Dos meses y aún no me pegó el mambo de Daisy May Queen

Ayer cumplimos dos meses en India. Recuerdo que antes de venir le dije a mis amigas que si no me gustaba igual me iba a quedar al menos dos meses como para darle una posibilidad real a la ciudad y conocerla a fondo.

Ilusa. No sólo no conozco casi nada sino que creo que se necesitan varios años de vida en India como para entenderla realmente.

Ayer hablaba con Mónica, una colombiana divina que conocí acá, y me contaba que estuvo quince meses en la selva amazónica y que si no fuera por su novio inglés (actual marido) se hubiese quedado a vivir ahí. Que la selva te produce una especie de encantamiento que es difícil de eludir. Coincidimos en que este país genera algo parecido. No es nada fácil vivir acá. Obvio que es más fácil para nosotros expatriados, que vivimos en casas y barrios lindos y no tenemos que matarnos por cien rupias diarias. Pero más allá de eso, no es más cómodo que Palermo. Definitivamente es menos cómodo que Roma. Aún así es fascinante y una experiencia que marca un antes y un después en la vida de cualquiera. Incluso en la gente que la odia. A India la amás o la odiás, pero nunca te es indiferente. Hay quienes no vuelven nunca más y viven contando su experiencia negativa al primero que toca la puerta y otros que hacen lo que sea para volver.

No les puedo explicar exactamente qué tiene este país que nos deja a todos turulecos. Será el color intenso de los sarees de las mujeres, sus millones de fotogénicos dioses, los mehndis y los bindis, los mercados llenos de vida, la danza de autos, rickshaws, bicicletas y animales, el hecho de que un segundo antes de chocar con algo el chofer pega un volantazo y te vuelve el alma al cuerpo, las telas maravillosas, la comida más rica que haya probado en treinta años, el dulce temor de no saber con qué te vas a encontrar apenas cruces la puerta de tu casa o simplemente la certeza de que cada día se aprende algo nuevo.

No les voy a mentir, hay momentos donde siento miedo y me pregunto qué hago acá, me angustio y pienso de más. Entonces es un ejercicio autoregularme y decirme a mí misma que es normal y que todo está bien.

Es incómodo no poder hacer ni dos cuadras sin ver un pobre, un mutilado, un esclavo. A veces siento que pondría dinamita y haría volar todo en pedazos. Pero después pienso que desde que vivo acá soy más paciente, más abierta, no necesito que una persona sea ácida para que me caiga bien, valoro lo que tengo, no me quejo nunca, descubro cosas nuevas a diario, como delicias todo el día y por sobre todas las cosas: NO TENGO MAL HUMOR.

¿Será que volveré a ser una malhumorada infumable? ¿Terminaré como Daisy May Queen, vendiendo brownies con forma de lord Ganesh al costado de la ruta? ¿Feneceré una de las 34 veces que el vehículo donde me encuentro está por pegarse un palo contra una vaca?

Ya nos enteraremos. Esto recién empieza.

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NatGeo

ayer mi hermano me dio un ejemplo perfecto: las tetas después de amamantar te quedan como un globo a medio inflar. Blandas.

En este momento su función es pura y exclusivamente alimentar a Julia. Nada de escote, nada de zona erógena: dispenser.

a veces me pregunto si había modo de zafar. ¿ Si no amamantaba me quedaban como antes? Tampoco es que tuve oportunidad de pensarlo demasiado, apenas nació yo entré en estado zen y ella empezó a alimentarse. No tuve tiempo de dudar.

dicen que hay un pequeño porcentaje de mujeres a las que no las afecta estéticamente. Claramente no entro en ese pequeño porcentaje.

Igual, por más que me queden como en los documentales de natgeo, que linda carita ponen mientras toman. que lindo que te pongan el dedito minúsculo en el labio para que le des un besito.