dejaron en bombacha en una oficina mientras controlaban meticulosamente su ropa.

Entonces, dijo, no quería que la pastilla la hiciera hablar medio rara o ZEZEAR pues temía que eso la perjudicara.

A medida que pasaban las horas y yo practicaba yoga ashtanga y meditación guiada para no estrolar la cabeza de julia contra la ventana, nuestra amiga altiplana se ponía más y más nerviosa. No quiso comer nada y tampoco ver película. Cerraba los ojos y rezaba.

“Eres devota de algún santo?”

“sí, de San Carlos Darwin”

“ah, nunca escuché de ese santo, en Perú no se le conoce”.

Pasaban las horas y Rosario rezaba y lloraba. Yo le ofrecía clona y le hacía repetir el discurso que habíamos preparado para la llegada a Madrid y al terror mayor: migraciones.

Ella ya venía con discurso preparado, que su tío le había comprado el pasaje como regalo por su cumpleaños número 21.

Yo le conté que la primera vez que pasé por migraciones con mi pasaporte recién hecho y sin un puto sello me trataron mal y yo le dije al oficial “a mi no me interesa quedarme en este país, odio europa, yo soy latinoamericana. aparte para qué me quedaría en España si ustedes están peor que nosotros”. El tipo me selló el pasaporte y me dijo “te lo sello para que te calles”.

Le aconsejé que no sea prepotente como lo fui yo -pues todavía desconozco cómo el español ese no me propinó una golpiza- pero que tampoco vaya demasiado sumisa pues se caería de maduro que algo raro había.

Le corté un poquito de rivo y le dije que ante los nervios podía tomarlo, que no la iba a hacer sentir rara mas sí muy segura y tranquila. Me agradeció y lo escondió en un paquete de pastillas.

Cuando estábamos por llegar fue al baño y una boliviana que estaba adelante nuestro me dijo casi al oído:

“no va a pasar migraciones. es muy tonta su familia, todos sabemos que Madrid es el filtro mayor. Tendría que haber llegado a Roma, en Roma pasaba, no controlan nada. Después se iba a Madrid en bus y chau. No va a pasar, la van a mandar de vuelta”.

Se me estrujó el corazón.

Mientras terminaba de hablar con la boliviana ella volvía del baño sonriente. Me dijo que se sentía mejor, más segura, que le había hecho bien viajar con nosotras.

La dejé en la zona de pasajeros en tránsito y cuando nos abrazamos me dijo “no te conté, pero este es mi pasaporte a una vida mejor, estoy muy contenta, deseame suerte”.

Me tuve que contener la emoción, le dije que todo estaría bien y que anduviera segura.

Nos saludamos mientras se perdía entre la gente subiendo la escalera mecánica.

Ojalá.

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gorda reflexiones

Hace tiempo, en el blog de un viajeronoturista, leí un post sobre la depresión post viaje. Básicamente cuenta que cuando volvés a casa luego de meses o años de estar lejos, te sentís raro, incómodo y con leves ganas de darte un escopetazo.

No es que me sienta así ahora, pero los primeros días fueron muy raros. Como ya dije, caminaba por las calles que eran mías y que adoraba y me sentía una extraña. Eso. Sentirme una extraña en Buenos Aires es triste. Sobre todo porque Delhi es hoy mi casa pero tampoco es del todo mi ciudad. Entonces eso me deja automaticamente sin un lugar que sea mío.

Creo que por eso hay gente que te dice que es “ciudadana del mundo” y como bien dice Sandy te los querés comer crudos, pero entiendo que hay algo de verdad en eso. Andrés tampoco tiene una ciudad, mi amigo Joey menos. Deambulan por el mundo, van donde haya trabajo o algo que les interese conocer y no se pueden quedar mucho tiempo en nunguna parte.

¿Quiero eso para mi vida? No lo sé. En Delhi no me voy a quedar a vivir, pero sé que si elijo volver a Argentina ya no voy a ser la misma Agos que se fue ese junio de 2014, ya soy otra, con ganas de ver cosas nuevas todo el tiempo, de moverme, de viajar. Ya no sé si pueda vivir en una casa grande con mi familia y un perro. Una casa armada con tiempo, con detalles, con muebles lindos y mil adornos como hace la gente que se queda en un lugar.

Sin dudas la vida nómada te da muchas satisfacciones. Eso de salir de tu casa y tener la certeza de que vas a vivir cosas emocionantes, distintas, complicadas y únicas es bastante adictivo una vez que pasó el miedo y rechazo inicial.

Pero yo soy muy gorda amigos y me aterra ir perdiéndolos. Y esta vida es de constantes pérdidas. Vivís despidiéndote. Llegás a un lugar y sabés que a Pepita le quedan seis meses así que tampoco da que te hagas super amiga, Juancito se queda dos años igual que vos así que hay que armar amistad aunque sea de la secta Los Niños de Dios y no tengas nada en común. Y Menganita se va el mes que viene así que casi que mejor ni la veo. Todo así.

Por suerte si algo he aprendido con el timpo es que todo pasa, las cosas se dan como se tienen que dar y que, al final, (al menos que esté en roma a punto de viajar para buenos aires que siempre se me muere un pariente) las cosas salen bien.

Al fin y al cabo ya estoy en esto. Ya no puedo volver atrás. Crucé la línea esa de la que hablan los viajerosnoturistas. Ahora sólo queda mirar para adelante y disfrutar de todo lo que me da está nueva vida y aprovechar que aunque me siento un poco extraña en buenos aires, gracias a los audios de whatsapp y a mi twitter querido, con mi familia y amigos no ha pasado ni un día.

Anoche tenía que despedirme de mi familia y me sentí tan bajón que finalmente accedí a tomarme 0.25 de rivotril. Veinte minutos después mi vida era una fiesta, todo fluía y el mundo era hermoso y fácil. Dormí plácidamente y cuando desperté me encontré con una foto de mi compañera de Motia Khan, Sophie,  nacida en congo, con padres belgas y que desde que se casó ha vivido de país en país. Inmediatamente recordé lo que siempre me dice, que esta vida es genial si te lo tomás con humor y alegría. Así que, como dice la ohlalá, voy a soltar, a relajarme y que sea lo que la vida quiera.

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lo que creció chennita no tiene nombre. es por la pichicata que le estamos dando.

PD: Ya conocí a muchos lectores que estuvieron en casa o que encontré por ahí y ya tienen su calendario. Gracias a todos por la buenísima onda. Aun quedan calendarios así que hay tiempo de pedirlos escribiendo a labonaerense@gmail.com. Todo lo que recaudemos con los calendarios que venda acá en argentina será destinado a la guardería de Motia Khan, para que los bebés y niñitas como Chenna tengan un lugar de juego y cuidados mientras sus hermanos estudian.

Desahogo

Me senté en el sillón blanco de mi suegra a jugar con Julia y a esperar que se hiciera la hora de salir al aeropuerto. No podía disfrutar del todo porque me esperaban catorce horas en un avión con mi hija de dos años. Mi hija particularmente rompebolas.

Ya había ido a Tiger a comprar los regalitos que me faltaban, ya había pasado por Sephora a por el pintacejas para imitar las cejas tupidas de las indias. Estaba todo bien.

En eso veo que mi hermano me escribe por whatsapp un “Gor, estás?”

Cada vez que mi hermano me escribe un Gor Estás? es porque o bien un integrante de mi familia está en terapia intensiva o bien ya feneció.

Escuché su audio pensando que iba a llegar el momento donde me dijera “nah, mentira”, pero ese momento nunca llegó. Mi abuela estaba grave y había que operarla de urgencia.

Parecía un chiste. Estaba yo sentada en el mismo sillón de la misma casa donde hace dos años me enteré -también por mi hermano- de que mi viejo estaba muerto.

Me qudé sin poder llorar ni hablar con nadie. Sin poder terminar la valija. La leche de Julia hervía en el fuego y yo ni cuenta que me di. Unos minutos más tarde otro audio y ya la abuela se había ido.

Otra vez. Otra vez la distacia me impedía despedirme de mi abuela como me había pasado ya con mi viejo. Otra vez catorce horas de avión sin entender cómo fue que quedamos tan pocos en cuestión de dos años.

Llegué al aeropuerto llena de bronca pero sin llorar. Tampoco es que podía soltarme mucho con una niña de dos años que sólo quiere jugar y correr.

El viaje fue un infierno. No sé cómo hice para entretener durante nueve horas a Julia. En un momento me venció el sueño y cuando  abrí los ojos ella ya no estaba. Salí corriendo y la encontré en primera clase, sacándole las medias a un gordo que babeaba la almohada.

Cuando llegamos decidí que no quería verla y que no iba a llorar. No tenía ganas de nienguna de las dos cosas.

Me dormí temprano y al otro día salí a tomarme el tren para Capital.

Qué espantoso sentirse raro entre lo conocido. Estaba en ese tren que tomé tantas veces durante toda mi vida e igual me sentía una extraña. Sonaba Arjona de fondo y un pibe sudado se tropezó y se me vino encima con todo y superpancho y me manchó la pollera. Yo cerré los ojos y tarareé una canción india. Sí, me sentía una extraña en mi tren, en mi Provincia de Buenos Aires, en mi país.

Me bajé en Once y mi cabeza estaba por estallar. ¿Cómo es que ese antro de perdición alguna vez me pareció cosmopolita e interesante? Es muy horrendo y gris. Y sí, claro que Delhi es peor, pero Delhi es nuevo y diferente a todo lo que haya conocido. Esto era feo y repetido. Sin gracia. Entonces empecé a caminar hacia la casa de mi amiga Nati pensando para qué había venido, que no estaba lista para ver a nadie.

Cuando estaba por llegar a Corrientes vi al mismo viejo que hace años y años lustra botas en la esquina. Tenía la mirada cansada, pero aún así me reconoció y movió la cabeza a modo de saludo. “que tal mihijita” Me dijo, y ese fue el golpe de gracia.  Lo saludé, terminé de cruzar la avenida y me agaché contra una pared mugrienta. Me acomodé, apoyé la mochila en el piso y me tapé la cara con las palmas, así como para llorar a todo culo. Que alivio sentí. Lloré al viejo hecho mierda, lloré a mi abuela, lloré la injusticia de mi padre muerto y lloré por sentirme una extraña en Mi buenos aires querido. Lloré con ruido aprovechando la impunidad que sólo Once a la noche puede dar.

Cuando terminé me puse de pie y seguí caminando hasta llegar a la casa de mi amiga. Me abrió la puerta mi Pacita y nos abrazamos como si no hubiese pasado ni un día, ni la india ni ninguna muerte.

ahí, en ese preciso momento, sentí que había llegado a casa.

Ser padres hoy / Hong Kong con hija de dos

Llegamos a Hong Kong el sábado a la mañana y apenas me senté en un banco a esperar las valijas me encontré con una lata de leche.

De todas las ciudades que conozco, ésta es la más opuesta a Delhi: ordenada, limpia, sin pobres, silenciosa, tímida. Uno camina por las calles de Hong Kong y desearía quedarse a vivir. No sé si eso pasa en Delhi, al menos no si te quedás pocos días, en general querés huir despavorido, llorar, sacar un pasaje a Suecia y olvidar que India existe en el mapa.

Cuestión que acá estamos y la estamos pasando genial. En otro post les contaré especialmente las curiosidades de este lugar porque hay miles, pero hoy hablaré de nuestra jornada en Disneyland y Kaoloon.

A las diez de la mañana salimos bañados y listos a tomarnos el bondi que nos deja en la estación de subte. Ni hablar que el bondi llega a horario y está más limpio que nosotros. El subte lo mismo. No te dejan comer ni tomar ni absolutamente nada en ningún transporte público. Tampoco se puede fumar en casi ningún lado.

Sigo.

Llegamos a Disneyland y apenas cruzamos la puerta vimos un tsunami de adultos sacados pidiéndole autógrafos a mickey como si el ratón fuera verdadero y no un chino disfrazado. Yo no sé qué le ocurre a esta gente pero el 80% de los adultos se habia comprado todo el merchandising disponible en el parque y se sacaban fotos desesperados con cuanto macaco encontraban.

Julia ya demostraba signos de desgano y en el único momento que esbozó una mínima sonrisa fue luego de comernos 30 minutos de cola para sacarnos foto con el ratón mickey.

Los juegos estaban buenos pero para julia era lo mismo sentarse en las tazas locas que ver el canal rural, así que pronto decidimos que mejor la dormíamos y comíamos algo.

El choque de vivir en un país donde la excepción es comer carne a venir acá, donde se comen ABSOLUTAMENTE TODO SER VIVO QUE SE LES CRUZA, es fuerte. Todos los platos llevan carne. Hasta el plato vegetariano viene en una base de caldo de pescado. Esta gente es tremenda. Me extraña que conserven a sus mascotas vivas. Así como uno puede comprarse un paquete de papas fritas o galletitas dulces ellos manducan una pata de pavo al paso. O calamar prensado. También les gusta comer patas de gallina en sangre de pato, ponele. Y mucho intestino. Lo más lindo es que no les importa camuflar nada, acá te muestran el pollo con la cabeza y le enchufan un tomate seco en la boca a modo de lengua afuera. Y en los mercados podés sentarte en unos antros de perdición llenos de palanganas con agua donde elegís el bicho que querés y lo matan ahí a la vista para cocinártelo. En fin, la estoy pasando un poco como el orto en materia de comida.

Volviendo a disney, después del cuarto o quinto juego que Julia ignoró olímpicamente la bajamos del Mei tai (nuestra salvación, compren uno si su hijo es como julia que no usa cochecito) y la dejamos que hiciera lo que quisiera. ¿fue a abrazar a la cenicienta? ¿a la zona de Toy Story a treparse al señor cara de papa? No, mi hija se puso a jugar con los tachos de basura. Semejante parque y ella muerta de risa abriendo y cerrando tooodos los tachos que se iba encontrando.

En fin, después de un rato de elegir juegos que nos interesaran a nosotros, emprendimos la retirada junto con 100000 chinos.

Y ahí arrancó el desastre.

Cuando nos subimos al subte le dimos el ipad a julia para que no nos rompiera las pelotas y en la combinación, cuando lo guardamos para cambiarnos de tren, se desató un berrinche sin precedentes que quedará en los anales de nuestra historia. El subte lleno y Julia llorando, pegándonos, pataleando y pegando unos alaridos que además de quererla revolear por la ventana nos moríamos de verguenza. NADA la calmaba. nada. Ni yo, ni cantarle, ni dejarla tranquila. Cuando la dejábamos en el piso se retorcía como poseída sólo para luego levantarse a darnos patadas. Chucky el muñeco asesino era Gandhi en comparación.

La gente nos miraba de reojo pues los niños de acá son muy juiciosos. Nosotros aguantando.

Un rato después, cuando pasó la tormenta, Julia arrancó con sus chistes y sus imitaciones como si nada hubiese pasado. Nosotros pensamos en volver al hotel pero decidimos que no, que no nos íbamos a rendir tan fácil. seguimos viaje hasta Kowloon, donde subimos al piso 101 de un edificio para comer en uno de los tres restaurantes que tienen vista al skyline de hong kong. Imaginen lo lujosos que son esos restaurantes y ahora imaginen lo andrajosos que estábamos nosotros luego de un día de acá para allá y el reciente berrinche. Obvio dos restaurantes nos dijeron que no había lugar y el tercero no la careteó y alegó que no aceptaban niños.

Ustedes pensaron que nos volvimos al hotel? No, preguntamos a todo ser humano que se nos cruzó y luego de que 999 no entendieran inglés, uno nos díjo dónde podíamos ver el show de luces y el skyline y allí fuimos. Lo vimos y luego subte de nuevo hasta Mong Kok donde comimos y nos volvimos al hotel en bondi.

LLegamos hace un rato, después de casi 13 horas afuera, y estoy escribiendo mientras Andrés y Julia duermen. Tener un hijo de dos años no es fácil, irse de vacaciones con tu hijo de dos años es más difícil que no irse. Lo bueno es que nos fuimos, lo bueno es que caminamos 13 horas y que volveremos llenos de anécdotas graciosas, penosas, divertidas. Lo bueno es que somos padres juntos.

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latita de leche

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elige tu propia cena

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tenes treinta años, mami

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pidiendole autografo a un muñeco de felpa

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máxima diversión en las tazas locas

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julia jugando con los tachos de basura

Motia Khan, Roma y reflexiones de gorda ciclotímica.

Escribo desde el maravilloso living de mi suegra en Roma. No tenía muchas ganas de venir, pero ahora siento que estoy en el paraíso y que Delhi es como la película “Los juegos del hambre” pero real. Lo noto en el clima: más benevolente y fresco. El cielo: celeste sin la capa de contaminación que vuelve todo grisáceo y brumoso. Las calles: limpias y sin gente sufriendo en cada esquina. La gente se te acerca para preguntarte una calle, no para pedirte comida mostrándote alguna deformidad. Después me pregunto por qué tengo ataques de angustia donde pienso demasiado en cosas negativas. Obvio, vivo en una ciudad donde todo es dolor, esfuerzo físico y carencias. Una ciudad donde no se esconden las miserias, están a la vista y si tenés la suerte de no padecerlas, igual te arruinan cualquier pensamiento positivo, momento de espiritualidad y clase de yoga.

Ahora bien, siguiendo con el experimento, noto que acá vuelven el mal humor y la queja. No como antes de vivir en India, pero aparecen por momentos. Si en India soy zen y paciente, acá me peleo en la cola del supermercado porque una zorra tardona me hizo perder tiempo charlando con la cajera.

Otra cosa que siento: necesito cosas. Quiero un labial, unas cremitas y cortarme el pelo, remeras de colores, un pantalón y vestiditos. También zapatos.

En Delhi no sólo no compro nada sino que tengo mucho más de lo que necesito y créanme que tengo no más de seis mudas de ropa. Por eso en mis fotos siempre salgo con la camisa amarilla, porque sólo tengo dos camisas, chicos.

Roma es mucho menos hostil que Delhi, así que me siento como en casa. En Delhi hay que luchar por hacerse entender, por que no te cobren de más por ser blanca, por no llevarte a tu casa cinco niños cada día, no morir aplastada por un vehículo y hay que seguir adelante a pesar de todo lo malo que uno ve y que está naturalizado en la sociedad.

No soy muy amiga del relativismo cultural, si por mi fuera saldría con un hacha a matar vacas para darle de comer a todos los niños y ancianos hambrientos, pero debo reconocer que la cantinela que pregonaba toda oronda “no podría vivir en Roma, necesito caos y desastre, Europa no es el mundo real” me lo banco hasta por ahí nomás. O sea, hasta un Latinoamérica salgo airosa, ya Asia me viene pasando por arriba.

Entonces, igual pienso en Delhi como mi casa, sólo que sé que falta tiempo para acostumbrarme. Todavía me cuesta y si bien el aprendizaje es impagable, es un golpe a la salud mental. Tiempo al tiempo.

La semana pasada no pude hacer el post sobre Motia Khan, pero fui martes y miércoles y me gustó mucho. Lo que hacemos básicamente es ir hasta uno de los refugios -que son edificios ocupados por familias muy pobres donde hay de todo, desde cyclerickshaw pullers hasta gente que vive de mendigar en las esquinas- entramos en una sala que está limpia y dejamos pasar a una fila de niños, madres con bebés y embarazadas y les damos vitaminas, calcio y un desayuno nutritivo. También nos cuentan si les duele algo y en tal caso vemos si podemos aliviar el dolor o limpiar heridas etc. Es muy tierno verlos en la fila mostrando un dedo con un tajo que casi ni se ve, nosotras igual limpiamos el dedo y lo tratamos como si fuese algo de cuidado. Hay desnutrición, parásitos, no van a la escuela, hacen sus necesidades donde duermen y muchas de las madres se drogan, lo que hace que sus bebés también sean adictos o, si no lo son, padezcan las consecuencias en falta de alimento, enfermedades relacionadas con la falta de higiene y demás. Caos. Más de uno saldría corriendo. Pero por suerte nosotras no y la idea es ir cinco veces por semana y de a poco, cuando los vayamos recuperando, poder repartir kits de higiene y enseñarles cómo y cuándo deben asearse y más adelante vendrá la escuela o las clases ahí mismo. Me entusiasma formar parte del equipo porque en las dos veces que fui me enamoré de los chicos y sobre todo de una que me tocó desparasitar el miércoles. La tuve a upa un rato largo y cómo se aferraba a mí me partió el corazón. Prometí conseguirle ropa y encargarme de que se sintiera mejor. En fin, algo de eso es Motia Khan. Eso y francesas que hablan rapidísimo.

Alta vista del Vesubio en Nápoles.

Alta vista del Vesubio en Nápoles.

el refugio en Motia Khan

el refugio en Motia Khan. 

Primeras horas en New Delhi

Llegamos a la una y pico de la mañana. Salimos del aeropuerto y el calor y humedad eran inaguantables. El chofer que nos lleva no habla inglés. Miro por la ventanilla y sólo veo carretera rodeada de nada. Me entretengo con los camiones y los conductores, todos son flaquísimos. Manejan tan mal que me agarro del asiento. Llegamos al barrio vecino a defence colony y es comparable con algún barrio pobre del conurbano bonaerense. Muchos negocios sucios, puestos que dicen “family restaurant” y les juro que poco tienen de familiar y de restaurant. Cablerío, mugre, basura por todos lados.
la casa es grande, primer piso, habitaciones amplias y hay ventiladores y aires acondicionados. Mientras se enfría una cerveza que trajimos aviso que llegué bien con el 3G que me queda en el teléfono romano. Todo sé siente rarísimo. El shock de venir de la perfección de Roma, la decoración ridícula de la casa, el calor agobiante. Mi amiga Josefina me dice “la noche para llegar a cualquier lado siempre es un poco hostil”.
Tomamos la cerveza, brindamos por la llegada a la India y caemos rendidos los tres.

10am
Acabo de salir al balcón de nuestra casa y el calor casi me desmaya. Prendí un cigarrillo mientras miraba la calle: hombres en bicicleta vendiendo cosas, camionetitas chatarra con garrafas, mujeres caminando con paraguas, ardillas.
Cada auto estacionado tiene un humano que le saca brilló una y otra vez. Supongo que serán los choferes.
Enfrente al edificio donde vivimos hay una mujer y un hombre con dos planchas que parecen pesadísimas planchando pilas inmensas de ropa. Pararon la planchada para mirarme y no supe si saludar o qué. En la entrada hay una mujer vestida con saree amarillo limpiando encorvada con una escoba que no barre nada. Junta tierra y la tira afuera del portón, a la calle. Le alcanzaría una pala.

No tengo rupias aún, tampoco wifi. Mi hija duerme y me siento rarísima. Quisiera salir a pasear por el barrio pero no me da el cuerpo, el calor y el cansancio del viaje me tienen tirada en un sillón sin poder ni desarmar las valijas. Al menos me bañé.


16/7 New delhi día dos:

Hoy todo esta mucho mejor. Ya tengo rupias, ya fuimos a comprar las cosas que nos faltaban y ya está mamila. Mamila es la housekeeper. No la pedimos, viene incluido en el paquete con la casa. Habla poco inglés pero entiende si le hablo despacio, imaginen lo que son nuestras conversaciones. – sori, vats yo good name again? U vant cari rais fo dina, yes?

Entre mamila y vijay (el que vino a arreglar el aire) decidieron que mi nombre no es nada fácil de pronunciar y que Agos tampoco sirve, sin embargo Tina es perfecto. Bueno, nunca en la vida me habían llamado así, tampoco nunca en la vida había estado en india así que acepto.

A pesar del calor abrasador decidí ir a comprar ropa más adecuada a los estándares indios. Así que caminé con Julia en brazos hasta una especie de avenida y paré un auto rickshaw.
“Lajpat Nagar how much?” “Fifty rupees” “OK” y nos subimos. Cero poder de negociación, ya sé, pero no quiero presionar mi capacidad de adaptación y no me gusta regatear. Sé que debo aprender estando acá, pero bueno, de a poco, aparte 50 rupias son más o menos un dólar, por un viaje de como quince minutos.
Sea el barrio lindo o feo por todos lados hay gente pidiendo o solamente tirada vendiendo algo o haciendo nada a los costados de la calle y sobre todo en las esquinas. Cuando para el rickshaw se vienen encima y te quieren vender de todo o piden rupias. Es tremendo, muy difícil de soportar. Bebés de la edad de Julia tirados en la calle a centímetros de autos y camiones. Igual es para hablar más en profundidad, más adelante. Todavía ni yo misma sé qué siento al respecto.
Llegamos a Lajpat Nagar y es una especie de Ciudad del Este. Compré un saree y una camisa larga que no recuerdo el nombre. Acá sí tuve que regatear porque me querían vender unas telas todas llenas de piedras de Rs12000. ésta, papi, soy occidental pero no millonaria.
Volví en otro rickshaw q me cobró lo mismo que de ida. Mamila tenía lista la comida, un arroz con curri riquísimo y unas chauchas cocidas con manteca y especias de otro mundo. ya comimos en la calle anoche y el wrap no picante picó tanto que casi fenezco. Lo bueno es que te saca el hambre. Aleluya.

Tengo mil cosas más que contar, tanto me paso en sólo dos días. Ya estoy ducha con los rickshaws así que nos vamos a lodi gardens. Rezaré a lord ganesh para que a mi vuelta haya wifi.

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Limbo

Ya tenemos pasajes: el lunes catorce de julio a la noche vamos a estar en Delhi.

Las despedidas fueron difíciles. Odio despedirme pero también sé que no se puede uno esfumar mágicamente. Entonces aprender a disfrutar de las despedidas también.

El viaje en avión fue un infierno. No sólo no pude dormir más de una hora de las trece sino que ni siquiera fue una hora de corrido. Para que julia durmiera y no se quejara tenía que ocupar los dos asientos, toda despatarrada como le gusta dormir a ella. Y bueno, yo me acomodaba en un rincón en el mejor de los casos o en el piso. Así trece interminables horas. ‘Entretener a un bebé de año y medio en el avión’ puede ser perfectamente un curso de verano. Gracias al dios iPad pude cruzar palabras con otros argentinos: “te vas a la India?? Qué looooco” “estas loca, con una bebé, no sabes lo que es, mi tía fue y se volvió antes” “yo ni looooco”

Bueno, vos ni loco, gordo abominable, yo de mil amores.

Ahora estamos en Italia, Julia ya pasó la primera semana de adaptación que también fue difícil. Cuestión que yo también me adapté y me quedaría a vivir en este país exageradamente hermoso, sólo que me traería a mis amigos y a mi familia.

Estos días de paraíso me desdibujan un poco la ansiedad por llegar a India. Tengo un poco de miedo, pero no del que paraliza.

En seis días sale el avión que nos lleva a Delhi. Vamos a llegar a medianoche. Entonces nos iremos en taxi a nuestra nueva casa. Muy raro llegar de noche a una ciudad desconocida de un país desconocido y entrar a la casa que vas a habitar por muchos meses y tampoco sabes ni como es.

Entonces, paciencia y calma.