Doce horas

son las seis y media de la mañana y me estoy yendo a trabajar para volver a las siete de la tarde. Es la primera vez que me separo tantas horas de Julia. A su cuidado quedan Jere y Porfi, sus niñeros, y dos cajitas de nutrilón. Yo me voy con mis alumnos, a los que extrañaba como loca y me divierte volver a ver. Les preparé juegos y tareas especiales porque están celosos.
Me llevo esta foto de Julia impresa para combatir la angustia.
Deseenme suerte.

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Mezclar los mundos

Recuerdo una tarde, cuando era sola, en el comedor de mi escuela, abstraerme un segundo y mirar a mis compañeras.

Estaban como adormecidas, sedadas en un mar de gritos infantiles. Yo a mil con los pibes, charlando, jugando, cantando con ellos. Y pensé: claro, acá me vuelven loca los “seño, seño” pero cuando llego a casa no me habla nadie y me tiro en el sillón a ver series y a twittear. Pobres ellas que cuando llegan tienen el “mamá, mamá”. ¿cómo harán?

Bueno, en ese momento fue un pensamiento, ahora será una realidad. Mi licencia terminó y estoy feliz de volver a trabajar, pero me pasan dos cosas:

1) quiero dedicarme a mis alumnos como antes de que existiera Julia.
2) quiero ir al trabajo con Julia en la tela.

¿Cómo hago para dejar a mi bebita tantas horas? ¿Cómo hacen ustedes?
quisiera llevármela y enseñar a mis alumnos con Julia a upa y que aprenda quechua y guaraní y que ellos la sientan como a una amiguita. Sí, pensamiento boludón, pero sería felicidad pura.

Hoy hablé de esto con mi alumna J. y me dijo:

Tu te haces mucho problema, señorita. No puedes traer a Julia, porque entonces la traes a tu mundo y la pegas a ti demasiado, desde chiquita ya tiene que tener su mundo y tu el tuyo, así el mundo de ustedes dos cuando se juntan es un mundo de armonía.

Chan.