Karma

A mis veinticinco años y después de convivir durante cuatro con mi novio, me separé y me mudé a Once. Me encantaba mi departamento, el barrio, la libertad de hacer lo que me daba la gana. Laburaba muchas horas y luego salía con amigos hasta tarde, miraba temporadas de series de un tirón, hacia reuniones en casa casi todos los días, escuchaba barry white y cantaba a los gritos con una botella de gin como micrófono. Tenía un gato y una pecera gigante. Fue muy divertido.
Recuerdo que solía comentar con mis amigas lo desubicado que me parecía ver en Twitter a las madres solteras que hacían lo mismo que yo porque, hola, tenían hijos. “Están de levante en Twitter, salen a lo loco, hacen vida de solteras y tienen un bebé. Cualquiera.”

No saben lo que me gustaba criticarlas, tildándolas de locas y patéticas.

Si iba a una fiesta y veía a una, no faltaba mi comentario malicioso: “seguro le enchufó el crío a los padres y vino”.

Tener un hijo y una vida de soltera no me parecía lógico ni correcto.

Dos años después estoy en ese escenario que solía condenar. Tengo una hija y me separé de su padre. Vivo sola con ella y cada vez más tengo ganas de salir y divertirme con amigos, de tener mi espacio y correrme por un rato de mi rol de madre.
Y entiendo a todas esas mujeres a las que bardeaba, porque ya soy una de ellas.

Karma, que le dicen.

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