Es como estar enamorado

Ayer una compañera de trabajo me preguntó, en chiste, si le recomendaba la maternidad. Yo le dije que claro, pero que también le deseaba muchos años de próspera vida de soledad.

No soy de evangelizar la maternidad, no hago apología, pero ayer me insistieron y tuve que poner un ejemplo.

Estar enamorado, y sobre todo la primera etapa del enamoramiento, es de las cosas más intensas que nos pueden pasar. Lo recuerdo como algo que me partía al medio, me angustiaba perderme un día sin ver a mi amor, verlo mal era desgarrador, andaba todo el día pelotuda pensando en nosotros. Una especie de ceguera, porque una, loca enamorada, ve todo lo bueno del ser amado. Minimiza incomodidades, características indeseables se convierten en nimiedades: “le encanta el fútbol y ve todos los partidos que encuentra en la tele, no es divino? Me encanta su estilo hetero/bardero”, “Es un colgado, no limpia nunca, pero bueno, es que esta cansado de tanto laburo”, “tiene pulgas en la casa, pero porque recoge perritos de la calle”

Bueno, meses más tarde queres inocularle veneno al segundo partido del día, nadás en la mugre de su casa y descubrís, con poca sonrisa, que tu chico no solo tiene pulgas sino también piojos y te los acaba de contagiar.

Pero mientras dura ese enamoramiento es genial y te vuelve mejor persona. Bueno, con los hijos es así. Se siente muy parecido pero mejor y sostenido en el tiempo, o sea, la pelotudez llegó para quedarse.

Y a pesar de que el enamoramiento pasa y generalmente termina mal y nos lastima, es mejor vivirlo que guardarse para no sufrir, ¿no? Bueno, un hijo te revoluciona la vida y te cambia absolutamente todo, pero la recompensa paga cada sacrificio con creces.

Y lo digo hoy, sin dormir por la fiebre de Julia, con 40 horas de baby tv encima y la casa hecha un asco.

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